miércoles, 13 de diciembre de 2023

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Los Edwards


A los lejos resuena y se desplaza un coche de caballos que va rumbo al pueblo de Amelia, ya está pronto a su destino. En su interior transporta a un hombre con sombrero de copa alta que le sonríe a la noche; se muestra entusiasmado en llegar al lugar donde tendrá su anhelada cita. Apoya su brazo a un costado del coche, su mano empuñada sostiene su mentón, y su mirada se pierde en el lejano y oscuro horizonte del siglo XVIII. Iba perdido entre pensamientos cuando, de repente, un haz de luz roza su mano y algo brilla, se da cuenta que lleva puesto su anillo de matrimonio, entonces se apresura a quitárselo y esconderlo. Vuelve a la tranquilidad del viaje y sonríe. Ha llegado al pueblo de Amelia.

El cochero sabe a dónde llevarle, es una zona segura y confidencial. Se detienen frente a una gran casa, el visitante se aproxima rápidamente a la puerta y entra. La luz de las velas ilumina el lugar y su costosa decoración. Ésta es una propiedad de un amigo suyo que le hace el favor de prestársela para ocasiones como ésta. El hombre busca mientras recorre los pasillos, se detiene cuando encuentra a la mujer que lo espera. Él sonríe y se acerca, se desbordan sus ganas y la besa.

—He ansiado tanto este momento.

—Yo también.

Los dos enamorados terminan en la habitación principal, y se dejan llevar por la pasión desenfrenada. Luego se quedan piel a piel entre las sabanas, allí mientras conversan él le dice las cosas que él sabe que ella quiere escuchar; le dice que está enamorado y que no hay otro momento más feliz que estar a su lado. Ella le corresponde y le dice que lo ha extrañado, y que tiene muchas cosas que contarle. Él muestra interés por sus palabras, pero antes de escucharla se levanta a buscar una copa de vino, ella lo sigue y también se levanta. Mira el piso y ve la ropa de él, decide recogerla. Los pantalones los coloca sobre la cómoda, su camisa la encuentra a unos pocos pasos y cuando quiere tomar la chaqueta un pequeño objeto sale del bolsillo y rueda, ella lo persigue y lo toma entre sus manos: es un anillo. Se acerca a la cómoda y deja la chaqueta. El hombre regresa con su copa de vino y se sienta en la cama, le hace señales para que ella también venga a su lado, pero ella lo mira aturdida.

—¿Sucede algo mi amor?—, le dice mientras toma un sorbo de vino.

Ella se acerca al pie de la cama, se inclina y coloca el anillo sobre la sabana.

—¿Estás casado?

Él asiente.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Tú jamás me lo preguntaste...

Él se encoge de hombros y toma un nuevo sorbo. Ella recoge su ropa y comienza a vestirse. Él permanece sin perturbación.

—¡Vamos! No te pongas grave con el asunto. Además, no veo por qué te sorprende que sea casado. Está bien. ¿Sabes qué vamos hacer? Mañana voy a comprarte un gran regalo, estoy seguro que te va gustar mucho.

Ella no dejó de vestirse.

—Oye, ya basta, de verdad vas hacer que me enoje. Está bien, perdona que no te haya dicho que era casado ¿sí? Haré algo para enmendarlo mañana, en serio. Vuelve aquí conmigo, todo este tiempo te anhele mucho y no quiero perder un minuto más por cosas que no valen la pena.

—Me voy—, respondió ella.

—¿Sabes qué? No estoy acostumbrado a andar rogándole a una mujer, si te da la gana de irte pues vete, pero si te vas te advierto que no volveré a buscarte.

—Puedes hacer lo que te dé la gana.

Ella tomó sus últimas cosas mientras él seguía sin perturbación, tomaba su vino como si no pasara nada. Ella abrió la puerta, hizo ademán de salir, pero se detuvo un instante. Volteó para ver al hombre a la cara y lo miró con tristeza, con profunda decepción.

—Esta noche hubiera deseado contarte con alegría lo que deseaba decirte, pero tú... Don Julio Edwards... eres igual a los demás. No vales nada...

Sus palabras se ahogaron, ella tenía un nudo en su garganta que apenas la dejaba decir alguna cosa.

—¡Ja! ¡Calla mujer! Me importa muy poco lo que tengas que decir...

—Voy a tener un hijo tuyo...

Él se quedó callado. Decidió mantener su sonrisa, aunque aquellas palabras lo desconcertaron. Ella cerró la puerta y luego se escucharon sus zapatos que bajaban por las escaleras; por último, sonó la puerta principal cuando salió de la casa. Él se quedó inmóvil en la cama. Su mente de macho comenzó a pensar muchas cosas, incluso se asomó la idea de que, aunque estuviese embarazada, el hijo quizás no sería de él, pero desistió porque un hombre siempre sabe reconocer a una prostituta, y él sabía que ella no lo era. Es más, la conocía tanto que también sabía que cuando ella tomaba una decisión no había forma de hacerla desistir, por eso estaba seguro de que no volvería a verla. Estaba desconcertado, y lo peor de todo es que se había dado cuenta de algo: por muy fuerte que él quisiera parecer, le dolía mucho perderla porque aunque actuara como si esa mujer no tuviera importancia alguna, en verdad él sí la quería. Don Julio Edwards, el hombre que se creyó grande ahora se sentía chico y, por un instante, odió a aquella mujer que lo había dejado ahí solo y desnudo. Su mirada se endureció, apretó la copa en su mano y su rostro se llenó de ira. Entonces, lanzando la copa contra la puerta, gritó:

—¡AMELIA!

Llevó sus manos hasta su cara y la cubrió con ellas. Se humedecieron con algunas gotas, hacía mucho tiempo que él no lloraba por alguien.

—¡MALDITA SEAS!—, gritó. —Maldita sea… te quiero.



Veinte años después...

—Te ves súper linda con ese vestido.

—Gracias mamá—, ella le sonríe.

—¿Sabes? La mamá de Carmen me dijo que irán todos a misa el domingo, sería una buena oportunidad para estrenar este nuevo vestido.

—Carmen es mi mejor amiga, pero no estoy muy segura de que estar tan relacionada a la iglesia sea lo mejor para ella.

—¿Por qué dices eso Eva?

—No quiero ser irrespetuosa con nuestro Padre y mi Señor Jesucristo, pero creo que también se puede ser buena teniendo un matrimonio con un buen hombre, y haciendo las cosas según los Mandamientos. ¿No?

—Eva... ¿Sabes? Yo creo que tienes razón, creo que mientras una mujer y un hombre quieran hacer las cosas bien entonces será tan bien visto por nuestro Señor, como si un hombre o mujer quisiera ser presbítero o monja. Creo que ante los ojos de Dios, todos valemos por igual si de corazón queremos hacer las cosas bien.

—Mamá, ¿crees que Carmen deba ser monja?

—Yo creo que ella debe hacer lo que le dicte su corazón y ojalá no sólo lo que quiera su mamá...

