lunes, 1 de octubre de 2007

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La Librería del Amor

010. La Librería del Amor. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc

Ana era una mujer dedicada a los libros y las letras, se había casado con Ricardo hacía un par de años. Él había prometido ayudarla con la apertura de la Librería que tanto deseaba. Trabajando juntos se logró hacer para principios del mes de Abril. Ella buscó la ayuda de su mamá para la caja y administración, mientras su esposo continuaría en su trabajo original.

Alejandra, Pedro y Miguel eran jóvenes emprendedores que Ana decidió contratar. Todos tendrían más o menos su edad, se había casado joven y había sido privilegiada con un matrimonio feliz. Estaba alcanzando poco a poco lo que se había trazado.

De ella, podemos decir que era un mujer atractiva, con cabellos largos castaño claro y ojos color café. Su porte era la de una mujer muy segura, decidida y firme. Ana y Ricardo hacían la pareja perfecta; él nunca dio de qué hablar.

En la librería todo marcharía de viento en popa, los empleados eran muy colaboradores y pronto se harían grandes amigos de su jefa. Ana estaba complacida.

Sin embargo, meses más tarde sentiría una caída importante en las ventas, pues la competencia terminó siendo ardua. Esto le llevó a una crisis financiera, que podría acabar llevándola a recortar personal, y era algo que no quería hacer. A pesar de las trabas, se mantuvo junto al apoyo de todos. Pero la situación se hacía cada vez peor.

Un día, antes del horario de cierre, uno de los empleados subió a la segunda planta para hablar con Ana, en su pequeña oficina junto al depósito.

- Disculpe, ¿Puedo pasar? -. Le pregunta Miguel a su jefa.

- Por supuesto, adelante -. Le contesta Ana, mientras se quita sus lentes para leer.

- Estoy aquí porque quisiera presentarle el mayor apoyo y colaboración posible. Me parece que las bases para ésta librería son muy importantes, y le parecerá raro pero me gustaría colaborar con algo de dinero para pagar algunos compromisos. No es mucho, pero estimo que podría sacarla de apuros -.

Miguel era un hombre de bien, con buenos sentimientos y muchas ganas de ayudar.

- Miguel… Agradezco tu gesto pero no es necesario -. Respondía Ana sorprendida por lo que había escuchado. - Mira, mi esposo está haciendo lo posible por encontrar el dinero para mantenernos a flote, y yo pondré mis últimos ahorros. Tú trabajas aquí, no puedo dejar que pongas en esto el dinero que seguramente necesitas -.

El chico entendía lo que le decía Ana. Su voz tenía una fuerza poco vista, y su presencia inspiraba el más grande respeto. Él admiraba a ésa mujer.

- De cualquier manera, mi propuesta seguirá en pie -. Terminó por decir y se retiró.

El mes decembrino de ése primer año les hizo “tomar aire”, pero al principio del siguiente año Alejandra y Pedro se retiraron de la librería con motivo de nuevas propuestas. Y de nuevo, la crisis volvió. Miguel, Ana y su mamá esperaban la venida de un “nuevo respiro”, pues si no terminarían cerrando el local.

- ¿Sabe? Hay algo que me sorprende -. Se aventuró Miguel a decirle a su jefa.

Ella lo miró y esperó a que terminase su frase.

- No entiendo cómo es posible, que en todo éste tiempo, su esposo nunca se hubiese dado una vuelta por aquí. Usted dice que se preocupa pero yo nunca lo veo, si me permite el comentario, y sin querer ofender -.

- Mi esposo siempre tiene mucho trabajo, pero hablamos de la librería siempre. A él le importa, aunque no pueda venir personalmente -. Su respuesta fue seria.

Miguel asintió, sentía que el comentario sí había molestado a Ana aunque ella no lo dijese abiertamente. Por su parte, Ana se sentó frente al escritorio donde tenía unas facturas por pagar y las miraba con preocupación. En ése momento, Miguel se acercó a ella y le puso una mano en el hombro en señal de apoyo.

