martes, 2 de julio de 2013

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Emilia... El retrato de una mujer maravillosa

005. Emilia... El retrato de una mujer maravillosa. Colección Emilia. Waldylei Yépez.docx

Miro el reloj, apago el computador y me voy hacia la cocina. Busco un paquete de harina y la mezclo para hacer la masa. Esta tarde prepararé algo fácil y que me gusta mucho, serán unas arepitas rellenas que acompañaré con tajadas y un rico café con leche. Mientras las arepas se cocinan, miro al otro extremo, justo al lado de la puerta yace la silla roja con líneas blancas y me quedo mirándola, me sonrío recordando aquellas tardes donde en esa silla te encontraba a ti. Siempre cerca de la puerta, siempre a esa hora, mirando hacia los lados; a tu derecha el largo pasillo que da hacia la puerta de la calle, a tu izquierda el patio con vista también a la jaula de la lora, esa que silba como tú le enseñaste y que incluso dice algunos nombres.
Me siento en una silla cercana frente a ti y me hablas de la última travesura de la lora, esa lora traviesa buscando salirse de su jaula. Me cuentas que con una pata ha logrado subir la pequeña puerta, y justo se asoma sacando la cabeza. La regañas y le reprochas que si se sale el gato se la comerá. Ella parece escucharte y se ha metido de nuevo a su jaula. Cruzas tus brazos y los dejas descansando sobre tus rodillas mientras estás inclinada, te sonríes; nunca te comenté lo angelical que te ves cuando lo haces. Yo me sonrío, me sonrío al recodarte.
Me levanto de mi silla y corro para ver las arepas, me parece como si me hubieses gritado para advertirme que no las deje quemar. Las reviso y las volteo, por un lado están listas. Y sigo recordando esas tardes, ésas que han quedado lejos ya. Recuerdo que tomaba un plato y te servía tu arepita mientras esperabas ahí sentada, la acompañaba con las cosas que te gustaban y de último dejaba el café, porque si te mostraba el café te lo tomarías antes de comer y luego no comerías más. Sí, eras una “pequeña muy traviesa” a quien uno debía insistirle porque siempre decías que no tenías hambre, aunque en esas tardes el plato siempre quedaba vacío. Al final tomabas tu rico café, ¡y te ponías tan contenta!
Las arepas están listas, regreso a mi asiento frente a ti. Me miras con tu cara de princesa, y me cuentas de ese pasado lejano que ha quedado tan atrás. También me preguntas si alguno de tus hijos ha venido, sí, a veces había cosas que se te olvidaban, pero en su mayoría tus recuerdos estaban intactos. Muchas veces nos quedamos conversando, nos reíamos de las bromas de mi hermano. Tampoco dejabas de preguntarte por Bobby, ese perro loco que un día se fue y jamás supimos de él. Lo extrañaste, lo extrañaste mucho, y mucho también fue el tiempo que esperaste volver a verlo, pero jamás regresó.
Me quedo mirándote y me sonrío. Te veo allí sentada en tu silla roja y me digo que si quisiera describirte en palabras sería bastante difícil. Pero, aunque lo sienta así, hoy yo sería capaz de escribir sobre ti, y así formar un retrato en palabras de quién eres. ¿Me darías tu permiso abuela? Veo que te ríes, sé que te da un poco de vergüenza que hable de ti, pero no parece disgustarte la idea. Bien, prometo decir muchas cosas buenas. Me sonrió.
Amigos lectores, después del permiso que mi abuela me concedió, quiero presentarles un poco de su vida, sólo algunas cosas y con ellas espero poder acercarles un poco a su figura, la figura de una gran mujer. Vamos a comenzar:

Maita

Emilia nació en 1925 en una zona rural. En su juventud se mudó a la ciudad, desde entonces comenzaría su vida familiar y laboral.
Una de sus primeras hijas cuenta sobre su infancia, y describe aquella como un período donde su madre trabajaba para darles de comer primordialmente, no alcanzaba el dinero para nada más. Comenta que las niñas se confeccionaban su propia ropa interior con pedazos de tela. No eran pobres, eran más que pobres, así lo expresaría. También dijo que en donde vivían entraba el agua cuando llovía, o los bichos les caían encima.
Emilia se mudaría con su creciente familia a una casa muy sencilla, pero en mejores condiciones que la anterior, que tenía techo de zinc y un piso con rajaduras.
En total ella tuvo once hijos, y quedó viuda a los cuarenta y nueve años cuando su esposo murió, después de salvarle heroicamente la vida a otro compañero de trabajo. Con la ausencia del padre, se apoyó en sus hijos mayores quienes hicieron su mejor esfuerzo para sacar adelante a los más pequeños.
Posteriormente, en los años noventa, cuando una de sus hijas le cambió su cocina de kerosene por una de cuatro hornillas a gas, y también cambiaron el techo de su casa por láminas de acerolit y un mejor piso, Emilia expresaría sobre su hija la siguiente frase: “Gracias a ella, me siento rica…”. Pero esa expresión de agradecimiento tardó más de veinte años en conocerse, y hoy en día ha dejado una profunda marca. Esta casa, que es su casa y desde donde escribo hoy, dista mucho de ser una casa de ricos, pero para ella era una mansión. Me produce una gran presión en el pecho pensar en las necesidades que mi abuela pasó siendo joven, me hace reflexionar en que siempre tenemos alguna necesidad, pero las de ella eran más difíciles de las que puedo tener yo ahora.
Ella no era de ir a misa, pero eso no le impedía tener a Dios en su corazón y ser una buena mujer. Sin embargo, le gustaba mucho que sus hijas fueran y participaran en el coro de la iglesia. Cuenta una de ellas que mi abuela las despertaba para que fueran a misa de aguinaldo en diciembre, por supuesto, no las acompañaba pero las esperaba con café y pan, o les hacía empanadas, y le gustaba que le contaran lo sucedido en la misa.
Otro de sus grandes intereses era la música, ella tenía un radio pequeño que colocaba sobre la ventana. Le encantaban las rancheras, escuchar las leyendas venezolanas y ver películas mexicanas. Así mismo, le gustaba los bailes como el Tamunangue, con el cual no faltó ocasión en que ella misma le explicaba a sus hijas cuál era la forma correcta de bailarlo.
Muy pocas personas le llamaban por su nombre de pila, para nosotros ella siempre fue “Maita”. Recuerdo que cuando yo era niña asumía que ése era su nombre, y que la única “Maita” que existía era mi “Maita”. Era tan raro para mí escuchar a otras personas decirles así a sus madres, porque yo sabía que ellas tenían un nombre distinto; un poco más grande comprendí que “Maita” era una especie de apodo, asumiendo que nazca de “Mamita” y se reduzca a “Ma’ita”. Quizás esto para muchos es obvio, pero para una niña en sus primeros años no lo era.
Emilia siempre fue una mujer multifacética, es bastante difícil para mí definirla porque son muchos los episodios de su vida que se nos escapan, además de que cuando yo nací ya tenía seis décadas de vida. Sin embargo, hay rasgos comunes entre lo que sus hijos pueden contar y las cosas que yo pude aprender de ella.
Siempre tuvo un corazón generoso, siempre fue una buena samaritana. Ayudó a todo aquel que necesitó y no miró a quién, se desprendía de sus cosas si la ocasión lo ameritaba, no dudó en prestar su propia cama para que el que tuviese sueño durmiera en ella. Probablemente la pobreza en la que vivió casi toda su vida le enseñó a compartir lo poco que tenía, porque el que ha necesitado sabe qué se siente necesitar y por eso ayuda. Sin embargo, todas esas cualidades no implican a que fuera una mujer dócil, al contrario, el poder de su carácter era tal que su sola presencia era imponente.
Hay una imagen de ella muy fresca en mi mente, es la de una mujer con un carácter fuerte, sentada en su silla y con una expresión seria en su cara, con su mano sobre un bastón de madera apoyado al piso. La viva imagen de lo que uno llamaría “la patrona”, “la que manda aquí”. Ésa era Emilia. Como diría un amigo, la firmeza no quita la bondad.
En ella siempre hubo una mezcla equilibrada de muchos elementos, entre los que destacaría la fuerza de su carácter, de su firmeza, como así mismo de su ternura, su buena voluntad. También es la mujer más terca que he conocido en mi vida, y orgullosísima de su autonomía. Incluso el final de su vida estaría marcado por esos últimos elementos.
Fue una madre para muchos de nosotros, muchos nos criamos bajo su tutela. La palabra inglesa para abuela es grandmother, si quisiéramos separar la palabra para llevarla a su raíz etimológica sería “grand” y “mother”, la primera hace referencia a “grande” y la segunda a “madre”; literalmente para mí sería: Gran Madre. No hay mejor forma de definir a Emilia que decirle: Gran Madre, porque eso fue y eso es.