—Siempre fuiste más rebelde ¿no?—, le sonreía.

—Sí, a veces para mi gracia y a veces para mi desgracia. Pero mi madre me ganó en algunas...

—¿Lo dices por mi padre?

—¿Cuál padre? ¿El que sólo biológicamente hizo algo por ti?—, su voz estaba impregnada de resentimiento.

—Mi abuela habría dicho que también me dio su apellido...

—¡Sólo porque se aprovecharon de lo débil que yo estaba! ¡Yo no quería que llevaras su apellido! Y mucho menos que mi mamá le aceptara dinero a ese infeliz...

—Aún lo odias...

—¡Siempre! ¡Siempre lo odiaré! No fue más que un maldito que escondió su anillo desde la primera vez que nos vimos, me escondió que era casado y me enamoró. Terminé accediendo a más de lo que debía y luego me quedé sola con un bebé en el vientre. Claro que mi madre no escatimó en regaños e insultos, fui la deshonra de la familia. Pero, a pesar de todo, tenía un haz de alegría porque te tenía a ti aquí adentro.

—Mami...

—Sí, tu padre te vio recién nacida, y quizás porque le remordió la conciencia te dio su apellido; también dejó algunas monedas que tu abuela usó para comprarte cosas, pero después se fue y no le volviste a importar. En cierta forma me alegra que no se haya aparecido de nuevo, ni siquiera sé porque se apareció esa vez... y tampoco sé por qué estamos hablando de él—, tomó un vestido y siguió cosiendo.

—A veces me dan ganas de conocerlo... De llegar a su puerta y decirle solamente: “Hola, yo soy Eva Edwards”, y otras veces pienso en lo que te hizo sufrir y en que no vale la pena un hombre así...

—Te aseguro que no vale la pena un hombre así. Es más, si yo supiera que te toca encontrarte con un mal hombre en la vida, entonces ahí sí que estoy de acuerdo con que seas monja...

—¡¿Yo monja?! ¡Nooo!—, y se echaron a reír.



Eva era una joven creyente, le gustaba ir a misa los domingos y ayudar a su pueblo, pero su proyecto de futuro era bajo sus propios términos. Habían cosas que tenía muy claras: se alejaría de todo hombre casado, de todo hombre que no profesara su fe y religión, de aquel que se creyera mejor que las mujeres o le gustara hacer sentir a la mujer menos que él. Tenía su lado rebelde que heredó de su madre, y al mismo tiempo era decidida y nada le hacía desistir de sus decisiones cuando las tomaba. No sabía qué había heredado de su padre, no lo conocía aunque sabía que él sí la había visto a ella recién nacida. Aquella historia era rara, hasta donde sabía su madre lo vio por última vez cuando le contó que estaba embarazada, y eso fue justo después de enterarse de que él estaba casado, no sabe mucho más y ni siquiera supo en qué contexto se dio esa historia o dónde estaban, su madre tampoco se lo contó a su abuela así que la única que conoce la historia completa es su mamá y Eva presiente que ella no le va decir nada más. Así es la vida, hay detalles que a uno no le incumben o que ni siquiera se imaginan. De la última presencia de su padre, lo único que sabe es que se presentó cuando se enteró de alguna manera que ella había nacido; la vio en brazos de su abuela, él nunca la tomó entre los suyos, la abuela le habló de las necesidades y él le dio algunas monedas, también le habló del apellido y lo persuadió para que la reconociera como su hija, ahí le dio su apellido aunque la abuela siempre dijo que su última mirada era como de arrepentimiento, quizás se arrepintió de irla a conocer... nadie lo sabe.



Al llegar el día domingo, Eva fue con su vestido nuevo a la misa en la Iglesia de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción en la Plaza de Armas, allí se encontró con su amiga Carmen y familiares quienes se mostraron entusiasmados porque el rumbo de Carmen hacia el Convento era casi un hecho. Eva seguía muy poco convencida de aquello, pero jamás le confesó sus críticas a Carmen, por el contrario le hizo creer que estaba tan emocionada como ella.

Ese día se realizaron actividades especiales como colecta de dinero y comida, también se recibieron donaciones de varios hacendados de la ciudad y de otras ciudades que se habían unido a la ceremonia. Había mucha más gente de la que Eva se había imaginado que asistiría, pero le encantaba ver todo ese espíritu solidario y colaborador de los invitados. Sí, Eva pensaba que la iglesia era algo bueno para la comunidad, era el único sitio donde la gente rica se reunía con gente pobre o donde los ricos parecían preocuparse por alguien más que por ellos mismos. Digamos que en la iglesia, y por algunos minutos, todos los asistentes parecían buenos hermanos, amigos y ciudadanos.

Estar tanto rato de pie hizo que Eva se cansara, por eso buscó un banco donde poder sentarse. Hubiese deseado que su mamá estuviera ahí, así no se sentiría tan sola, pero ella no podía asistir, ni a esa ceremonia ni a ninguna, pues había sido sancionada por el presbítero del pueblo por haber perdido la virginidad antes del matrimonio, por tanto, ya estaba condenada por su pecado. Eva entendía que debía hacer lo necesario para salvar a su madre de las llamas del infierno, y ese siempre fue su objetivo cuando se interesó por la religión. No era que le fascinara ese mundo del poder clerical y el poder divino, simplemente estaba allí porque se sentía responsable de que su madre cargara con la culpa sola, total gracias a ese pecado ella estaba viva. Esto último a ella siempre le causó ruido, porque cada vez que oía al presbítero hablar decía que la vida era un regalo de nuestro Señor, que era una bendición, y ella después se preguntaba: “Si eso es así, ¿Dios bendijo a mi madre, o le dio un regalo, después de pecar? O en mi caso, ¿Dios me bendijo después de que me originó un pecado? Y si todo eso es así, ¿Dios premia el pecado? No lo entiendo...”. Había cosas que para ella no encajaban.

