En cada lugar
Así empiezan mis pensamientos vanos, queriendo escribir algo nuevo. El día culmina bailando con un oscurecer un poco frío y silencioso. Y yo, de espía, vigilo los movimientos de la luna, si camina o se esconde al son de la noche.
Dentro de poco tiempo se acabará la última vela que me queda, lo escaso que tenía ahorrado se ha ido al comprar dos pedazos de pan que deberán rendirme una semana. Mi viejo vestido de seda se encuentra guardado en un cajón, mientras yo ando hecha un harapo.
Por la ventana, entra un rayo de luz muy bonito que llega hasta un rincón de estas cuatro paredes; parece un cabello de luna que se ha separado un instante de las demás, quizás ha venido para darme su luz tenue o quizás para acompañarme. Pero al mismo tiempo, ha alumbrado una vieja foto de mi padre, ¡OH que bellos momentos cuando estaba aquí! Él me enseñó hacer lápices provisionales con pedazos de carbón, me enseñó a leer y escribir aunque la gente del pueblo crea que no sé.
¡OH Luna! Es tanto lo que debo contarte de mi vida, pero hay algo que me urge decirte en este momento y no sé qué es lo que me afecta en sí, es algo extraño que no había sentido antes.
En la vida he entendido qué es el hambre y la sed, qué es ignorancia e inteligencia, y qué es el arduo trabajo, pero no sé qué es esto que siento en mi pecho, es como si algo me presionara tanto que mi corazón quisiese salirse por la boca. Y duele, mucho duele. No sé si estoy enferma, pero tampoco puedo ir a un doctor. Acudí al chamán del pueblo pero me dijo que ya estaba condenada, que sufriría de esto hasta morir pero que no sería pronto, pero no me dijo cuál era la razón, ni cómo se llamaba esta enfermedad terminal. Luna cuánto desearía que me hablaras y me dijeras qué tengo, y cuál es la cura, el por qué me siento tan medio vacía, pero no es por comida o bebida, es algo que no puedo explicar y todo viene de dentro, qué puedo hacer, contéstame.














