lunes, 4 de junio de 2007

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Migajas de un poeta

018. Migajas de un poeta. Mi respuesta. Waldylei Yépez.doc

 A los pies de la majestuosa Cúpula de Constantino, nacía la Plaza de la Piedad. Las calles y paseos adjuntos estaban construidos con piedras grises debidamente talladas. Un monumental Obelisco yacía al centro de una vieja, seca y olvidada fuente. Todo el mundo conocía la plaza por ser la zona de espectáculos callejeros, algo de mercado negro y casa de vagos que dormían sobre los bancos.

Un personaje bastante conocido allí era el chico apodado “El Poeta”, quien rimaba algunos versos en busca de alguna limosna. A veces las conseguía, sin embargo, la mayoría de la gente le gritaba:

« ¡Deja esa tontería de poeta! ¡Vete a trabajar! Bueno para nada…».

Él ni caso les prestaba. Además, se decía que ya tenía un trabajo llevando encargos por la ciudad y que las limosnas solo eran para seguirse ayudando.

 Vivía aquí o allá, era un joven de la calle, pero esto le gustaba pues decía sentirse libre como las aves.

Cierto día, mientras yacía en pleno repertorio en La Piedad, se quedó mudo e inmóvil de golpe. Quienes lo rodeaban se miraron unos a los otros, se preguntaban si aquello formaba parte de la actuación. Entonces el poeta despertó de su letargo y dijo:

 “¡He visto un ángel!”.

Algunos habían mirado en la dirección que aquel chico veía, ante los ojos de esos curiosos se posó la figura delicada de una linda chica. Sus harapos revelaban su humildad y su mirada la inocencia. Tenía más o menos la edad del poeta.

Cuando sus ojos se tocaron ambos quedaron inmóviles. Ella se sonrojó, le sonrió y se retiró. Él estaba pasmado ante aquella presencia, tanto así que no pudo correr tras de ella para averiguar dónde vivía.
Algunos años después se encontraron de nuevo. Esta vez él llevaba un mandado, y no supo qué hacer, se preguntó si debía seguirla o llevar el encargo y cobrar el dinero para su comida. Estaba interesado en ella, pero su estomago tenía prioridad pues amor con hambre no dura. Se apresuró cuanto pudo pero ya no estaba al volver.

Un día el boticario le pidió al poeta llevar una medicina al apartamento 2073, de la calle 19 de Marzo. Se puso en marcha, y pasó por donde había visto a su Ángel, entonces soñó despierto un nuevo encuentro, se decía que al verla le recitaría los más bellos versos. Entre pensamiento y pensamiento llegó al sitio. Era un edificio bastante viejo, roído, mísero.

Sonó la puerta. El poeta miraba el piso y la fachada del corredor para cuando se abrió la misma, miró el papel que llevaba en su mano y buscó el nombre de quien le había escrito el boticario, leyó y subió su mirada con la finalidad de preguntar si allí estaba aquella persona.

- Usted es… -. Comenzó a titubear al ver aquel rostro.

- … Helena. ¿Usted es el encomendado a traer la medicina? -.

- ¿Ah? ¡Ah sí!, sí, sí, yo soy -. Y se quedó embobado.

Entonces ella tosió. Yacía enferma desde hacía dos semanas. Él no supo qué hacer, le pasó la medicina y se quedó mirándola, aquel era un rostro palidecido, marchitado, y el lugar era un mundo de soledad. Ella se disculpó de no poder darle propina alguna, apenas tenía un trozo de pan para dos días y moneda ninguna. Cerró la puerta y él se marchó. Mientras el poeta caminaba pensó en todo lo pensado, se suponía que al volver a ver el Ángel le recitaría hermosos versos, le regalaría alguna flor,… eran tantos los planes, pero no pasó nada, no le dijo ni cómo se llamaba.

« ¡Tanto planear y pasó todo lo contrario! ». Se culpaba mientras pateaba una lata olvidada.

Después de aquello, cada noche él volvía a los pies de aquel edificio. Se sentaba en un banco, y apenas se escuchaba su voz al susurrar unos versos con miras a la ventana del 2073. Al terminar sonreía, se decía a sí mismo que ella lo escuchaba y le gustaba.

Un día posterior, se encontró corriendo con el “Lato”, otro chico de la calle, y trataban de esconderse de los policías que les tenían los ojos puestos a los “vagos de La Piedad”. Se metieron por edificios baldíos, mercados y pequeñas calles. En una de ésas chocó con Helena y le tiró al piso unas verduras que había acabado de comprar.

- ¡Oh! Disculpa, yo… yo…-. Y recogió lo tirado en el suelo.

Ella sólo lo miró, ya tenía mejor semblante que la última vez que se encontraron.

- ¡Pero mírame nomás! ¡Qué linda jovencita! -. Decía el “Lato”.

Esto enfureció al poeta y lo empujó.

- ¡No miréis lo que no será para ti! ¡Burro! ¡No echéis miradas al firmamento, lo ofendes! -. Pudo haberle partido la cara si aquel no hubiese sido su amigo.

La chica no dijo nada y se fue.

- ¿Qué te pasa? ¡Vos tas loco! -. Gruñó aquel.

- Ella es MI ÁNGEL -. Acentúo aquellas palabras para que no se olvidaran.

Lato se cayó de la risa.

- ¿Qué decís? -.

- Ya lo habéis oído. Ella es mía. Tas advertido -. Y prosiguió su camino de huida.

« ¿Tuya? Ya lo veremos amigo mío ». Pensó Lato. Y se quedó con su sonrisa maquiavélica dibujada en el rostro.

