viernes, 23 de octubre de 2020

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Carta de los migrantes


 

Migrante: Persona que se traslada desde el lugar en que habita a otro diferente. RAE (2020)

 

Queridos amigos,

Me embarga una constante nostalgia. Una nostalgia que nace con cada sol, y se duerme con cada luna. Una nostalgia que llena cada minuto de mis días, y que trae hacia mí innumerable recuerdos. Recuerdos de un pasado y las ideas de un futuro añorado.

Me siento como si estuviera entre dos existencias distintas: en una camino y a veces vivo sin vivir, y en la otra vivo en un lugar a donde mi mente y corazón viajan, pero en verdad no están allí.

Añoro tantas cosas… ésas a las que jamás presté atención. Ésas que parecían tan insignificantes, pues ¿quién podría extrañar el jardín y las plantas de la mamá? ¿Quién podría extrañar sentarse en las sillas de su casa? ¿Quién podría extrañar el olor a limpio de las sábanas que ella lava o su café de la mañana?

Admito que el café que yo hago no sabe igual, y mirar por la ventana tampoco lo es. Claro, el olor a tierra mojada se parece mucho, pero estas tierras no son las que me vieron nacer… Discúlpenme, hay ciertos días en los cuales me pongo así, y con más intensidad llegan los recuerdo de mis raíces… de mi ciudad.

Vienen a mí los recuerdos de los lugares que me hicieron feliz, o de aquella caminata monótona hacia la escuela —o hacia el trabajo— que no sé por qué hoy recuerdo tanto. Y qué decir de aquel color del atardecer, y el de la mañana que renacía con más fuerza y más luz.

También me he quedado pensando en las huellas que dejaron mis pasos, y que el viento y el tiempo probablemente ya borraron. Luego me pregunto si toda aquella construcción que vi iniciar ya fue terminada, o si el pasto de aquel parque se ve tan verde como cuando yo pasaba del otro lado de la calzada.

Me quedo imaginando… imaginando que voy por aquellos caminos que no sé si volveré a recorrer. Por aquellos lugares que el tiempo no ha podido arrancar de mi memoria. Todos esos recuerdos son un mágico tesoro… un tesoro invisible.

Aún puedo sentir la sueva brisa que acariciaba mi rostro. Revivir el crepúsculo que enrojecía el horizonte de los cerros, valles y montes. Y volver a ver a la Virgen que se mueve de sur a norte.

No me fui porque quisiera. La vida me lo exigió. Me lo exigió como a los miles que navegan, caminan o vuelan. Me fui por esa cosa que llaman supervivencia.

Admito que ha sido duro, pero no ha sido tan malo. El costo emocional es lo que me está matando. Extraño lo que jamás pensé extrañar.

Entre migrantes nos entendemos. Mucho aguantamos estando lejos, pero día a día batallamos esperando mejore este calvario. El calvario de estar lejos de tus amigos, familiares y hermanos.

Agradezco las puertas abiertas. No me quejo de lo que me ha tocado vivir, aunque no sé qué me depara el porvenir.

Hoy más que nunca llevo clavado en el pecho el amor por mi patria, mi mar y mi lecho. Y si Dios lo permite volveremos a vernos, y lloraré al contarles la falta que me han hecho.

Gracias a todos por estar presentes, los llevo en cada paso aquí en mi mente. Son mi motivo y también mi aliciente. Son la esperanza de un sueño naciente.



Waldylei Yépez



Datos del archivo:

011.Carta de los migrantes.Colección Séptima Región.Waldylei Yépez.docx
07/10/20 10:38 p.m.
16/10/20 07:33 p.m.
22/10/20 12:37 p.m. – 03:05 p.m. – 03:23 p.m.
23/10/20 12:57 p.m.



Fuente Imagen: Google.

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