jueves, 3 de agosto de 2006

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Confesiones

004. Confesiones. Mi respuesta. Waldylei Yépez.doc

Adriana era una sencilla joven, tenía un don especial para el piano pero era muy insegura de sí misma en relación a ese potencial. Su madre hizo tanto hincapié en que buscara un curso que un día, caminando por el centro de la ciudad, vio un aviso al respecto y pensó en preguntar para que le dijesen que no era buena y ya con eso su madre no tocaría más el asunto. Su actitud fue muy pesimista, pero para su sorpresa lo menos que le dijeron fue eso.

Al llegar vio a un apuesto joven que venía atenderla, él era alto y corpulento, con unos bellísimos ojos color café y una presencia de líder. La actitud que mostraba le gustó mucho, se quedo como perdida unos segundos mientras le miraba y despertó cuando él le pregunto en qué podía servirle, ella titubeo un poco pues resulta que no recordaba para qué estaba allí parada hasta que lo hizo.

Estoy aquí porque quiero conocer sobre los cursos de piano que se ofrecen -dijo entonces-. Mi madre cree que tengo una especie de “don” y no deja de molestarme con eso, le he dicho que no es así pero no hay quien pueda con ella -y sonrió-.

No es bueno que te premedites tú de esa forma -prosiguió él-. Si ella lo dice por algo será, por tu parte más bien deberías comprobarlo sin adelantarte a nada. ¿Has tocado piano antes?

Hace algunos años, mi tío me enseñó un poco antes de que tuviese que venderlo -se le noto un poco de nostalgia al decirlo-, fue una buena época.

Tengo un piano disponible, ¿Te gustaría tocar algo, así sea corto? Luego puedo darte la información sobre inscripciones, yo soy el instructor, mucho gusto me llamo Joel -y extendió su mano mientras sonreía-.

Mucho gusto yo soy Adriana -sonriendo de igual manera-. Pues no recuerdo muy bien cómo tocar, pero no despreciaré tu ofrecimiento. Veamos qué resulta.

A Joel le había gustado el desenvolvimiento de Adriana, así que hizo lo que pudo para inducirla a inscribirse, y ella lo hizo después de mucha indecisión. En el grupo había algo que le molestaba y eran unas compañeras, tenían una actitud de grandeza y discriminación que no le gustaba, pero ella sabía que no estaba allí por ellas sino para aprender, así que opto por ignorarles siguiendo la frase de: vive y deja vivir.

Había otra compañera en la clase, su nombre era Marta, una mujer muy espectacular con un cabello largo color de sol, unos increíbles ojos azules preciosos y una piel delicada. Sus modales eran finos, pero a diferencia de las otras compañeras no perdía el tiempo en alabanzas para sí o discriminando a las personas, era mucho más humana. Se esmeraba en practicar y practicar para ser la mejor, y durante el curso Joel siempre la eligió antes que nadie. “La favorita del profe” así le apodaron, pero Adriana se mantenía al margen de cualquier comentario sin decir nada.

Todos allí sabían que a Marta le gustaba Joel, y Joel no se quedaba atrás pero también sentía cierto agrado por Adriana. En más de una ocasión le insinuó que era hermosa, que tenía buen cuerpo y que no podía creer que no tuviese novio, pero todo tenía cierto límite que él nunca sobrepasó por respeto y porque Adriana tampoco se lo permitiría.

Al finalizar el curso se debía elegir a alguien que tocaría en representación de todo el grupo ante cien personas, se hizo una especie de concurso y todos tuvieron la posibilidad de participar, el jurado estaba conformado por los distintos profesores de la academia. Marta tocó un bellísimo clásico, Adriana tocó una pieza clásica con algunas modificaciones personales y otras de otra profesora, el resto del grupo también se lució con las piezas tocadas. Al jurado le había fascinado la actuación de Adriana porque había sido muy creativa, pero Joel se opuso diciendo que Marta había sido muy profesional durante todo el curso y que ella era quien debía tocar en el auditorio porque se lo había ganado a pulso. Cuando se dieron a conocer los resultados las personas que sabían de la relación sentimental entre Marta y el profe concluyeron que por eso había ganado, algunos pensaron que Adriana se había esforzado en su actuación y que debió tener el premio, pero las cartas ya estaban echadas.

Posteriormente, Joel llamó Adriana para hacerle un comentario al respecto.