- Lo arreglaremos, nosotros saldremos adelante -. Le dijo sonriente.

Ella correspondió la sonrisa y asintió.

Para el mes del Amor y la Amistad, las cosas se tornaron mejores. Había mucho trabajo, y se esforzaron mucho. Ana volvía estar contenta, y su sonrisa se paseaba a lo largo y ancho del local. Miguel también se sentía contento, y por celebración de la amistad se aventuró a darle una tarjeta a Ana. Ella tomó la tarjeta y leyó el reverso de la misma, allí se encontraba un mensaje muy significativo. Ana le agradeció a Miguel su gesto y lo correspondió con otra tarjeta.

A partir de allí, y por meses más tarde, Miguel tendría otros detalles con Ana que iban desde hacerle cumplidos respetuosos, hasta colocar flores en el escritorio de su oficina. Su amistad había formado fuertes lazos a lo largo del tiempo, Miguel estaba para ayudar en cualquier cosa, tanto a Ana, como a su mamá. Cada uno dedicaba tiempo al otro, ya fuesen en momentos de alegría como de preocupación. Y sin darse cuenta, uno comenzó a depender del otro y viceversa.

A finales de ése segundo año, la antigua empleada Alejandra los fue a visitar. Aún eran amigos y quería saber cómo marchaba todo. Estuvo mucho rato en la librería, mirando y contado alguna cosa. En un momento dado, Ana se fue a charlar con un proveedor que había llegado y Alejandra se quedó con Miguel. La principal característica de ésta chica era su detallismo, su capacidad de darse cuenta de todo, fue entonces que le habló a su compañero.

- Es una persona muy cordial ¿no? Buena amiga -. Le comentó refiriéndose a Ana.

- ¿Ana? Sí, así es, es una mujer increíble -. Decía muy alegre.

- ¡Ay! Esos ojitos… -. Susurró Alejandra.

- ¿Cómo dices? -. Preguntó Miguel confuso.

- ¿Te has puesto a detallar la manera en que la miras? -. Inquirió aquella.

Miguel se mostró confundido y se encogió de hombros.

- Te gusta…-. Le recalcó.

- No, no es así. Somos amigos simplemente, grandes amigos. Tenemos intereses comunes que nos han hecho acercarnos. Sencillamente, es genial como persona -.

- El gran problema es que es casada ¿no? -. Y lo miró con cierta complicidad.

Él no respondió.

- ¿Te digo algo? Pedro una vez me comentó algo que me dejó pensando mucho, me dijo: “Una mujer casada, a veces, es más fácil de conquistar que una mujer soltera” -.

- ¿En serio? ¿Por qué cree eso? -. Parecía interesado en la respuesta.

- Porque una mujer soltera está acostumbrada, y hasta aburrida, de que le digan cosas y halagos, pero a la mujer casada se le acaban los halagos y las palabras bonitas del marido, éste no se las dice porque ya no necesita “conquistarla”. Te digo, si una mujer se siente “sola estando acompañada”, es más factible que le preste atención a alguien que la “acompañe” con palabras bonitas y detallitos. Te lo digo para que lo pienses, a la final nosotros no sabemos cómo le va con el marido, yo nunca lo vi por aquí. Así que, quién quita y te ponga cuidado ésa chica -. Y le sonrió.

- No creo, fuese mi caso o no fuese mi caso es lo mismo. Ella parece muy enamorada de él, y tiene una relación feliz -.

- “Parece”… pero ni tú ni yo estamos realmente seguros de eso. Mira, Ana es una buena chica y me cae muy bien, y de verdad me alegraría por ella si lograse ser feliz con alguien como tú, por ejemplo. Eres un chico bien. Nada te cuesta intentarlo -.

