jueves, 14 de julio de 2011

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El quiebre de las ilusiones

Fuente: Google Images.

003. El quiebre de las ilusiones. Colección Orígenes. Waldylei Yépez.doc

Muchas veces me he preguntado si soy un “ser raro” en el mundo, si sólo pienso en cosas que nadie más piensa o cree posible, o mejor dicho cosas que la gente considera normales y que yo no logro aceptar como tales.
Si tuviera que contar un poco acerca de mí, creo que comenzaría diciendo que mi pasión es escribir y que por eso me convertí en una escritora. Me costó mucho sí el poder serlo, pero teniendo el apoyo de quien sería mi novio y después esposo logré alcanzar ese sueño. Escribí hasta hoy muchos libros, y paseé muchas veces entre los estantes de librerías viendo que mi nombre se leía en los mostradores. Sólo los artistas podrían imaginar a cabalidad mi emoción al ver mis pensamientos como libros, libros que la gente podía adquirir, en definitiva la emoción de ver un sueño de artista hecho realidad.
Mi vida estuvo llena de altos y bajos, obstáculos difíciles y montones de pequeños triunfos que me ayudaban a seguir adelante a pesar de lo malo. Mi familia fue ese pilar fundamental que me sostenía y después ese puesto lo ocupó el amor de mi vida, quien con mucho amor, mucho cariño, mucha ternura y mucho respeto me hacía sentir la mujer más dichosa del mundo. Ese amor maravilloso que embargaba mi vida fue inspiración para muchos textos que escribí y que aún se venden en las librerías. A veces recibo cartas de lectores que me dicen que sienten mis textos como si yo estuviera contando sus vidas, o como si ellos fueran los que hubiesen escrito lo que yo escribí allí.
De mi paso por el mundo de las letras, he logrado comprender muchas cosas, como por ejemplo que uno como escritor siempre escribe aquello que considera real, y logra impregnar en las letras una fuerza tan maravillosa y potente que no existe forma de que a nadie le llegue o toque psicológica o emocionalmente lo que uno escribe, pues siempre existe alguien que resulta conmovido por lo que uno dice. Mis cartas de amor sé que han logrado tocar a más de un lector, y muestra de ello es que me escriban para decírmelo. Pero hoy no vengo a escribir una carta de amor, así que me disculpo por ello en primer lugar, sin embargo les aseguro que resulta necesario para mí escribir lo que escribiré, porque también tengo que hacerles saber que escribir resulta una bendición con su maldición incluida. Sí, es por ello que nosotros, los que elegimos como camino las letras, tenemos la urgencia de escribir lo que sea necesario escribir porque si no lo hacemos: moriremos. Y eso intento, salvar mi vida…
Por ahora no sé por dónde empezar así que seguiré la línea que venía desarrollando, como les decía en mi vida estuvo los altos y los bajos, aunque debo señalar que nunca pasaron tantas cosas graves. Desde mi juventud estuve muy metida en mis cosas académicas, lo que me ayudó a destacar en esa área pero me impidió, según mis amigos, vivir las cosas que ellos sí pudieron vivir en esa etapa. Sin embargo, difiero de lo que dicen mis amigos por la sencilla razón de que no creo haberme “perdido” nada, viví justo las cosas que quería vivir y tomé las decisiones que a mí me ayudaron a ser feliz. Cuando llegó el amor a mi vida, ese amor total y pleno que te hace volar, yo me sentía increíble y no podría describirlo aquí en palabras, pero se puede asociar a lo más hermoso y mágico que se pueda vivir en esta vida. Estuve involucrada en ese noviazgo algunos años y después vino el matrimonio, ese día fue otra cosa… Fue algo espectacular, tenía a un hombre maravilloso a mi lado, un hombre que me ayudó a lograr todos mis sueños, que se portaba genial con mi familia y su familia conmigo era sumamente genial, es que no habría otra forma de decirlo pues ‘genial’ es la palabra acorde. Podrán imaginarse la enorme sonrisa que tenía ese día, la misma sonrisa que me acompañó todos los días siguientes, y no exagero porque sí tenía esa misma sonrisa todos los días. Despertar a lado del hombre que amas, eso no tiene palabras. Justo me despertaba al día siguiente cuando el sol comenzaba a invadir la habitación, y él aún seguía durmiendo, entonces me quedaba mirándolo dormir mientras yo estaba toda enternecida; después él se despertaba un poco, me miraba y sonreía, se lanzaba a darme muchos besos y así nos quedábamos un rato hasta la hora de por fin levantarse.
¿Cómo se siente vivir el amor perfecto? Pues se siente de esa manera: perfecto. Se puede sentir la total comprensión, cosa que es posible con la comunicación fluida, y él conocía todo de mí… hasta el punto de adelantarse a pensar y saber lo que yo aún no había dicho con palabras. Yo compartía todos mis pensamientos, todas mis ilusiones, todos mis sueños, es decir, de verdad compartía todo pero todo de mí… ¡Y qué genial se siente poder hacer algo como eso! Y no, no me sentía vulnerable porque sabía que estaba en las manos más seguras, que ambos éramos uno solo pues hasta ese punto estábamos “conectados”. Mi relación con su familia pues era increíble, había mucho apoyo y mucho cariño.
A veces, por mi trabajo, me tocaba viajar a otras ciudades y vaya que sufría por el hecho de no poder estar cerca de él, siendo apenas una separación de un par de días pero igual sufría mucho. Comprendan, ¡era una mujer enamorada que no quería separarse de su amor ni siquiera unos centímetros! Pero no crean que actuaba como posesiva, en realidad no lo era aunque algunos sí me vieran así, pero mi esposo no malinterpretaba mi actuación, por el contrario, me decía que me extrañaba y que quería que regresara de mi viaje ya mismo, terminábamos riéndonos de todo eso.
Por otro lado, él también viajaba a veces por su trabajo, y entonces era yo quien quería que él regresara ya mismo a la casa e incluso me ponía a actuar como una niña pequeña: “Ven, ven, ven…”. Después reíamos de todo eso.