Adriana quiero felicitarte, pienso como pensó el jurado que tu actuación fue muy creativa, hay que reconocer que mostraste un gran esfuerzo y trabajo en equipo junto a la profesora que te ayudó. Elegimos a Marta porque siempre se ha esforzado, siempre a tratado de dar su ciento por cierto, y tú sólo lo diste al final. Somos amigos y me conoces, me gusta ser objetivo e imparcial por eso no es cierto lo que algunos piensan. Tu madre tuvo razón siempre, tienes el don, pero un don sin esfuerzo no llega lejos. Tienes mucho potencial, tienes el talento para ser la mejor pero te hace falta más disciplina, más confianza en ti. Has dado apenas un pequeño porcentaje de lo que puedes llegar hacer, cuando decidas ser la mejor aquí estaré para apoyarte y ayudarte. Quizás no puedas representarnos en ese auditorio, pero estoy seguro que si te lo propones lograrás algo mucho mejor. Te guardaré un puesto en primera fila, no llegues tarde -sonrió-.

La presentación fue un gran espectáculo que todos disfrutaron. La academia aprovecho la ocasión para dar reconocimientos a sus mejores alumnos, incluyendo entre ellos a Marta y Adriana. Marta por su parte felicito a su compañera instándola a que siguiese mejorando su aptitud, y Adriana le confesó su admiración por su alto empeño. Fue un despedir muy emotivo para todos, lleno de alegrías y prontas nostalgias.

Por razones familiares y de trabajo, Adriana y su mamá se fueron a vivir a otro sitio unos pocos meses después. En su destino la esperaba un buen trabajo, adicionalmente prosiguió con su pasatiempo favorito: tocar el piano. Luego de mucho tiempo regreso a su ciudad natal porque le había llegado la noticia de que el actual dueño del piano que había sido de su tío lo estaba vendiendo, para ella significaba mucho pues tenía un alto valor sentimental, y le costase lo que costase ella lo quería para sí.

Antes de volver a casa paso por el frente de la academia que le había enseñado tanto, recordó esos días y a su profe, se detuvo un instante para entrar y ser envuelta de esos bellos recuerdos de aprendiz. Para su sorpresa el instructor Joel reapareció para atenderla como lo había hecho años atrás. Sintió alegría y él también, se dieron un abrazo lleno de afecto pues siempre habían sido amigos, cada uno siempre tuvo un trato especial con el otro aunque él fue en muchas ocasiones estricto y exigente con ella, pero nunca de mala manera.

Recorrieron los pasillos contando uno al otro las buenas nuevas, ella le dijo que estaba de paso, había venido por un piano y que regresaría a su casa en otra ciudad ese mismo día. El confesó que añoraba volver a verla, saber cómo estaba y si había seguido mejorando ese don de tocar, ella por su parte dijo que también había querido verle en más de una ocasión.

¿Qué te puedo decir Adriana? -contaba él-. Las cosas han marchado bastante bien por aquí, me casé con Marta unos meses después de terminar el curso en el que participaron, ella es toda una profesional del piano y en su carrera, es una mujer excelente, mi amiga, esposa y colega, y espero pronto poder decir: la madre de mis hijos. Claro, como toda pareja siempre ha habido algunos roces pero nada que el amor no pueda arreglar. Yo sigo impartiendo clases siendo estricto como me conociste, también alguna que otra presentación por allí. Me esfuerzo por ser feliz, eso hago -sonrió-.

Me alegra, me alegra mucho verte sonreír como siempre, se ilumina todo tu rostro -decía ella-. Hemos sido bendecidos con cosas muy buenas ambos, yo también estoy trabajando con gente muy colaboradora, sigo tocando para mejorar y creo que he aprendido algunas cosas. También conocí a una bella persona de la cual me enamoré, tenemos muchas cosas en común y me ha demostrado que me ama, de hecho, mañana será mi matrimonio y quería tener ese piano para tocarlo en esa ocasión especial, significa mucho para mí y quiero que mi tío me acompañe como lo hacía cuando era pequeña y me enseñaba con paciencia, que bellos recuerdos, invaluables.

¡Qué afortunado es ese hombre que se casara contigo! -dijo él-. Me hace recordar el pasado, pero no creo que tenga caso hablar sobre eso a estas alturas de la vida…

¿Hablar sobre qué? ¿Qué hay en el pasado? -pregunto ella algo confundida-.

Silencio.