Los recuerdos pasan y pasan por mi mente, son tantas cosas, tantas conversaciones, tantas expresiones de su rostro, risas, etc. Con más de ochenta años ella seguía pendiente de que “tenía que hacer la comida”, que pobrecito tal que ella no le había hecho sus caraoticas, o sus arepitas, o que tenía que prepararle su cafecito. No pensaba en hacer algo para sí misma, pensaba siempre en los demás, en que los demás estuvieran bien.
Un aspecto que yo destacaría es su autonomía, como ya lo mencioné, le gustaba hacer las cosas por sí misma sin querer depender de nadie y esto fue así mientras pudo. Recuerdo una ocasión en que estaba sentada en la sala, se le dificultaba levantarse de su asiento, se quejaba un poco, y cuando uno mostraba la intención de ayudarla ella lo rechazaba, en ese momento su argumento era algo como que ella se tenía que levantar sola, porque si un día no había nadie quien la ayudara no podría pararse, que no podía depender de otra persona. Este deseo de valerse por sí misma era fuerte en ella, pero cuando esto dejó de ser así le causó mucha tristeza. Era una mujer que rechazaba la idea de usar pañales, silla de ruedas o andaderas. El no poder levantarse sola, posterior a una caída, fue el detonante de una depresión que repercutiría de una manera muy negativa en su salud, esto después de la celebración de su último cumpleaños.
Por las fotografías, sé que ese último cumpleaños fue maravilloso para ella, que lo disfrutó mucho, que fue una sorpresa muy linda. Lastimosamente yo no pude estar presente entonces, cuando volví a verla dos meses más tarde yacía en una cama clínica y físicamente deteriorada. Recuerdo que a partir de ese momento yo quería volver a verla como antes, caminando hacia la cocina para sentarse nuevamente en su silla roja, que me volviera a sonreír como lo hacía y que conversara acerca de ese pasado lejano. Pero ese sueño no se cumplió, mi abuela ya tenía una edad avanzada, el permanecer en cama le había hecho mucho mal, y las infecciones que la atacaron fueron mortales. La lucha que se dio para que se recuperara fue ardua, nunca le faltó asistencia médica, las hijas que la cuidaban hicieron todo lo humanamente posible por ella.
Al asomarse la noche de ese 3 de mayo, nuestros peores miedos estaban ocurriendo. Recuerdo que rodeamos su cama, algunos más desesperados que otros lloraban y la llamaban como queriendo despertarla. Yo estaba atónita, y me quedé mirándola desde los pies de su cama. Su respiración se hacía más lenta, hasta que vino el último suspiro. Su abdomen no volvió a moverse. Es la escena más impactante que me ha tocado vivir.
Era muy difícil en ese momento entender lo que estaba ocurriendo, y en cómo en tan poco tiempo su salud se había deteriorado tanto. Podíamos entender que había muchas cosas que ya no estaban funcionando bien, y el que permaneciera con nosotros más tiempo alargaría su dolor, su agonía, pero aun así uno no quiere que el ser amado se vaya. Nos aferramos al último hilito de esperanza, y nos hubiese gustado tenerla muchísimo tiempo más con nosotros, pero también sabemos que no era justo que fuese acosta de su sufrimiento. Es difícil asumir el hecho de que se haya ido. Yo aún pienso y siento por las mañanas que está en su cuarto durmiendo, y mi madre aún se despierta muchas veces en la noche por “la necesidad de estar pendiente de ella”.
Parada en medio de tu cuarto, allí mismo donde estaba tu cama y donde te quedaste dormida hace casi dos meses, no dejo de pensar en ti, no dejo de mirar tus cosas, tu fotografía en medio de tus santos e iluminada por una pequeña luz que no se apaga. Toda esta casa habla de ti, desde el árbol que tanto defendiste para que no arrancaran sus hojas, la puerta que pedías cerrar temprano, el sonido de las sillas al arrastrarlas, tu cama, la cocina donde cocinaste para todos nosotros, los platos, tu ropita, tus sábanas, cobijas… Es imposible para mí cocinar algo, y no voltearme a mirar hacia tu lugar, ese sitio donde siempre te encontrabas sentada en tu silla roja. Imposible no acordarse de las veces que extrañaste a Bobby, ese perro loco que tanto quisiste, que fue tu compañero cuando los demás estábamos metidos en nuestras responsabilidades. Y qué decir de la lora en el patio, todos los días silba como le enseñaste… ¿cómo no acordarse de ti con eso? Esta casa palpita tu nombre, porque tú eres el corazón de esta casa. En tu última noche de rezos, recuerdo haberme quedado viendo unas velitas encendidas y me pregunté a mí misma: ¿Esto es todo? ¿Esto es todo lo que me queda de ti abuela? ¿Solamente tu ausencia? Pero ahora pienso que me fijaba más en tu ausencia porque era lo que dolía más, pero que en verdad nos quedan muchas cosas de ti. Te pedí millones de veces que me ayudaras a ser tan fuerte como tú lo eras, yo la verdad no he conocido a nadie más que sea así. Estuviste consciente hasta el último momento, con un grado de lucidez increíble. Sé que te esforzaste por seguir junto a nosotros, porque aunque tu cuerpo estuviese cansado seguías batallando por no dejarnos. Siempre tan tú, siempre pensando en los demás, poniendo a tu familia antes que tú misma. ¡Te amamos tanto! Es tan difícil escribirte abuela…