Un día, cuando él estaba de viaje por un trabajo, decidimos darle una sorpresa llegando justo a aquella ciudad. Mis suegros y yo planificamos llegar al mismo hotel donde él se hospedaba, y convencí a la persona encargada de que me abriera la puerta de su habitación para decorarla y darle una sorpresa cuando llegara, pues a esa hora él estaba trabajando en una oficina. Por fin, me prestaron una copia de la llave y subí con unas cosas que había comprado, después mis suegros me alcanzarían pues ellos se iban a quedar registrándose en la recepción. Llegué a la puerta y la abrí, caminé unos pasos para acercarme y dejar las cosas que llevaba pero quedé inmóvil por lo que vi. Ante mis ojos, el hombre que yo amaba estaba con otra tipa en su cama. Dejé caer las cosas que llevaba en las manos, y fue hasta entonces que ellos se percataron de que yo estaba ahí. Se movió hacia un lado, tomando una sábana para cubrirse y diciendo mi nombre. Yo estaba petrificada. Ella también salió corriendo y no supe a dónde fue. Él, por su parte, titubeaba pretendiendo explicar lo que no podía explicar. En ese momento entraron sus padres a la habitación, y lo primero que vieron fue el rostro de él asustado esperando mi reacción. Yo seguía sin decir nada, pero sus padres salieron de la habitación al sospechar lo que había ocurrido. Pero, de la misma manera como ellos salieron, salí yo sin decir nada. Pude haber roto alguna cosa allí o decirle “hasta el mal del que se iba a morir”, pero nada de eso me salió. Iba bajando las escaleras en shock, no supe cómo salí del hotel y cómo fui a parar frente a una de las playas de aquella ciudad. Recuerdo que estando allí sentada en un banco, llevé mis manos al rostro para cubrirlo y poder llorar como una niña sin consuelo. Lloré por horas. Cuando ya no me quedaban más lágrimas, me levanté de ese banco y busqué la forma de regresar a casa.
El dolor se apoderó de mi vida entonces, y postergué muchos compromisos porque no quería salir. Él no regresó a nuestra casa, por mediación de sus padres y petición mía, se quedaría con ellos. Yo no podía comprender muchas cosas, mi mente asociaba su falta con mentiras y me preguntaba millones de veces el por qué me había engañado, por qué me había hecho creer que todo estaba bien, y aquella “buena comunicación” que siempre defendí no fue más que una mentira muy bien elaborada.
En esos días sus padres me visitaron varias veces, yo no hacía más que lanzarme a los brazos de mi suegra y llorar como una desgraciada. Yo había sacrificado todo por él, incluida mi propia familia, y me sentía la más sola del mundo. Recuerdo que quemé borradores de textos de amor que tenía, incluyendo un poema de amor inédito que había escrito para él y se lo mostraría justo el día que lo vi con otra; lancé a la basura fotos, cartas, estrellé contra las paredes frascos de perfumes que él me regalaba; me quedaba durmiendo en el sofá, después de haber llorado toda la tarde, apretando contra mi pecho las almohadas de aquel mueble. El dolor que se siente sólo se compara con la desaparición física de un ser querido, y vaya que duele cuando es justo el amor el que se muere.
No toleraba ver sus fotos, me recordaban el episodio vivido y sentía asco, asco de pensar que estaba con otra u otras y que después venía a estar conmigo. Recuerdo que comenté eso con una amiga, y ella no hizo más que regañarme y decirme que es obvio que el hombre nunca es fiel, y que su naturaleza es ser mujeriego; que ni se me ocurriera dejar a mi esposo, que no podía “dejarlo libre” para que viniera una estúpida a “quedarse con él”, que como su esposa yo “tenía todo los derechos” y que pensara en permitir que él volviera a la casa y lo perdonara, que ni se me ocurriera “tirar mi matrimonio a la basura”. Yo pensaba para mí misma que yo no era la culpable de eso, que quien había tirado nuestro matrimonio a la basura era él; que no era justificable seguir viviendo con el paradigma de que había que aceptar que el hombre es mujeriego, y no darse mala vida porque tenga sexo con otra persona “porque a la que quiere es a ti”. Muchas mujeres habían perdonado antes a sus esposos porque estos tuvieron sexo con otra persona, pero yo no lo podía hacer. Quizás se trataba de la concepción de cada quien, y que yo por mi parte veía el tema como una conexión emocional-espiritual tal vez demasiado idealizada. Yo nunca había tenido experiencia antes de casarme, y eso es mucho más que una cuestión religiosa sino que se trataba de una decisión mía muy bien argumentada, porque entendía una “unión física” como un intercambio “de energías” que une a las almas y no sólo a los cuerpos. Supongo que por eso esperaba reciprocidad en el tema: una sexualidad exclusiva, pero mi amiga me intentaba convencer de que eso no existía, y que “tenía que ser realista”. Pero el tema físico no era el único problema, yo me sentía engañada, me habían visto “la cara de tonta”, era una cuestión psicológica y emocional también, pero ella intentaba bajarle importancia al error de mi esposo diciendo que “eso no era tan importante”, que él “me amaba a mí porque estaba casado conmigo” y que intentara “ver las cosas con más claridad”. Yo no podía entender cómo era posible que mi amiga me diera esos consejos, esa clase de consejos.
Un par de semanas después del incidente en el hotel, él fue hasta la casa y verlo me causó un gran impacto. Sentía mucha tristeza y dolor, intentaba que mi voz no se quebrara pero hubo momentos en que se quebró de todas formas, y las lágrimas se asomaron delicada y tímidamente sobre mi rostro. Podía ver su tristeza mientras contemplaba de vez en cuando que una lágrima rodaba sobre mis mejillas, podía ver su impotencia al querer acercarse y abrazarme, por eso y muchas cosas más sabía que alguna vez él me había amado de verdad. Sus ojos se enjugaban, de vez en cuando. Supuse que le hacía más daño que no lo insultara, porque dicen por ahí que hace más daño la indiferencia que el mismo odio. Yo no sabía exactamente qué era lo que sentía, a veces lo amaba y a veces lo odiaba, pero otras veces tan sólo era un “desconocido” para mí.

- ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo te acostabas con ella? -. Me osé a preguntar, de la misma manera que uno se osa a preguntar las cosas que no quiere saber.

Él se negaba con la cabeza, no quería contestar. Me pedía que no habláramos de eso, pero yo insistía.

- Ocho meses, como ocho meses desde la primera vez que salí con ella -. Por fin respondió.

Cualquier otro quizás no habría respondido, pero así éramos él y yo: nos contábamos todo… mejor dicho, yo lo creí así…

- Hace cuatro meses celebramos nuestro aniversario, y fue un día muy hermoso. Recuerdo que pensé que la vida me había bendecido con una relación perfecta, y resulta que ya llevabas cuatro meses con ella… -. Se me quebró la voz.

Él se acercó a mí arrodillado, y lloró sobre mi regazo pidiendo perdón. Me levanté sacando fuerzas desde donde ya no tenía y le pedí que se fuera, que no quería volver a verlo. Salió cabizbajo de la casa aquel día.
Estuvimos separados desde entonces, y dos meses después me lo volví a encontrar en un evento literario. Justo ese día me entregaron un reconocimiento por la venta de unos libros, apenas di unas cuantas palabras al recibirlo y bajé de la tarima, caminé unos metros y me encontré con él de frente, me felicitó y le di las gracias como se la hubiese dado a cualquier persona. Intentó hacer algún otro comentario pero corté lo que quería decir:

- Estoy contenta de haber recibido esto -. Señalando la placa que me habían dado. - Y recuerdo que hace meses, cuando salió la posibilidad de recibirlo planeé un pequeño discurso de agradecimiento e iba a dedicarlo a alguien que había sido importante para mí entonces… Es una lástima que, hoy en día, no tenga a quien dedicarlo. Hasta luego -.

Y me fui de allí.
Llegué a mi casa y recuerdo haberme sentado en el sofá con el reconocimiento en la mano.

- Qué triste es perder todo aquello que te hacía feliz -. Dije. Puse la placa sobre la mesa y tomé un papel y lápiz.

“Aquí yace la escritora de amor que creyó en el amor.
Aquí yace aquella que creyó en la fidelidad y lo eterno.
Aquí yacen mis propias ilusiones golpeadas, quebradas y muertas.
Aquí yace la escritora. Aquí yace la ilusión.
Feliz, ya no soy. Sonrisas, ya no doy.
El amar, me mató. El amor, me mató…
Hoy ya no creo, ya no creo en el amor.
Aquí yace la escritora que se hundió y del dolor aprendió,
del dolor aprendió: a respirar dolor y nada más que dolor… Sí, eso aprendió”.

14/07/2011 05:37 p.m. - 06:17 p.m.

Fuente: Google Images.

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