Hubo una vez que tuve entre mis alumnos a un ángel -Joel contaba muy apaciblemente-. Era una hermosa mujer, me encantó por su manera de ser, me dio mucha alegría su propia alegría y no me dio disgusto alguno. Era ingenua, dulce y siempre buscaba el lado rosa de las cosas así fuesen malas, tenía un don innato para el piano pero era inconstante en sus esfuerzos, yo quería que fuese la mejor y para eso debía exigirle, pero era fuerte y era frágil al mismo tiempo, y sabía que si le exigía como quería hacerlo y se frustraba me iba odiar, y yo no podría aguantar esa mirada. Me sentía como un padre, deseaba para ella los logros que ella por si misma nunca desearía, ella no buscaba ser la mejor entre mejores pero yo lo quería así. Sin embargo, me acobarde y deje que siguiera al ritmo de su cauce. Cada vez que la escuchaba tocar algo dentro de mí gritaba: ¡Puede hacerlo mejor, por qué no lo hace, debe hacerlo, debe esforzarse más!, y muchas veces se lo dije con seriedad y otras opte por callarme, no debía presionarla, así que tuve que aprender a calmarme y comenzar a tratarla como al resto del grupo. Fui duro en algunas ocasiones con ella, pero asentía en cada una porque sabía que era cierto lo que le exponía. Lo hice porque la quería, pero siempre hubo una distancia que nunca me permitió decirle esto cabalmente.

> En otras oportunidades me dio ganas de invitarla algún sitio, a tomar un café, a caminar por un parque, a ir a la playa. Llegué a imaginar que besaba sus labios, y que por fin ella encontraría la fuente de su don y daría el ciento por ciento. Llegué a imaginarme entre sus brazos. Ella fue algo especial, algo limpio y puro, era ilusión, era alegría, era algo imaginado entre tanta realidad. Y nunca se lo dije, sólo le insinúe que era hermosa y de seguro lo sabía, pero por su cualidad de humilde, siempre lo negó o sonreía como si lo que acabase de decir sólo existiera en mi imaginación.

Silencio.

Adriana aún no podía creer lo que había escuchado. Caminó hacia la ventana más cercana y miró el paisaje, quería decir algo pero estaba buscando las mejores palabras para hacerlo, Joel seguía algunos pasos tras ella atento a lo que pudiese decir, por un instante se arrepintió de tal confesión pero ya había dicho lo que por siempre fue indecible. Adriana se volteo pausadamente entonces.

Silencio.

Me toma por sorpresa todo cuanto has dicho -continúa ella-. Es cierto, a veces pensé que yo te agradaba, pero en la mayoría del tiempo yo sabía quién era yo y qué lugar tenía. Yo no era Marta, y no podía competir con ella o compararme pues no quería hacerlo. Dude, no había posibilidad de que fuese la elegida, nunca lo fui ni siquiera dentro del curso. La semana antes de la presentación, cuando se hizo el anuncio para que todos participaran en el concurso, yo me esforcé como nunca y pedí ayuda aquella profesora, nunca me habían elegido y quería ser seleccionada por lo menos al final. Había cometido errores y de seguro los seguiría cometiendo pero estaba dispuesta a poner todo para aunque sea darte una pequeña retribución a tu esfuerzo, a tu paciencia en la enseñanza que me impartías, quería que estuvieses un poquito orgulloso de mí, aunque fuese un poquito. El resultado no me sorprendió, y no sentí envidia pero claro que sí frustración, me decía que por lo menos lo había intentado y que era muy difícil convencer al jurado, hasta que por mala suerte escuche a los profesores decir que habías sido tú quien se opuso a que yo fuese elegida, entonces ahí sí me dolió. Eras mi profesor y no habías creído en mí.

> Pensaste que no me esforzaba, pero cada día trate de mejorar un poquito. Recuerdo que cuando tenía un adelanto me ponía muy ansiosa de mostrártelo, pero luego se desvanecía las ganas cuando pensaba que no sería suficiente para ti, cuando lograba algo era lo mismo, sin quererlo y sin saberlo me cohibías. Durante noches practicaba llorando porque me decía: ¡Yo sabía que no servía para esto, yo lo sabía, esperan más de mí y no puedo darlo, no puedo!, y así continuaba mi agonía. Yo misma caí en un círculo inhibitorio, durante el curso y después de él. Pero ¿Sabes qué me ayudo a salir de todo eso? Tus palabras, ese día cuando me explicabas por qué no había sido elegida. A veces la verdad no te da alegría o calma, pero sí ayuda en algo aunque tardes en darte cuenta, así comprendí que sí creías en lo que podía hacer pero que aún no estaba preparada y que todo dependía de mí. Desde ese día, y actuando tan independiente como siempre he sido sin importar que me dijesen que estaba feo, comencé a crear una melodía personal que he trabajado por años en sus incontables horas. Ya esta lista y será mi auto-regalo de bodas. Voy a compartirla contigo.

Adriana camina unos pasos hasta llegar al piano que se encontraba en la sala, toma asiento y eleva sus manos por el cielo del teclado, su rostro dibuja una expresión de búsqueda como si ella navegara por lo recóndito de su mente para encontrar un tesoro. Luego de un instante sus dedos comienzan a moverse y el sitio es deslumbrado por tan agradable y exquisita melodía. Joel queda maravillado mientras la ve tocar como nunca, se siente tan orgulloso ahora, ella había alcanzado la cúspide que tenía destinada.