Aquellas palabras sembraron la duda en Miguel. ¿Sería posible? Él no estaba seguro de que Ana fuese feliz con su esposo, ¿Y si no lo era? En dos años, él no había conocido al fulano esposo y ella poco hablaba de él. Era posible que ella prefiriese la reserva de su vida personal, pero también era posible que se sintiera “abandonada”. Si iba intentar conquistarla, debía pensar en la última opción. Él sabía por experiencia propia, que Ana era una mujer muy romántica que le daba plena importancia a los detalles, quizás era el momento de “crear detalles” significativos. De repente, se sintió esperanzado.

Para ése momento, Ana regresó con ellos pero Alejandra le dijo que ya debía irse y se despidió.

- Lastima que Alejandra se fuese tan rápido, pero ¿De qué te estuvo platicando? ¿Te dijo si ya tenía un nuevo trabajo? -. Preguntaba Ana a Miguel.

- Sólo estábamos hablando de, lo necesario que es… tratar de ser feliz -.

- ¿Ah sí? ¿Será que anda enamorada? -. Preguntaba con una sonrisa.

- No me lo dijo, pero concuerdo con eso. Pienso que si te sientes bien con una persona, si ella tiene tantas cosas en común contigo, si tiene la capacidad de ver más allá de lo que otra persona ve, si te hace sentir alegre cuando más lo necesitas, si llega a ser tan importante para tu vida… no importan los obstáculos, si ella es para ti, lucha por ella esperando que ella también luche por ti -.

La mirada de Miguel se tornó diferente para Ana, y se sintió identificada con ésas palabras pues ella era una enamorada, una soñadora; entendía que a Miguel le gustaba alguien, pues los ojos son la ventana del alma.

- Mucha suerte, espero que ella también piense como tú -. Y se retiró para ayudar a su mamá con la caja. Por su parte, Miguel se puso a limpiar y acomodar algunas cosas.

A la semana siguiente, a Ana le tocó abrir el local temprano y mientras trataba de hacerlo, llegó un mensajero con un paquete para ella. Se trataba de un ramo de rosas, junto a un oso de peluche que llevaba en su mano un globo de corazones, y en su pecho una cinta con letras blancas que decían: “Te Quiero”. Ana se sintió emocionada, e intrigada por la razón de ése envío.

« ¿Por qué Ricardo me enviaría esto? ¡Qué bello gesto! ». Pensaba mientras lo recibía. Decidió subirlo a la oficina y le contaría a su madre cuando llegase.

Pero al colocarlo en su escritorio, se dio cuenta que el oso llevaba una pequeña tarjeta. Se apresuró a leerla.

“Quizás éste ha sido un atrevimiento, pero no lo malinterprete. Reciba éste ramo y su acompañante como símbolo de un cariño incondicional. Es lo menos que puedo hacer por alguien, que me ha dedicado muchos minutos de su tiempo. Es una manera de corresponder a todos sus pequeños gestos, su apoyo y su buena voluntad para conmigo. Su siempre y leal amigo, Miguel”.

En cierta forma, fue un poco decepcionante saber que el remitente no era quién esperaba ella. Sin embargo, sentía cierto aprecio por ése chico. No sabía si devolverle el regalo, lo único cierto era que tendría problemas si se malinterpretara la situación puesto que ella era una mujer casada. Decidió que era mejor guardar el paquete en el armario, y cuando pudiese se lo regresaría a Miguel.

Más tarde, Ana convocó a Miguel a la oficina. Le aclaró la situación, le explicó que su gesto daba a entender “algo más” a lo cual ella no podría corresponder porque primero estaba casada, segundo amaba a su esposo. Él le dijo que la apreciaba mucho y que lamentaba si su obsequio la molestaba. Ella le respondía que no estaba molesta con él, es sólo que no era correcto.

- Por favor, es mejor que se lleve el paquete a su casa. No puedo recibirlo -.

El asintió y le dijo que lo sacaría por la noche antes de irse.

