miércoles, 18 de marzo de 2009

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Ángel

040. Ángel. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc

Aquellos días que parecen más comunes, son los días que terminan siendo lo contrario. El sonido del viento meciendo unas hojas es único, y al mismo tiempo común. El canto de un pajarillo posado en un árbol es algo que puede catalogarse como “ordinario”, pero no siempre lo que parece ordinario es tal. Incluso lo más simple tiene profundidad, y lo más profundo puede ser tocado por la luz.

Por y para ti, apreciado Josep...

* * *

Aquella calle es una de las más tranquilas de la zona. En una esquina yace el abasto de Don Pepe, allí puedes encontrar todo lo necesario para llenar tu despensa. A Pepe lo caracteriza su sentido del humor y su risa contagiosa. A sus clientes les encanta conversar con él, más que todo cuando se encuentra debajo del árbol que está casi frente a la entrada de su establecimiento. Él dice que no hay mejor sitio para conversar pues llega viento fresco a todas horas.

Un día como cualquier otro, se posó una pequeña ave en las ramas de aquel árbol. Cantaba sin cesar y Don Pepe se quedaba escuchando aquel concierto. Más de uno de los clientes hizo lo mismo, les parecía bonito su canto. Y así pasaron varios días hasta que de repente volvió el silencio, sin embargo el ave seguía ahí en la rama, se movía de cuando en cuando más no cantaba y su cabecita yacía sutilmente inclinada, como si estuviera viendo alguna cosa hacia uno de los lados.

En un momento dado Pepe se quedó absorto en aquella escena, hasta que Ángel, uno de sus clientes, lo hizo despertar al saludarlo. Conversaron un poco y luego el viejo le comentó lo que sucedía con el ave.

- Me gustaría colocarle algo de comida, tal vez se trate de debilidad, no lo sé. Me gusta como canta ese pajarillo, y por alguna razón siento que le pasa algo -. Le dijo.

Ciertamente el viejo Pepe no podría alcanzar aquella rama por sí mismo, y temía enviar a algún chico por miedo que se lastimara al tratar de subir. No pasó mucho para cuando Pepe y Ángel se despidieron, cerraría temprano el abasto pues tenía un compromiso familiar y así ambos se alejaron.

Por alguna razón, Ángel se quedó pensando en aquella avecilla. Él era un joven con bastante destreza, estaba casi seguro que él sí podría subir hasta aquella rama pero había un problema, ya Don Pepe se había ido y no abriría el abasto en todo el fin de semana, así que no tenía sentido volver al lugar donde estaba el ave. Decidió concentrarse entonces en su trabajo, tenía varios encargos que realizar, era un Ilustrador muy hábil aunque lo que de verdad quería era convertirse en Pintor. Durante un rato estuvo entretenido en lo que hacía, pero volvió a recordar al ave y tomó su abrigo rumbo a la calle del abasto. Se hacía tarde y un viento frío acechaba.

« ¿Pero qué estoy haciendo? Debería regresar a casa... No, siento el impulso de ir hasta allá y es lo que haré... ». Pensó.

Al llegar vio la puerta del abasto cerrada, como era de esperar. No había nadie en la calle y tampoco pasaban autos. Se quedó mirando la rama y allí estaba el ave, no se movía, entonces pensó que tal vez ya no había nada que hacer pero fue cuando el pajarillo se movió un poco.
« Creo que Don Pepe tenía razón, debe estar débil ».

Al percatarse que nadie estaba mirando se subió al árbol. Le costó un poco hasta que por fin pudo alcanzar la rama indicada. Miro y vio una pequeña ave casi sin fuerzas, pensó que quizás estaría así por falta de comida. Su mirada era triste. Entonces se dio cuenta que había otro problema, ¡no tenía nada de comida para darle! Se culpó de ese descuido y pensó en lo que podía hacer.

« ¿Y si me llevó el ave? Igual nadie le dará comida, y mucho menos se montarán en esta rama como yo. Bueno, lo haré sólo por esta vez ».

Se dispuso agarrar el ave cuando se dio cuenta que sus plumas ligeramente estaban manchadas de sangre. Aquello lo alertó. Vaciló un instante, pero volvió a intentar tomar al ave entre sus manos y así lo hizo, pero muy delicadamente pues el pajarillo estaba herido. Ángel sabía tener cuidado en esta situación, de hecho relacionaba lo que estaba sucediendo con aquellas veces en que tomó libros con hojas muy delicadas entre sus manos, al visitar una que otra librería de calles arriba. Bajó con cuidado del árbol. Mantuvo el ave entre sus manos para darle el mayor calor posible y se fue a su pequeño departamento.