La música se une al silencio luego de pocos minutos de concluirse.

Silencio.

Joel se acerca al piano y su princesa, y con una gran sonrisa le dice que es una belleza de melodía.

Me ha hecho viajar entre tantos recuerdos -él le dice-. Es una mezcla que no puedo describir, es dulce y a la vez firme, triste pero alegre, puede remover cualquier sentimiento y alzar tu alegría o tu llanto. Es sencillamente maravilloso.

Ella le sonríe.

Lo que haces con sentimiento, a los sentimientos afecta -le confía ella-. He buscado un nombre, tardé en dar con el más acorde pero lo conseguí.


CONFESIONES A PIANO

¿Por qué ese nombre? -le pregunta él mostrando interés y curiosidad-.

La música revive instantes y sentimientos vividos por alguien en alguna ocasión -Adriana le contesta-. Esta melodía en particular confiesa muchas cosas, eso explica cómo puede remover tantos sentimientos distintos. La única forma de sentirte afectado es que ella reviva lo que tú has vivido anteriormente, para ello ella misma desnuda su alma sin palabras y la tuya lo entiende así, la melodía te confiesa lo que siente y tú lo sientes con ella. Te habla del amor, de la ilusión, de la añoranza y la nostalgia, de ese amor perdido y de ese amor ganado, de lo cobarde que somos y lo valiente que podemos ser, habla de mi tristeza al dejarte ir y de mi alegría por tu alegría, habla de lo absurdo que puede ser querer a alguien y nunca tener la agallas de decírselo por miedo, y sobre todo habla… de lo mucho que te quiero.

> No sentía que fuese la mujer para ti, yo jamás podría tener tus logros, tú eras todo cuanto yo quería: sinceridad, firmeza, liderato, sensibilidad, honestidad, respeto,… Todas las cualidades que siempre había buscado en alguien pero resulta que me gano el miedo, miedo a no ser lo que buscabas o necesitabas, miedo a fallarte y a equivocarme,… Pero, ¿Quién no se equivoca? Hasta para decir: te quiero, la gente se equivoca, titubea, grita, llora pero yo nunca me atreví a nada de eso. Que contrariedad, después de tanto tiempo diciéndonos a nosotros mismos que debíamos callar en secreto, apenas nos vimos tuvimos una tarde de confesiones.

A lo lejos se escucha el sonar del reloj indicando el paso de la hora. Adriana se levanta del banco donde yacía sentada.

Se hace tarde y debo empezar mi rumbo de regreso -dice ella de forma apacible y con una leve sonrisa-. Además no te quito más tiempo, entiendo que debes cerrar aquí y volver a casa. Hoy ha sido un gran día, gracias por tomarte la molestia de atenderme estos minutos y escucharme, supongo que cada uno se ha liberado un poco de la carga que representa un secreto.

¿Debo suponer que ya no volveré a verte? -pregunto él con tono conformista-.

Quizás sí, quizás no, nadie sabe lo que puede pasar mañana -respondía ella sonriendo-. Nadie tiene la verdad en sus manos, y nunca nada es absoluto así que no puedo dar una respuesta a tu pregunta. Quizás enviemos a nuestros hijos al mismo colegio, quizás hasta nos encontremos en algún auditorio, quizás me invites a la fiesta del primer cumpleaños de tu hijo o hija, o hasta puede que seas el instructor de piano de los míos. Lo importante es saber que pase lo que pase siempre va existir un cariño muy especial entre los dos, y que siempre podrás contar conmigo y lo digo muy en serio.

Creo que siempre nos quedará la pregunta de qué pudo haber pasado -él agrego-.

Hubiese pasado lo que ha pasado, que somos grandes amigos que ni la distancia ni el tiempo podrán hacer olvidar las enseñanzas que nos hemos dejado mutuamente -dijo-. Eres mi maestro y yo tu aprendiz, y esa unión no se borra nunca.

El asintió.

De verdad fue agradable encontrarte -Adriana le dice mientras extiende su mano, y Joel la estrecha con mucho afecto-.

No te olvides de mí -repone él y suelta su mano-.

Nunca. Adiós profe. -concluye mientras se dirige a la puerta-.

Adriana tomo su auto, y junto con el piano que le acompañaba lealmente, empezó su camino de retorno a su hogar donde su madre le estaría esperando.

¿Cuánto puede confesar un piano?

¿Cuánto puedo confesar yo?

¿Está bien si le digo que lo amo?

¿Está mal lo que grita el corazón?

Cada quien tiene su vida

y es que en ella no estoy yo,

lo que puede confesar un piano…

es lo que grita mi tonto corazón.

02/08/06 2:16 a.m.
03/08/06 1:15 p.m.

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