En ése momento sonó la puerta. Ana exclamó al visitante que pasase a la oficina, era él: su esposo Ricardo.

- ¡Hola mi amor! -. La saludó con mucho ánimo y le dio un gran beso en los labios.

Miguel no creía lo que veía, tanto tiempo y en ése preciso momento se vino aparecer el fulano esposo. Sintió que algo le hervía la sangre cuando lo vio besándola, fue cuando volteo su rostro y cerró su puño. No podía controlar ésa emoción. Trato de disimular un poco pero ya Ana se había dado cuenta.

- Me retiro. Con su permiso -. Exclamó Miguel y salió de la oficina.

Por la noche, subió en busca del paquete para sacarlo de la librería. Ana aún se encontraba allí.

- Permiso, vine en busca de lo que me tengo que llevar, no le quito mucho tiempo -.

Ana asintió.

- ¿Qué hará con él? Con el oso y el ramo -.

- Aún no lo sé, quizás encuentre a alguien en la calle para regalárselo -. Respondía mientras sacaba el obsequio dentro del armario.

- Eres un gran amigo… -. Le comentaba Ana.

Pero él no prestó atención a sus palabras. Tomó el obsequio y salió de la oficina.

« Lo lamento ». Pensó ella.

El resto de la semana fue extraña, Miguel había cambiado en su trato con ella, la trataba más como la jefa que como la amiga. Ya no había flores en la oficina cada mañana, no más tarjetas ni cumplidos, ni más pláticas a la hora del almuerzo.

El lunes muy temprano, Miguel le participó a su jefa que se retiraba de la librería.

- Pero… pero, ¿Por qué? ¿Tienes una mejor opción? -. Le preguntaba Ana sorprendida.

- Sí señora, sí la tengo. No se preocupe, le recomendaré a alguien que será bueno para ayudar aquí. Le explicaré todo, y desempeñará el trabajo como lo haría yo -.

Ana se quedó sin palabras. Miguel quería irse simple y llanamente.

- Por ésta semana, no se preocupé, estaré aquí y dejaré todo al día -.

Ella asintió y él se retiró.

Durante la semana, Miguel no había conseguido a nadie más para el puesto, y Ana, por su parte, ni siquiera lo había buscado. Ése sábado cerrarían temprano por ser día festivo, Miguel aprovecharía el tiempo para ir hablar con unos amigos sobre el trabajo que dejaba, pero enfermó del estomago y terminó quedándose en casa.

El lunes fue a cumplir con su horario, pero le pidió a Ana que buscase alguien ella pues él no había tenido suerte al contactar a sus amigos. Ana lo escuchó y no dijo nada.

- Ya mañana no voy a poder venir, debo empezar en mi otro trabajo. No me gusta dejarles en ésta situación, pero no he tenido suerte -. Decía un poco preocupado.

Sin más que decir, se disponía a salir de la oficina. Abrió la puerta.

- Espera…-. Le dijo la chica levantándose de su asiento y caminando hacia él.

Miguel volvió a cerrar la puerta. Espero que ella concluyera la conversación.

Ana se detuvo delante de él, y lo miró a los ojos.

- No te vayas. No me dejes ahora -. Le susurró.

Él no se movió. No hizo ningún gesto. Mientras, ella terminó de acercarse y lo abrazó, colocó su cabeza sobre su hombro y se quedó aferrada a su pecho. Al parecer, era una manera de decirle: “Te necesito”. Sin embargo, ya él no podía ser su amigo. Esperó unos instantes, cuando ella lo soltó, él salió de la oficina.

Todo el día fue un caos, había gente hasta que ya. Mucho trabajo, pero era satisfactorio. En un día, habían hecho lo que no se hizo la semana anterior. Las cuentas se extendieron y terminaron más tarde de lo común. El papá de Ana fue a buscar a su mamá temprano, por tanto, Ana se quedaría sola cerrando todo.

- Hija, ¿Estás segura que puedes cerrar sola? -.