Su madre también era muy creyente, y sabía lo que le esperaba cuando se enteró de que el padre de su hija estaba casado. Sí, tenía muy clarito que había cometido pecado cuando perdió su virginidad antes de casarse, pero con astucia y ayuda del hombre que amaba podría evitar que la gente se enterara de aquello y sólo tendría que hacerle frente a su pecado ante Dios y no ante los hombres (así pensaba que debía ser), es decir, para que todo saliera bien, Amelia creía que casándose con Don Julio en aquella última visita nadie tendría forma de enterarse de que se embarazó antes de ese casamiento, entonces ante los ojos de los hombres comunes y mortales (como el presbítero) no habría situación de pecado, aunque ante Dios sí, porque a él no puedes ocultarle nada, pero ya habría ocasión para conversar con Él y explicarle lo hermoso de sentir eso, ese amor tan profundo y puro, que la llevó a entregarse al hombre que amaba, y siendo su Dios un Dios de Amor estaba segura de que le daría una nueva oportunidad, pues en el fondo ella seguía siendo una buena mujer, muy enamorada sí pero buena al final. Los hombres comunes y mortales (como el presbítero) no saben entender las cosas bellas del amor, creía Amelia, por eso con ellos no se puede conversar de algo que escapa del entendimiento humano, sobre todo del entendimiento de esos humanos a los que hacía referencia. Sin embargo, en vez de encontrar el apoyo del hombre que amaba, y por el cual había pecado, se encontró con que estaba casado y se sintió muy sola, sabía (y así pasó) que al salir de aquella casa comenzaría su infierno terrenal. Comenzó por contarle a su madre la verdad y ésta la castigó de una forma terrible, y sí ella sabía lo que le esperaba pero estaba tan sola que recibir un castigo de su madre era el menor de sus problemas. Su padre la miró en menos, estaba decepcionado y veía en ella a una “mujer sucia”; la virgen que quería entregar a un gran hacendado como esposa se había ido, y con ella los planes que llevaría a cabo con el dinero que el hacendado le daría por “guardarle tan preciado tesoro”, ahora Amelia ya no tenía “el mismo valor de antes”; “Es una mercancía estropeada” le había dicho un hermano suyo. Julio Edwards, por su parte, jamás imaginó y jamás supo en qué condiciones había dejado a la mujer que decía querer, y Amelia tampoco supo qué fue de la vida de Don Julio entre la última vez que lo vio y el nacimiento de su hija; hoy en día, Amelia desconoce toda información sobre Don Julio, ya son más de veinte años sin saber absolutamente nada del hombre que ella más había amado en la vida, el único que había amado, y por el cual perdió su puesto en el cielo y se ganó uno en el infierno, en verdad se ganó un puesto en los dos infiernos que existen en la vida.



Eva no dejaba de pensar en su mamá, le encantaba la idea de verla allí en medio de “los hijos de Dios”, de esos que tienen un puesto asegurado junto al Padre y el Señor Jesucristo. Eva quería ver a Amelia entre los asistentes a la misa, sí, allí rodeada del amor que no discrimina, del amor bello que sonríe a todos sus iguales, pero que se aleja de aquellos que no entienden el plan real del verdadero Dios único del universo, que nos ve como sus hijos hermosos, pero que por nuestro bien debe castigarnos para que aprendamos a distinguir de lo que es la verdadera espiritualidad de eso otro que sólo es el espejismo de su nombre, de esa ilusión que el resto de las religiones quieren crear, de esas sectas de mala muerte que no entienden que la verdadera y única religión salvadora es la nuestra. Pero llegará el momento en que se enfrenten al Padre, y vean que erraron en su camino y que sus nombres jamás estuvieron en el libro de la salvación, entonces vendrá el castigo que se merecen y nosotros, los elegidos, nos salvaremos pero también estaremos llenos de tristeza porque quisimos salvarlos a ellos, a todos esos condenados que el diablo se llevará con él... ¡no quisieron escucharnos! ¡Ilusos! Rezamos por ellos todo el tiempo, ojalá que eso sirva para suavizar un poco el castigo que se han ganado o se están ganando. Pero Amelia, ¡oh! ¡Pobre Amelia! Engañada por un mal hombre, engañada por el diablo, perdió su santa virginidad y ahora su rostro está tan manchado que no podrá ver el rostro iluminado de nuestro Señor, por eso su hija reza incansablemente. Eva vive angustiada por la situación de su mamá, por eso ha pedido la ayuda de su amiga Carmen y ésta prometió ayudarla, sobre todo que ahora estará más cerca de nuestro Señor porque se convertirá en su esposa, en santa, y cuando se haga llamar Hermana Carmen podrá interceder por el alma de Amelia, aunque Amelia desconozca por completo este plan.

Y allí estaba Eva sentada en medio de los justos, entre esos que la iglesia quiere y a quienes les ha garantizado su lugar en el paraíso (comprado después de hacer tantos donativos, obvio). Y bueno, Eva estaba allí acalorada, no le ayudaba mucho llevar puesto ese vestido largo que apenas dejaba desnudas sus manos y rostro. Sin embargo, estaba contenta y eso le hacía sonreír.

Pero toda esta reflexión se vio interrumpida bruscamente...

—¿Puedo sentarme?—, escuchó una voz masculina desconocida.

Ella asintió, pero miró hacia otro lado mientras abría el abanico que llevaba consigo y comenzó a moverlo para generar brisa fresca.

—Hace mucho calor acá...

Esto le incomodó un poco, este hombre era un total desconocido y no tenía por qué andar sacándole conversación a una chica tan decente como ella.

—Sí, hace bastante calor esta tarde caballero—, respondió sin ánimos de seguir la plática.

El hombre hizo ademán de comentar algo más, entonces ella mirando hacia otro lado todavía movió sus ojos en señal de fastidio, se preguntaba si este caballero se iría pronto.

—¿Usted es de esta ciudad?

Ella, ya molesta por la insistencia y atrevimiento de este desconocido, se volteó hacia él para responder por última vez, pretendía levantarse e irse a otro lugar.

—¡Sí!—, le respondió bruscamente y con cara de molestia.

El joven, bien vestido y con aires de caballero de alta sociedad, se sorprendió por la brusquedad de la respuesta.

—Discúlpeme señorita, no ha sido mi intención incomodarla. No le molesto con más preguntas.

Eva después de mirarlo a los ojos, y ver su reacción tan caballerosa, se arrepintió de lo que había hecho, creyó entonces que había exagerado y se sentía avergonzada.

—Caballero, disculpe si mi respuesta ha sido brusca, no ha sido mi intención.

Intentó disculparse. Después de mirarlo bien el joven parecía una buena persona, además le resultó lindo.

Él mostró intención de levantarse del asiento, y ella con el gesto de sus manos le pidió que no lo hiciera. Él comprendió y se quedó sentado.

—Me presento—, continúo él sus palabras. —Mi nombre es Sebastián y vengo de la ciudad de Castilla.

—Yo soy Eva.

Por supuesto la amabilidad regresó a su tono de voz, eso pasa cuando le hablas a un chico lindo.

—Me alegra conocer a una persona con una sonrisa tan hermosa como la suya.

Esto hizo sonrojar a Eva. Si él hablaba de su sonrisa es porque había estado mirándola, y ella nunca se dio cuenta de aquello.

—¿Vino a participar en las actividades de la iglesia?—, ella intentó cambiar la conversación.

—Sí, en cierta manera se puede decir eso. Mi padre me pidió traer unas donaciones, la idea es continuar con las iniciativas de mi madre pues era ella quien hacía estos viajes.

—¿Ya no los hace?

—No, mi madre falleció hace algunos meses. Era una buena mujer, la mejor de todas—, respondió con tristeza.

—Sí, cada madre siempre es la mejor de todas. Lamento mucho su pérdida.

—No me trate de usted, por favor. Dígame Sebastián...
 
Ella asintió.

—Sebastián, ¿su padre también venía a la ciudad con su madre?