A casi dos meses de tu partida,
este dolor sigue tan vivo como ese día.
Mientras intento mostrarle al mundo quién eres,
me doy cuenta que es imposible,
no hay manera de que yo pueda resumir en unas páginas
la grandeza de tu alma.
Hay cosas que se viven, que se sienten,
y que no pueden describirse en palabras,
aunque lo intenté
porque tú vales todos los intentos posibles.
Lamento no poder escribir algo mucho más hermoso para ti,
tú que eres la más bella de las flores,
mi tesorito hermoso,
mi Maita que tanto adoro.
Déjame decirte una vez más lo mucho que te extraño,
lo mucho que te quiero, lo mucho que te amo.
Déjame decirte lo mucho que nos duele que no estés,
lo mucho que queremos verte de nuevo.
A veces no entiendo la vida,
ni por qué existe la muerte.
A veces no entiendo, si éste es tu lugar,
¿por qué te tuviste que marchar?
Si aquí está todas tus cositas,
tu casita, camita y la comidita.
Pero hay cosas que son irremediables,
al menos espero que de vez en cuando vengas a visitarnos,
ya sabes que siempre aquí estará tu lugar,
y todas las personas que siempre te vamos amar.
Desearía poder regresar el tiempo atrás
para volverte a encontrar…
Descansa mi tesorito, mi ángel de luz y de amor.
Te amo con todo mi corazón…

30/06/13 06:54 p.m. – 07:22 p.m. 02/07/13 04:45 p.m.

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