- Sí mamá, no te preocupes -. Le respondía con una sonrisa.

En ése momento, Miguel aparecía porque estaba terminando de arreglar unas cosas.

- Miguel -. Le dice la mamá de Ana. - Quédate con Ana para que cierren juntos, te la encargo. Me la cuidas por favor -.

- No es necesario -. Contestaba Ana. - Miguel, se puede ir si ya acabó sus pendientes. Yo cierro -.

- No se preocupe, aún me faltan algunas cosas, yo la espero -.

La mamá de Ana se sintió complacida. Luego se retiró a su casa.

Un rato más tarde, Miguel subió a la oficina para buscar a Ana y cerrar el negocio.

- ¿Ya está lista? -. Le preguntó desde la puerta.

- Sí. Es sólo que me quedé pensando un rato, en muchas cosas -. Se levantó y caminó hacia la ventana, desde donde podría verse la calle y las luces de los autos.

- Es hora de regresar a casa -. Él le dijo.

- ¿Vendrás mañana? -.

- No -.

Ella seguía mirando la noche y sonriéndole al silencio.

- Su esposo se sentirá preocupado si no llega temprano -.

- Mi esposo trabaja hasta tarde siempre -. Él no dijo nada.

- ¿Me regalas un abrazo? -. Decía Ana, mientras su mirada seguía perdida.

Él lo pensó unos instantes. Terminó acercándosele por detrás. La rodeo con sus brazos. Ella cargaba un exquisito perfume. Miguel no lo resistió, y se acercó aún más. Luego movió los cabellos que cubrían su cuello, y se acercó rozando el mismo con sus labios, mientras ella cerraba sus ojos. Se quedaron unos instantes así, sin decirse nada el uno al otro. El silencio lo cubría todo.

- No me dejes…-. Ella le susurró.

- Yo te quiero, ¿Cómo hago para que eso te importe? -. Le decía él.

- Pero es que eso, a mí me importa y mucho -. Le respondió volteándose. -. No sé cómo esto es posible, ¿Cómo puedes amar a dos personas al mismo tiempo? Es inconcebible. Y aún así, es lo que siento -.

- ¿Me quieres? -. Preguntaba Miguel entre besos.

- Sí, yo te quiero -. Le respondí ella mientras le correspondía.

¡Ring Ring! Suena el teléfono celular de Ana. Ella lo mira y ve que Ricardo le está llamando.

- ¡Alo! -. Contesta. - Sí amor, ya casi termino. Sí, yo también te extraño mucho. ¿Vas a llegar más tarde de lo usual? Sí claro, yo entiendo. Claro. Yo también te amo. Sí, nos vemos más tarde. Adiós -. Y colgó.

Miguel cruzó sus brazos y se fue a mirar por la ventana.

- Podemos fingir que está noche no pasó nada, y mañana buscas un nuevo empleado. Yo sigo con mi vida, y tú con la tuya…-.

- ¿O…? -.

- O terminamos siendo unos enamorados furtivos…-.

- No voy a ponernos en ésa situación, entiende que no puedo hacerlo… -.

- Entiendo… Creo que ya es hora de cerrar…-. Y salió de la oficina.

Al día siguiente, Ana regresó a la librería junto a su madre.

- Es una lástima que Miguel se fuese, era un chico muy bueno -. Ésta le decía.

- Sí, pero le estaban ofreciendo algo mejor, y será beneficioso para él -.

En ése momento sonó el celular, era un número desconocido.

- ¡Alo! -. Contesta Ana.

- Te Quiero -. Sonaba un susurro de una voz conocida. - Te Quiero Mucho -.

- Yo también te quiero…-. Respondía ella. Luego la llamada se colgó.

- ¿Te llamaba Ricardo? Ése muchacho es tan detallista…-.

- Sí, era él… Ricardo… Ricardo -.

29/09/07 12:27 a.m. 01/10/07 10:34 p.m.

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