—No estoy seguro, pero creo que no, creo que mi padre nunca ha estado en esta ciudad.

—Es una lástima, debería venir algún día a conocer nuestra Plaza de Armas, es la plaza más hermosa de todo el país—, decía llena de ese orgullo local que te hace decir, y pensar, que todo lo de ahí es siempre lo mejor.

Sebastián se echó a reír. Eva se extrañó.

—¿Qué ha resultado tan chistoso?

—¿La plaza más hermosa de todo el país?

—¡Por supuesto!—, contestó con aires de obviedad, arrogancia y seguridad.

—¿Qué te hace pensar eso? ¿Acaso no has visto la Plaza de Armas de la capital? ¡Todo lo mejor siempre está en las capitales! Los pequeños pueblos siempre son olvidados por nuestros gobernantes. No te preocupes, pasa en todos lados pues es lo mismo que vi en otros países.

—¿Otros países? ¡Oh! Yo no sé nada de otros países, nunca he ido muy lejos la verdad. Y no creo que la plaza de la capital sea mejor que ésta...

—¿Y por qué no lo puedes creer?

—Porque nuestro alcalde siempre nos ha dicho que somos el mejor pueblo, que tenemos la más bella plaza, que somos los más trabajadores, los más solidarios, que nuestras niñas son ángeles caídos del cielo, que nuestras tradiciones son imitadas por otros, en fin... ¡Que el pueblo de Nuestra Señora de Lourdes es un pedacito de cielo en la tierra!—, Eva se sentía muy orgullosa.

—¿Me estás hablando en serio?

—Claro...—. Eva estaba desconcertada.

—Pero si es lo que repiten todos los políticos... ¿Cómo puedes creerlo?

—Este es mi pueblo, yo lo llevo en mi corazón, ¿cómo no quererlo?

—No digo que no lo debas querer, lo que critico es que creas ciegamente en que tu pueblo es el mejor, ¿qué te hace creer que son mejores que el resto? ¿Qué te hace creer que justamente lo que te han dicho es la verdad absoluta?
 
Eva quedó sin palabras, no entendía lo que él le estaba diciendo ni por qué le decía eso.

—Gracias por compartir su tiempo conmigo, ya debo irme—, le dijo él.

—Sí... —, contestó ella aún confundida por lo que acababa de pasar.

—Quizás me quede acá algunos días, me gustaría confirmar todas esas cosas buenas que dijo de su pueblo. Tal vez podamos encontrarnos para conversar, puedo contarle cómo son algunos sitios lejanos que he conocido en mis viajes.

—Claro, sería interesante. Siempre es bueno conocer, aunque sea en palabras, esos sitios que uno no podrá conocer jamás en persona.

—¡Oh! Pero no sea tan pesimista señorita, la vida da muchas vueltas y nadie sabe qué nos depara el mañana. Que tenga una bonita tarde—, se despidió colocándose un sombrero de copa alta que llevaba entre sus manos y se fue.



Eva quedó muy desconcertada, no sabía qué pensar de ese joven que acababa de conocer. Por un lado no se podía negar que era lindo, pero por otro era... era, ¿cómo decirlo? ¿Grosero tal vez? Era difícil definirlo. A ella le había caído muy mal su actitud hacia el pueblo que tanto quería, el pueblo de Nuestra Señora de Lourdes para Eva era el mejor del mundo, aunque ella no conociera el mundo. ¡Un momento! ¿Cómo estaba segura de que era el más lindo si no conocía ningún otro? ¡Ay no! Parece que ese chico tenía algo de razón, aunque Eva decidió pensar que no, que no podía dejar que un forastero le hiciera cambiar de parecer, pero ¿y si era cierto? ¿Si de verdad el alcalde mentía y habían otros lugares lindos? ¿Por qué él nos mentiría? ¿Para hacernos sentir más importantes? ¿Para ganar él algo? No, no puede ser, las cosas no pueden ser como dice ese forastero, si es justamente un forastero que no conoce nada... ¡Aja! Seguro está diciendo que el pueblo no es lindo, porque piensa que el suyo es el lindo. ¡Debe ser por eso! ¿Debe ser por eso? ¡Ay no! ¡Qué confusión! ¡Pobre Eva! No entiende nada de lo que ha pasado, aunque es cierto que nunca antes alguien le había hablado de esa manera.

«¿Y si es cierto? ¿Y si todo lo mejor no está aquí necesariamente? ¿Y si los políticos siempre dicen lo mismo? ¿Y si nos inventamos cosas para sentirnos mejor? ¡Pero no puede ser! El otro día vino una señora a traer donaciones a la iglesia, y ella confirmó que teníamos una linda plaza... aunque, aunque... quizás lo dijo por salir del paso, y quizás pensó que éramos unos creídos o que, en verdad, la plaza más linda la tenía su pueblo de origen... ¡Ay no! ¡Ese joven me dejó toda confundida!». Reflexionada Eva allí sentada.



—¡Oye! ¿Dónde andas?—. Se escuchó una voz femenina.

—¿Cómo?

—¡Eva! Estás como perdida, ¿en qué piensas?

—¡Ay Carmen! Pensaba en muchas cosas...

—Me imagino... ¿Sabes? Quiero hacer una novena de oraciones, lecturas y letanías dirigido a los santos para guíen a nuestro pueblo—. Le contaba entusiasmada. — ¿Quieres unirte?

—Ehm... este...

Eva apoyaba a Carmen en lo que ella quisiera hacer con su vida, pero no le gustaba que la empujara hacer cosas que no le interesaban.

—Entonces, ¿te animas?

Eva incapaz de negarse, no pudo hacer más que responder resignadamente.

— Claro, será algo lindo participar en la novena...

—Yo sabía que participarías, eres una buena oveja en nuestro rebaño.

Eva le sonrió.



Al siguiente día Eva dio un paseo para disfrutar de la naturaleza. Llevaba su sombrilla, y un vestido largo que le había hecho su mamá. Se entretenía con cosas muy simples, y cuando nadie lo notaba le hablaba a los árboles y a las flores. De repente, se empezaron a escuchar cascos de caballos que se acercaban, el jinete se detuvo a algunos metros y bajó del animal; lo amarró a una cerca de madera que bordeaba la carretera de tierra, y se acercó hasta donde estaba ella.

—Es un bonito día, ¿no le parece señorita?

—Caballero, de nuevo nos encontramos. ¿Está de paseo?

—Dígame Sebastián—, le sonrió. —Sí, quise dar un pequeño paseo. Comienzo a concordar con usted: tienen un pueblo muy bonito…

—¿Pero…?

—¡Oh no! ¡No hay ningún pero!

Ella se sonrió muy orgullosa.

—Sólo hay una cosa más bonita que el pueblo…

—¿Y qué es?—, le dijo con incredulidad. Era obvio que no existía ningún lugar más bonito.

Él se sonrió.

—Usted.

