domingo, 27 de febrero de 2011

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Otras manos

Fuente Imagen: Google Images.

Al nacer, fueron otras manos las que le recibieron.
Las de su madre no querían hacerlo.
Y su silencio no calmó el llanto de la criatura.
Lo hicieron otros brazos, generosos por demás,
pero nunca los de la madre, que le faltaban desde ya.

Al llegar a casa, ella regaló al bebé
al primero que se lo recibiera,
y ése otro fue quien dio de comer
a la pobre criatura que aquélla no quisiera.

Al crecer, pensó en buscar a sus padres,
le dijeron que su madre le tuvo de dieciséis,
que era inmadura,
y su padre, se perdió después.

Dieciséis, dieciséis,
quién dijo que se puede vivir sin pensar en consecuencias.
Dieciséis, dieciséis,
eres capaz de crear una vida y destruirla a la vez.

Su propia madre le advirtió de la vida
y ella dijo que sería libre de hacer lo que quisiera,
ahora yo sé que sí hizo lo que quiso:
me dejó en abandono,
me dejó muy solo.

Nunca escuché de sus labios un te quiero,
o una frase de amor,
tan sólo el silencio fue capaz de regalarme.
Nunca “creció” ni fue responsable,
ni ahora que tengo la edad que ella tenía
es capaz de acercarse.

No le odio, ni buscaré para reprocharle
pero aún me repito:
¿Por qué? Si yo era tan inocente, ¿Por qué?
¿Por qué ha dejado mi vida en otras manos,
cuando yo le acompañé desde su vientre?
¿Por qué prefirió despreciarme
cuando no fui yo quien la abandonó?

He escuchado tantas veces
recriminaciones de terceros,
que ella es esto y lo otro.
Yo no diré nada, total ni siquiera la conozco,
ella no me permitió hacerlo.

Pero, ¿Por qué?
¿Por qué me dejó si yo era tan inocente?
No le importó si tenía hambre o frío,
sólo se fue.

“Sólo tenía dieciséis”
pero eso no es excusa,
yo también llegué a los dieciséis
y eso no me quitó responsabilidad
en los actos de la vida.

Y la historia dijo:

Al nacer, fueron otras manos las que le recibieron.
Las de su madre no querían hacerlo.
Y su silencio no calmó el llanto de la criatura.
Lo hicieron otros brazos, generosos por demás,
pero nunca los de la madre, que le faltaban desde ya.

Otras manos,
fueron otras manos quienes le dieron de comer,
le cobijaron del frío,
y llenó el vacío que le dejó su falta de querer.

Otras manos,
¿Por qué?
No fueron las tuyas las que me recibieron al nacer.
¿Por qué?

Waldylei Yépez

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