Por la noche, el poeta no aguantó más y la fue a ver. Tocó la puerta y ésta se abrió. Como de costumbre se volvió a quedar mudo. Ella tenía un rostro angelical. Ya era como su Reina, lo que ella dijese para él sería una orden a cumplir.

- ¿Te puedo ayudar? -. Rompió Helena aquel silencio.

- Mi rosa… No he sabido qué decirte y aún no sé de qué hablarte. Sólo puedo asegurarte que me siento volar al contemplarte. Mis mejores ideas tú me has inspirado, sólo déjame posarme un momento a tu lado -. Y se inclinó en reverencia.

Helena quedó impactada por la sorpresa, no sabía qué significaba aquello, por tanto no supo qué hacer. Se miraron nuevamente sin decir palabra alguna. Ella se puso colorada, y él le sonreía pues sentía que ambos se agradaban.

Así prosiguió su ida y su venida al 2073. Aquel era un amor muy puro, muy limpio y muy inocente. Él nunca buscó más de lo que ella quisiera ofrecerle, entendía que debía enseñarle algunas cosas de la vida pero sabía que todo tenía su momento, y a su momento él le enseñaría.

Cierto día estaban caminando en las afueras del Parque Real. Aquel era un sitio exclusivo, pero la misma belleza que se contempla adentro podía ser vista por detrás de la cerca. Porque ni una cerca podrá separar la maravilla que yace en la tierra ni en el alto cielo.

Se quedaron mirando el hermoso parque y los árboles verdes. De repente, él se quedó contemplándola mientras ella miraba aquella belleza natural.

- ¡Hermosa! -. Exclamo el poeta.

- Sí, todo es muy bonito con sus árboles…-. Decía Helena.

- No me refiero al paisaje, sino a ti -. Le sonreía.

Entonces le acarició el cabello, y le puso el mechón que llevaba sobre la cara por detrás de la oreja.

- ¡Qué buena ha sido mi vida! No soy intelectual, pero he sido premiado con el mayor tesoro: la felicidad -.

Se acercó y le robó su primer beso. Aquellos labios eran dulces como la más bendita miel. Por fin pudo sentir su aliento. Ese toque no tenía comparación, no era algo terreno sino celestial.

- ¿Me quieres? -. Preguntó ella con cierta timidez.

- Con todo mi corazón. Yo nunca te haré daño ni te dejaré sola -.

- ¿Me lo prometes? -.

- Sí, mi ángel -.

Desde entonces se les vio juntos por la plaza y por las calles. Y se encontraron, muchas veces, esperando el atardecer desde aquella ventana del 2073.

Sin embargo, cierta vez Helena iba sola en busca de pan cuando a su paso salió Lato.

- ¡Bonita, nos volvemos a ver! -.

Helena no dijo nada, pero su molestia se hizo notar. Aquel hombre la miraba de una manera obscena, injuriosa. Quería zafarse de él pero él la perseguía en cada movimiento. De repente, la tomó de los brazos y la acercó hacia sí, la besó y aquello fue desagradable para ella. Era un beso sucio, ruin, y tan repulsivo como él mismo.

A mitad de aquella cuadra, un corazón se rompía y se moría de rabia y de celos. El poeta venía con una rosa en la mano. Para cuando Lato había soltado a Helena, ya el poeta daba marcha con ojos llenos de furia hacia ellos. Lato al verlo, como todo cobarde, huyó del sitio. Helena trato de explicarle todo al poeta, pero él la calló en el acto, tiro la rosa al suelo y la pisó en señal de desprecio. Dio media vuelta y se marchó, corrió y Helena no lo alcanzó.

Se dice que ella lo esperó, junto a unos pequeños trozos de papel, durante días, semanas y años. Alguien dijo que el 2073 enfermó de tristeza. Que el único canto que se oía era las lágrimas al caer. Y que la risa, como un día vino así se fue.

Mucho tiempo luego, se vio frente aquel edificio a un viejo sentado sobre un banco de pino verde. Vestía ropas harapientas y unos zapatos con poca suela; en su mano derecha llevaba algunos trozos viejos de papel ya amarillos, con algunas letras en tinta negra olvidadas por el tiempo. Tenía una barba muy blanca, grandes ojos tristones, y los labios casi sellados por el silencio.

De repente, soltó aquellos pedazos de papel y la brisa los esparció por todos los sitios. Apretó más aún sus labios y los ojos. Entonces llevó bruscamente sus manos a la cara, y lloró… lloró amargamente y sin ningún tipo de vergüenza.

Luego, compuso unos últimos versos diciendo:

« Allí aún yaces triste poeta, entre tus migajas…

tus migajas de poeta. »

Lloró ante las migajas que terminó siendo, poeta que amó y que prometió, pero que nunca cumplió porque según él su amada le engañó.

Pidió ser comprendido y pidió ser escuchado, pero fue egoísta porque él no comprendía ni escuchaba a su prójimo, aunque ése prójimo fuese el amor mismo.

Poco dice la gente de aquel acontecimiento. Sólo unos pocos logran recordarlo y otros el contar su hallazgo. Pero todos concuerdan al decir:

Un hombre de barba blanca y medio viejo preguntó por aquel apartamento. Le dijeron que estaba vacío pero él insistió en subir a ver. Al entrar se encontró con los trastos viejos que quedaron, más llenos de polvo, miseria y soledad.

Estaba una mesita cerca de la ventana. Sobre ella unos pedazos de papel. En algunos se leía:

« Yo te quiero ».

En las otras la pregunta:

« ¿Cuándo vas a volver?

Tú también me abandonaste cuando más te necesité ».

Y en una tercera se leía:

« Lo prometiste… ».

Entonces, el viejo tomó los pedazos de papel y salió de aquel sitio, sin decir nada más.

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