Ella se sorprendió con la respuesta y se sonrojó. No estaba acostumbrada a que alguien le dijera esas cosas. Era un gran atrevimiento, pero igual se sentía muy bien al ser admirada de esa forma. Además, recibir palabras tan lindas de un chico tan guapo… bueno, no era un pecado (creía ella). Sacó su abanico y empezó a moverlo. Él se acercó un poco más y empezó a conversar sobre cualquier cosa trivial, y así estuvieron mucho rato. Él la hacía reír, pensaba que ella se veía muy linda cuando tenía una sonrisa en sus labios. Sus labios… eran muy lindos también. Él creía que nunca antes se había encontrado a alguien como ella, y eso que él había viajado mucho y había conocido muchas personas. Pero esa chica, esa pueblerina, tenía algo muy especial. Además, parecía tan ingenua, y eso le gustaba.

Ese fue el inicio de una amistad entre ellos, y la razón por la cual él comenzó a viajar más seguido al pueblo de Eva. Había una química especial entre ambos, y se gustaban mucho. Él, como todo un caballero, se presentó en casa de Eva para conocer a su mamá.

—Buenas noches—, dijo sacándose el sombrero. —Mi nombre es Sebastián, y estoy a su completa disposición.

La mamá de Eva quedó impresionada. Si bien se alegraba de que su hija conociera a alguien tan educado, le hacía mucho ruido que él pareciera una persona de dinero. Por alguna extraña razón, cuando una chica de bien y pobre (como su hija) conocía a un hombre adinerado era como si el demonio quisiera hacerla pecar, porque el hombre podría ofrecerle reinos y villas para obtener de ella su inocencia, y luego la ya no tan inocente queda tirada a su suerte.

—Buenas noches joven, mi nombre es Amelia y soy la mamá de Eva. Usted no es del pueblo ¿o sí?

—No, mi señora. Provengo de la ciudad de Castilla.

—¿Y qué le ha hecho venir a Nuestra Señora de Lourdes?

—En verdad conocí el pueblo hace poco tiempo atrás, cuando traje unas donaciones a la iglesia…

«Entonces sí es rico». Pensó y se quedó seria mientras escuchaba al joven.

—Y ese día conocí a su hija.

—¿Es decir usted viene al pueblo interesado en mi hija?

—¡Mamá!—, exclamó Eva abriendo grande sus ojos. Se sintió avergonzada, pero su mamá no la miró.

—Dígame, joven Sebastián, ¿qué pretende con mi hija?

Eva bajó su mirada. «¡Trágame tierra!». Se sintió tan arrepentida de haberlo llevado a casa. Jamás se había esperado este entrometimiento tan grande de su mamá.

—Ehm…—, vaciló él. —Eva y yo somos amigos…

—Con que amigos ¿eh?

—La verdad no sé qué más decir…

—Eso me imaginé. No quiera venir a ilusionar a mi hija, le agradezco. Váyase por donde vino, y no le haga daño porque ella no se lo merece.

Sebastián abrió grande sus ojos.

—Señora, yo sería incapaz…

—Entonces le agradezco que no la vuelva a buscar. Buenas noches, joven.

Le cerró la puerta en la cara. Eva estaba indignada. Iba a salir a disculparse, pero su mamá se lo impidió.

—¿Cómo has podido ser tan grosera? ¡Tú no eres así, mamá! Él es una persona educada…

—Y con dinero… ¿ya te habló de sus viajes? ¿Ya te ofreció que fueras con él? ¿Ya te ofreció comprarte un vestido nuevo?

—¿De qué estás hablando? ¡Por Dios!

—Intento protegerte.

—¿Y cómo me proteges poniéndome en vergüenza?

—Eva…

—¿Qué me vas a decir? ¿Que así son los hombres ricos? ¿Que me va embarazar y a dejar?

—Tú no conoces cómo son las personas, y el mundo.

—¿Y tú sí, mamá? ¿Me quieres explicar cómo es que sabes tanto si has estado encerrada en este lugar siempre? Creíste en un hombre, te engañó y eso definió el resto de tu vida. Ahora, ¿quieres hacerme creer que me va pasar lo mismo? Sebastián es sólo un amigo, ¡el único que he tenido en la vida! Me he portado bien para que tú y Dios se sientan orgullosos de mí, pero conozco a alguien y me juzgas a mí y a él sin siquiera conocerlo. Eres injusta…

Eva se quedó callada. No importa qué tan equivocada estuviera su mamá, ella seguía siendo su mamá y le debía respeto. Decidió dar media vuelta e irse a su habitación.

En los siguientes días, ninguna hizo un comentario de lo que pasó esa noche. Eva no volvió a mencionar a Sebastián, pero Amelia sabía que su silencio no significaba que lo hubiese dejado de ver.

Es muy raro, y difícil de explicar, pero las madres tienen un poder sobrenatural que nadie más tiene cuando se trata de sus hijos. Es como si se adelantaran, es como si intuyeran o supieran de antemano lo que van hacer o lo que están haciendo. Amelia sabía que Eva había dejado de contarle cosas, y que era casi seguro que los jóvenes estuvieran viéndose a escondidas aunque sólo fueran amigos. Así que debía saber qué estaba pasando, o al menos necesitaba saber más sobre ese joven, y recordó que él le habló de unas donaciones a la iglesia.

—Ya sé quién puede ayudarme…—, se quitó su delantal y salió.

Después de su pecado, Amelia fue casi desterrada por el presbítero, pero aún conservaba contactos en la alta cúpula de la iglesia local, lo que se traduce en que conoce a la secretaria que lleva el registro de todo y que también es su comadre.

Tocó la puerta y una mujer muy amigable la abrió.

—¡Comadre! Qué alegría verte. Pasa, pasa.

—Gracias, comadre. Vine porque necesito pedirle un favor.

—¡Ay comadre! Con tal que no sea dinero porque de verdad no tengo.

—No, comadre. Necesito información.

La mujer quedó desconcertada.

—Es que un muchacho nuevo llegó al pueblo, y usted sabe que yo tengo una hija y tengo que velar por ella. Protegerla como Dios manda.

—¿Y qué puedo hacer yo comadre?—, se encogió de hombros.

—El muchacho hizo una donación a la iglesia en la colecta general más reciente…

—¡Ah sí! Sí me acuerdo de esa colecta.

—Se lleva registro de eso ¿cierto?

La mujer dudó por un instante.

—¿Qué es exactamente lo que quieres?

—Su nombre, o a nombre de quién hizo esa donación.

La mujer volvió a dudar. Esa era información confidencial, y no podía dársela. Amelia sabía que la había puesto en una situación incómoda.

—Comadre, usted sabe que yo no le pido favores a menos que sea muy necesario. Sé que es información privada, pero también sé que usted lleva el registro de todo y que usted y sólo usted puede ayudarme. Por favor.

—Ehm…—, la mujer vacilaba. —Está bien, pero que nadie se entere de esto.

Amelia asintió.

La mujer se fue a otra habitación mientras Amelia esperaba en la sala. Después de algunos minutos volvió con una lista.