Al llegar buscó algún sitio donde poner el ave. No tenía una jaula ni mucho menos, un ave era lo último que quería como mascota, particularmente le agradaban más los gatos y tenía uno en casa llamado Kookie. Era un dormilón y consentido. Por fin encontró una vieja caja de zapatos, dentro puso un pedazo de tela y allí cobijó al ave.

« ¿Qué hago con esta ave en mi casa? ¿Será que sobrevivirá? ». Se preguntaba.

- Ok, si aún vives para el lunes te llevaré con Don Pepe -. Le dijo.

« ¡Y ahora estoy hablando con un ave! ».

Ángel intentó darle un poco de agua, y al parecer bebió. Le agradaba ver que la pequeña criatura luchaba por vivir. Decidió ponerle un nombre provisional, y se le ocurrió llamarle Eva porque era un avE. Le parecía divertido el juego de letras.

Durante horas estuvo pendiente de Eva. Se regocijo al ver que probaba bocado alguno, era buena señal y esas pequeñas cosas como ver este animalito comer llenaban el instante. No entendía mucho el por qué sentía tanta simpatía por el ave, sin embargo, se sentía contento de poder ayudar un poco.

Después de un rato continúo su trabajo con las ilustraciones, y más tarde encendió su computadora, revisó algunas cosas en Internet como su correo electrónico, mientras un viejo radio le acompañaba con suaves canciones. Kookie se hizo presente en aquella escena, se puso a dormir cerca de la pantalla iluminada. Ángel aprovechó un momento de inspiración para escribir un poema, aunque no le gustó mucho el producto final.

Aquella era una escena que debía ser plasmada de alguna manera, tal vez para ser recordada por siempre. Allí un chico sentado frente a una computadora, entusiasmado y a la vez criticando un poco el producto de su inspiración (pues no siempre un texto queda como uno en principio quiere), a un lado un gato dormilón, más allá el viejo radio y una pequeña lámpara, de fondo sus infaltables libros todos desordenados, algunas herramientas de trabajo, ilustraciones... y una vieja caja de zapatos que cobija una leve voz, un leve canto, que reposa, que ha caído en silencio por culpa de una herida, una herida al costado de una pequeña ave, que ahora yace tan vulnerable con sus ojos tristes. Un ave que vivió en frío y ahora un pedazo de tela vieja cobija su cuerpo y su herida.

Al llegar la mañana, Ángel salió disparado a ver qué había sucedido con Eva. La movió un poco y allí estaba despierta, movía su cabecita. Él se puso contento, una sonrisa escapó de sus labios. Le dio de comer y beber. Al parecer Eva estaba retomando sus fuerzas, y cada vez se movía más y se veía más llena de vida.

Al siguiente día un pequeño canto despertó al chico, emocionado supo entonces que el ave no moriría pues ya casi era como había sido, era el ave que Don Pepe conocía.

- Mañana te llevaré a tu rama. Te sentirás más como en casa. Don Pepe se pondrá contento al ver que ya has vuelto a cantar -. Le decía.

Eva se la pasó cantando todo el día en casa de Ángel, mientras él hacía sus dibujos. Uno de los que hizo era para sí mismo, un ave cantando desde su ventana.

Allí estaban los tres: Kookie durmiendo, Eva cantando y él dibujando.

A la mañana siguiente, cuando Ángel fue en busca del ave para llevarla con Don Pepe, se encontró con que la misma no estaba. Se percató que la ventana estaba abierta y supo que Eva se había ido volando. Ángel no dijo nada, creyó que Eva había regresado por sí misma hasta el árbol de donde él la había bajado. Sonrió al saber que ella ya podía volar nuevamente. Al disponerse a cerrar la ventana se encontró con una sorpresa, había una pequeña flor que lo esperaba, se trataba de un pequeño girasol. La luz de la mañana entraba por la ventana. Él tomó la flor en sus manos y la puso dentro de la vieja caja de zapatos. Miró su computadora y la encendió. Se dispuso a escribir sobre una idea, un ave que según su apreciación... no tenía miedo.


Los girasoles se doblan con la tempestad

y el Sol las hace mirar al cielo.

Una herida en el costado, apaga un bello canto.

Un silencio, siempre ha de tener una razón

tal vez es una herida, tal vez, qué se yo...

Mientras las ciudades caminan

y hay historias que pasan desapercibidas,

los Ángeles se percatan de los detalles, de los instantes,

y así como ese Ángel que cobija

hay palabras que curan las heridas.

El ave que casi murió,

el ave que por amor resurgió,

el ave que vuelve a cantar

y aleteando irá a batallar.

Tus plumas que la sangre manchó,

la espina que a tu muerte llamó,

la sal cicatrizó tus heridas

y ese Ángel te dice que aún es que hay vida...

¡Vuela mi amiga!


18/03/09 8:12 p.m. – 8:24 p.m.

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