jueves, 6 de diciembre de 2007

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Crepúsculo

018. Crepúsculo. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc

Hace unos pocos días, vi resurgir con el fuego de la tarde al poeta caminante. Lo vi detenerse frente a mi portal y sentarse en la acera. Salí en su encuentro y me senté junto a él. Quedamos un rato en silencio mirando al horizonte donde podía verse las montañas, tiernamente cubiertas por el cálido sol crepuscular. Aquel fue un gran espectáculo natural, no lo olvido pues fue la primera y única vez que vi tan mágico instante.

- ¿Qué has hecho? -. De repente me preguntó.

- No muchas cosas, lo normal y cotidiano -. Fue mi sencilla respuesta.

Estaba acostumbrada al “marchar” del poeta. No se detenía en ningún sitio; como nómada viajaba y viajaba por el mundo, pretendía ser totalmente “libre”. De hecho, cuando lo vi me dije: « ¿Qué hará por aquí? ». En cierta manera, era más distante que la distancia.

Durante largos minutos conversamos trivialidades. No cambiaba su actitud, seguía siendo jovial pero maduro cuando debía.

Al rato, le pregunté:

- ¿Qué te parece la tarde? -.

Miró las montañas unos segundos. Hizo un suspiro profundo, tan profundo que pensé era su corazón quien lo había hecho.

- Es exactamente... lo que nunca tendré -.

Aquello me dejó atónita. Pensaba y me preguntaba el por qué de su respuesta. Pero antes de que pudiese preguntar, él continúo.

- Es como ella... mi amada, mi siempre amada -.

Mi curiosidad se desbocó, siempre había querido saber sobre la vida sentimental de aquel hombre. Le tuve que preguntar quién era su amada, no importando que fuese tildada de entrometida, pues la verdad esto no me importaba.

Él me miró. Sus ojos tenían un brillo extraño. Posiblemente nostalgia. Sus pupilas me dejaban ver sus pensamientos. « ¿Tanto la quiere? » me pregunté a mí misma. Y como si leyese mi pensamiento, terminó diciéndome:

- Sí, mucho es lo que la quiero -.

Quedamos en silencio.

La calle estaba sola. Los autos no irrumpían aquel entorno que nos envolvía. De repente, comenzó su plática de nuevo sin que le preguntase nada.

- ¿Puedo decirte a ti lo que me gustaría decirle a ella en éste instante? -.

Me tomó de sorpresa notar la confianza que estaba depositando en mí.

- Claro que sí -. Le respondí.

- No sabes lo que me emociona ver que sólo unos centímetros es la distancia que nos separa. Un día te sentí tan lejos, y hoy te siento tan cerca que la voz sobra pues me escuchas con la mirada. Hoy tengo lo que no tendré nunca: a ti. Tus ojos silenciosos me iluminan cómo ése crepúsculo a la montaña. Yo soy la fuerte roca y tú la calidez que me mantiene en pie por siglos. Me arrullas con tu sensibilidad y belleza, y te protejo con mi escudo de piedra. Hoy le he pedido a la vida verte y ella me ha respondido. No sabes todo lo que has causado en mí mi bella. Ojala algún día aprendas a ver detrás de mis palabras, y veas cuánto sentimiento he ocultado en ellas -. Dijo mirándome.

- Lástima que yo no sea ésa mujer... -. Le dije con voz entrecortada.

Él viro su mirada con suma tristeza mientras contemplaba los últimos segundos de aquel bello paisaje. No tardó mucho en aparecer la luna.

Se levantó agradeciéndome el tiempo que le brinde, y comenzó su andar perdiéndose al cruce de la siguiente calle.

Mientras yo me quedé con un suspiro atragantado en el pecho.

- ¡Ay mi poeta! Apellido y nombre tienen tus letras, lamentablemente no es el mío -.

Y me quedé soñando parada en el portal.

06/12/07 12:34 p.m. – 12:43 p.m.

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