—¿Sabes el nombre del muchacho?

—Sólo sé que se llama Sebastián, y que viene de la ciudad de Castilla.

La mujer revisó la lista.

—Hay tres nombres que coinciden con Sebastián—, dijo la mujer. —Pero éste no es porque es el hijo del bodeguero Miguel, y éste otro tampoco porque vive acá. Entonces debe ser éste…

—¿Y cuál es el apellido?

—Aquí dice que es una donación que hace en nombre de sus padres, que viven en Castilla y que es un acto habitual de la familia, que quien lo hacía normalmente era su difunta madre Doña Leonora Arana, y él se presenta en su nombre…

Amelia se impacienta.

—Sebastián… Sebastián Edwards es su nombre.

Amelia abrió los ojos muy grandes.

—¿Cómo… cómo se llama el padre?—, dijo muy lenta pero enfáticamente.

—Julio… Don Julio Edwards.

«No puede ser». Amelia se quedó inmóvil.



Eva y Sebastián quedaron en encontrarse en algún lugar del campo, lejos de cualquier persona que pudiera verlos. Él amarró su caballo y ambos caminaron sobre el pasto. Comentan cosas sin mucha importancia, y se ríen juntos. Ella se veía hermosa, y él a veces se ponía nervioso cuando ella lo miraba. Caminaron hasta el río y se sentaron sobre piedras.

—¿Sabes? Nunca antes me había sentido tan tranquilo como estoy ahora. Me siento en paz, y creo que es gracias a ti. Por eso te agradezco mucho, tu presencia me hace bien.

Ella le sonríe, se sonroja un poco y voltea a mirar a otro lugar.

—Eva—, él prosigue. —Eres una chica muy especial para mí, y quiero que lo sepas.

Ella regresa su mirada hacia donde está él. Él le sonríe, y voltea a mirar hacia el río. Permanecen callados unos instantes, y ella decide poner su mano sobre la de él. Él se sorprende, aquel era un minuto de mucha intimidad. Los dos estaban nerviosos, pero sabían que sentían lo mismo el uno por el otro.

Se miraron con ilusión y con amor. Él rozó con su mano la mejilla de ella; ella se quedó muy quieta sintiendo el calor de la mano de él. Él se acercó y rozó sus labios con los de ella. Ella se sorprendió ante lo que estaba ocurriendo, y se puso nerviosa. Él volvió acercar sus labios, y ella le correspondió. Ahí empezó todo: su amor incondicional, y su deseo carnal.



Atardecía y Eva no llegaba a casa aún. Amelia caminaba de extremo a extremo en la sala. Juntaba sus manos, y miraba hacia arriba como pidiendo al cielo quién sabe qué cosa. Pasaban los minutos y cayó la noche. Se sentó en la silla junto a la ventana, hacia afuera no se veía nada excepto la luna plateada. Sonó la puerta y se abrió. Amelia se apresuró a acercarse.

—¡Por fin llegas!

—¿Qué pasa, mamá? ¿Qué ocurre?—, respondió sorprendida su hija.

—¡¿Dónde estuviste?!

—Estuve un rato en el campo y en el río—, dijo mientras caminaba y evadía la mirada de su madre.

—¿Estuviste sola?—, preguntó mientras caminaba detrás de su hija. —¡Respóndeme! ¿Fuiste sola?

Eva pudo haber dicho que sí, que sí había ido sola pues total nadie podría desmentirla, pero sólo se quedó callada.

—¿Fuiste con Sebastián?—, repitió su madre.

Ella la miró. ¿Acaso había llegado la hora de mentirle para evitarse un problema? Toda su vida había sido franca y sincera con Amelia, pero ahora ya no sabía si decir la verdad era peor que decir una mentira. ¿Y si le decía que había ido con Carmen? Bueno ésa era una mala opción, pues Carmen iba a ser monja y no podría mentir a su favor. ¿Por qué no le decía: “Sí, fui sola” y se acababa el problema? Pero, ¿por qué no podía decir: “Sí, fui con Sebastián”? Él era un buen chico, todo un caballero. ¿Por qué su mamá le tenía mala? ¿Por qué si ni siquiera lo conocía? ¿Por qué había sido incapaz de darle una oportunidad para demostrar quién era él?

Amelia se impacientaba.

—¿No me vas a responder?

—Sí, mamá… fui al río con Sebastián. Estuvimos toda la tarde juntos.

Amelia sintió que se le venía el mundo encima.

—No quiero mentirte, no tengo por qué. Yo lo quiero, ¿entiendes eso, mamá? Yo lo quiero, y te pido por favor le des una oportunidad para conocerlo porque él…

—¡NO PUEDES VERLO MÁS! ¿ME ENTENDISTE?

—Mamá…

—No te lo estoy sugiriendo, Eva. Te lo estoy ordenando.

Eva la miró muy seria. Calló unos instantes y luego le dijo:

—Eso no va pasar, mamá. Yo lo amo, y si me tengo que ir de la casa pues lo haré.

—¿Qué dices?—. Amelia no podía creerlo. Su hija la estaba desafiando.

—Te amo, mamá. Pero ésta es mi vida, y él me ama como yo a él.

Eva se disponía a irse a su habitación y dio algunos pasos, entonces su madre habló:

—¿Conoces su apellido?

Eva se detuvo, dio un respiro profundo y se volteó.

—¿Qué tiene su apellido, mamá?—, dijo sin muchas ganas de seguir hablando.

—Su nombre es Sebastián Edwards, y es hijo de Don Julio Edwards…

Eva abrió muy grande sus ojos y miró a su madre.

—Eva… él es tu hermano. Sebastián, es tu hermano.



No llovía fuera de la casa, pero ésa era la noche más tormentosa que Eva pudiera recordar. Caminaba de extremo a extremo en su habitación. Se detenía por instantes y miraba la cruz en su pared, luego volvía a caminar. Miraba hacia arriba con mucho dolor, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—¿Por qué?—, de repente dijo y miró de nuevo la cruz en su pared. —¿Por qué permitiste esto?

Se sentía como la mujer más pecadora del mundo, incluso más que su propia madre. ¿Cuántas veces le pidió a Carmen ayuda para salvar el alma de su mamá? Y ahora era ella quien necesitaba limpiar su alma. No había duda, iría directo al peor de los infiernos.

Se sentó en su cama, cubrió su cara con sus manos y lloró como nunca. Su madre escuchaba sus sollozos desde el otro lado de la puerta, no sabía qué hacer para ayudar a su hija. Sintió mucha rabia, se dio media vuelta y se fue a su habitación. Caminó también de extremo a extremo.

—¡MALDITA SEAS JULIO EDWARDS!—, expresó con odio en su mirada y su voz. —Me desgraciaste la vida y la de mi hija… espero verte en el infierno—, prosiguió.



Como cada día de encuentro, en medio del campo solitario, Sebastián llegó hasta donde estaba Eva. Se veía muy contento y sonriente.

—¡Mi amor!

Intentó saludarla con un beso en los labios. Ella volteó su cara, y se alejó unos pasos de él. Sebastián quedó desconcertado.

—¿Qué ocurre?

Ella se mantuvo en silencio, aunque no lo miraba a los ojos.

—Eva…

Ella intentaba decir algo, pero no le salían las palabras. Él se puso serio.

—¿Qué pasa?—, repitió.

A ella se le aguaron los ojos, y aunque le costó mucho subió su mirada y le preguntó:

—Tu padre… ¿cómo se llama tu padre?

Él no entendía nada.

—¿Qué?

—¿Cómo se llama tu padre?—, repitió.

—Julio… Julio. Pero, ¿qué tiene que ver?

—¿Edwards?

—Sí, Julio Edwards. Pero, ¿por qué? No me digas que intentó contactarte para separarnos, ¿fue eso?—, le preguntó. —Pero, no entiendo, él no sabe de nosotros.

Ella le mostró un viejo papel y le dijo:

—Tengo este papel desde que era una niña—, se lo pasó.

Sebastián no entendía nada.

—Léelo.

—Pero, ¿qué quieres que lea?

—Ése es mi registro de nacimiento. Lee las líneas subrayadas.

Él no entendía nada, pero buscó las benditas líneas.

—Bien, aquí dice: el registro principal del poblado de Nuestra Señora de Lourdes hace constar que Doña Ana Santa María, en representación de su hija Amelia Santa María, presenta ante la autoridad a una niña reconociéndola como su nieta, siendo ambas avecindadas en este poblado. Asimismo, se indica que el padre de la menor está avecindado en la ciudad de Castilla, y se presenta en este despacho reconociendo a la menor como su hija legítima. Por ello, se hace constar que la menor lleva por nombre Eva Edwards, hija de Doña Amelia Santa María y Don Julio…— él sube su mirada con ojos muy grandes —… Edwards.

Los dos se miran y se quedan en silencio un instante.

—E… e… esto significa que…

—Eres mi hermano.

—No puede ser, esto debe ser una coincidencia en los nombres—, intentó explicar. —Es que… no, no, esto no puede ser.

Caminó de un lado para el otro. Se quedó mirándola un instante.

—Debe haber una explicación. Tiene que haberla. Sé que esto es un error—, dice señalando el viejo papel. 

De repente, se dio media vuelta y salió corriendo. Se subió a su caballo y partió perdiéndose en el horizonte.



A muchos kilómetros de allí, en la ciudad de Castilla, un hombre toma una copa de vino en la tranquilidad de su jardín. Pero un golpe fuerte en la puerta principal le arrebata la paz en la que estaba inmerso. Se levanta bruscamente de su asiento.

—¡PAPÁ!

—¡¿Qué pasa?!

El hijo lo miraba con rabia.

—¿Tuviste una hija con otra mujer?

Abrió sus ojos muy sorprendido.

—¿Cómo sabes eso?

—¿Entonces es verdad? ¿Cómo se llama?

—Tu hermana se llama Eva…

Sebastián sintió un puñal en el pecho.

—¿Es hija…? ¿Es hija de Amelia Santa María?

—¿Cómo sabes de Amelia?

El cielo se le vino encima.

—¿Qué está pasando?

—¡¿Qué está pasando?! Que por tu maldito egoísmo, por no reconocer tus errores y hacerte cargo de tu hija, nosotros jamás supimos que había alguien con tu sangre en ese pueblo. Y hoy estoy absolutamente seguro de que tú y yo iremos al infierno.

—No te entiendo.

—¡Me enamoré de Eva!

—¡¿Qué dices?! Pero, ¿cómo se te ocurrió ir a meterte a ese pueblo? Bueno, simplemente deja de verla, con el tiempo te va olvidar y ya.

—¿Es en serio?

—No ha pasado nada, entonces no tenemos por qué hacernos problemas… ¿o sí?

—¿Qué crees que pasa cuando un hombre y una mujer se aman?

El padre lo miró fijamente, y luego volteó a mirar otra cosa. Calló y se sentó en la silla.



Al siguiente día, Eva había ido con su madre a comprar frutas a la feria. Ya iban de regreso a casa cuando en medio del campo apareció un caballo y su jinete. Éste se detuvo a lo lejos, y entonces se escuchó una voz masculina:

—¡EVA!

Ella abrió grande sus ojos.

—No vayas…—, le pidió su mamá.

Pero ella desoyó su petición y corrió para acercarse. Se detuvo a pocos metros de él.

—¿Qué haces aquí?

—¿Crees que porque sepa que eres mi hermana voy a dejar de amarte?

—Ambos tendremos que hacer un esfuerzo…

—Ningún esfuerzo borrará lo que pasa entre tú y yo.

Eva calló.

—No hay forma de echar el tiempo atrás, pero creo que es muy injusto lo que está pasando.

—Debemos alejarnos…

—No, no quiero aceptar eso.

—Tendremos que hacerlo. Ojalá podamos encontrar el perdón de Dios.

—Pero si igual ya estamos condenados, ¿por qué al menos no intentamos vivir lo nuestro en este mundo terrenal?

—¿Qué estás diciendo?

—Ven conmigo, Eva. Vámonos lejos, a un lugar donde nadie nos pueda señalar con el dedo. Donde nadie sepa quiénes somos. Conozco gente, podemos cambiar nuestros apellidos.

—Puedes engañar a los mortales, pero jamás engañarás a Dios.

—No intento engañar a Dios, sólo espero que tenga piedad de nosotros.

Él extendió su brazo hacia ella.

—Vámonos lejos… mi amor.

Eva quedó paralizada.

Desde lejos miraba Amelia, era fácil saber cuál era la propuesta de Sebastián. De lo que ella no estaba segura era de cuál sería la decisión de su hija. Tuvo miedo, tapó su boca con la mano mientras sus ojos se aguaban.

Eva miró a Sebastián, y luego miró hacia atrás a donde estaba su madre. Y fue entonces cuando Amelia lo supo, Eva estaba a punto de tomar la decisión más difícil de la vida. Se miraron entre ellas, y Amelia decidió soltarla como el acto más grande de amor que una madre podría hacer. Movió su cabeza para confirmar que estaba de acuerdo, y a Eva se le llenaron los ojos de lágrimas. Volteó a mirar a Sebastián, y se aferró a su mano. De un salto Eva se subió al caballo, y el animal empezó a correr hacia el horizonte.

Amelia cayó de rodillas dejando caer la cesta de frutas. Se llevó las manos a la cara y lloró como no lo había hecho en años.



—Amelia, hija. Despierta.

Sentía un calor terrible en el cuerpo. Un paño húmedo cubría su frente. Estaba acostada y desorientada. La figura de una mujer comenzaba a desvelarse ante sus ojos.

—¿Mamá?

—Sí, mi niña. Aquí estoy contigo. He estado contigo todo el tiempo.

Aquello parecía una alucinación, pues su madre había fallecido hacía varios años. Se esforzó por ver mejor la cara de aquella mujer, y grande fue su sorpresa al confirmar que era su madre.

—No me siento bien.

—Lo sé, mi niña. Llevas dos días con fiebre muy alta. Vino el médico del pueblo, y me pidió que rezara por un milagro. Dios no ha querido llevarte con Él todavía.

«¿Dios no ha querido llevarme? Pero, ¿qué está pasando?». Pensaba.

Amelia no sabía si lo que estaba viendo era real, o si era ella la que había muerto de dolor ante la despedida de Eva, ¿quizás por eso se había vuelto a encontrar con su madre? Permaneció en silencio mientras la mujer le daba de comer una sopa caliente.

De repente, dio un saltó de susto al escuchar una voz masculina que gritaba:

—¡¿Y es que sólo ella come en esta casa?!

Miró hacia la puerta y abrió grande sus ojos. Era su padre.

—¡Has estado dos días de floja en esa cama! Ya mañana te levantas y ayudas con el huerto, porque si no entonces ajustaremos cuentas tú y yo.

Amelia estaba viviendo el episodio más loco de su vida: ¡estaba viendo a sus padres muertos! Pero además de eso, su padre le estaba dirigiendo la palabra, eso no pasaba desde que ella había quedado embarazada.

Y fue cuando apareció su hermano, que era como ver exactamente al ogro de su padre.

—¡Tenemos hambre, mujer!

Siempre odió que su hermano no se refiriera con respeto a su progenitora. Los dos hombres eran un caso perdido: mandones, borrachos y peleadores.

—Sí, sí. Ya les voy a servir. Espérenme en la mesa.

Los hombres se retiraron. Puso la taza de sopa sobre la mesita.

—Hija, te dejo aquí la taza. Si puedes, come otro poco. Volveré en un rato cuando tu papá y hermano se vayan a dormir. No te esfuerces tanto. Es un milagro que sigas viva.

Le dio un beso en la frente, y Amelia sintió tanto amor que se puso a llorar. Su mamá le secó las lágrimas, y acarició sus cabellos.

—Doy gracias a Dios por la segunda oportunidad que nos ha dado.

Le sonrió y salió de la habitación.

«¿La segunda oportunidad que nos ha dado?». Amelia se quedó pensando en esas palabras.

Un rato más tarde intentó levantarse de la cama, pero sólo logró sentarse.

—¿En qué momento voy a despertar de este sueño?—, se dijo en voz baja. —Aunque es tan real todo lo que veo, y todo lo que siento.

Volvió hacer otro intento y logró ponerse de pie. Caminó un poco hasta la ventana, allí logró ver la luna y su luz que alumbraba el huerto familiar. Ella sonrió.

—Es así como lo recuerdo…

Miró hacia un lado y vio un hermoso vestido, probablemente hecho por su mamá.

—Era una sorpresa—, escuchó la voz de la mujer cuando regresó a la habitación.

Caminó hasta donde estaba Amelia, y tomó el vestido para que lo pudiera ver mejor.

Amelia había aprendido de su madre el oficio de costurera, eso le había permitido no morirse de hambre porque su padre dejó de ayudarla cuando se convirtió en una “mercancía estropeada” pues él tenía planes para venderla al mejor postor. Su madre fue siempre su única familia, y aunque bastante la regañó por muchas cosas, en el fondo Amelia sabía que tenía razón en hacerlo.

—Te hice este vestido para que puedas ir al Gran Festival del Pueblo y la Ciudad. El alcalde dijo que se harán ventas, bailes y colectas, así que creo que vendrá mucha gente. Iré a mostrar mis vestidos, quizás a alguna señora de ciudad le guste y me compre la mercancía. ¿Qué te parece?

—Estoy segura que te comprarán todo, mamá.

Su mamá la abrazó.

—Debes descansar.

—Mamá, ¿cuándo será el festival?

—Pasado mañana. Si quieres asistir tendrás que sentirte mejor, así que descansa.

La ayudó a volver a la cama y luego salió de la habitación.

Amelia estaba realmente confundida. Si todo esto era un sueño, ¿por qué se sentía tan real? De hecho, en la habitación podía ver cosas que ya se le había olvidado que tenía o que había tenido.

—Estas no son mis memorias, porque de hecho ni me acordaba de ese banquito en la esquina. ¿Qué está pasando?

Decidió mirar en las gavetas de su mesita, allí encontró varios recuerdos y pedazos de papel. Al fondo estaba su diario, lo tomó entre sus manos.

—¿Hace cuánto tiempo que no veía esto? Siempre lleno de buenos y malos recuerdos…

Lo abrió en su última página, y luego hizo una mueca de extrañeza.

—Qué raro…

Avanzó a las páginas anteriores.

—Están en blanco, pero juraría que llegué a escribir en todas las páginas.

Siguió buscando y era lo mismo. Amelia recordó que ella había puesto una rosa entre dos hojas, para indicar que ése había sido el día más feliz de su vida. Buscó la rosa, pero no la encontró. Por fin dio con la última hoja escrita, las notas eran de hace tres días.

—Entonces no lo he conocido… ¿aún?

Se detuvo un instante a pensar, y luego miró hacia la cruz que yacía en la pared.

—¿Esto es real? Padre, ¿me has dado otra oportunidad?



Un haz de luz la hizo despertar. Se frotó los ojos y miró el techo. Se sentó bruscamente y ahí encontró la cruz que colgaba en su pared. Lentamente giró su cara a la izquierda y observó las cosas que estaban sobre la mesa. El diario seguía abierto en la última página escrita días antes. Volvió su mirada hacia el frente, y lentamente giró su cara a la derecha donde estaba la puerta. Tragó saliva. Se levantó y sintió el frío del piso en sus pies. Se acercó a la puerta y muy despacio la abrió un poco, desde ahí tenía visión a la mesa del comedor donde vio a su familia desayunando. Cerró la puerta con sumo cuidado. Y dio dos pasos hacia atrás con una mano sobre el pecho y la otra tapando su boca. En medio de la habitación decidió darse un pellizco, y sí, le dolió. Esto era real.

Se acercó a la ventana. La vista era muy hermosa, el aire fresco rozaba su rostro. Ella no sabía qué hacía allí ni cómo había llegado, sólo entendía que era como un retorno en el tiempo. ¿O sería acaso un viaje al futuro lo que había visto? ¿Era acaso una revelación de Dios? ¿Dios le mostró su futuro para que pudiera tomar mejores decisiones? Dios era bueno, así que cabía la posibilidad de que Él quisiera salvarla de sí misma.

—Mis decisiones me llevaron al abismo. Si Dios me está ofreciendo una oportunidad para enmendar mis errores, entonces la tomaré e intentaré hacerlo mejor esta vez.

Sintió una gran paz interior.

A sus espaldas se abrió la puerta de la habitación. Ella volteó.

—Hija, te traje el desayuno. Sé que no te gusta, pero necesito que me ayudes en el huerto para que tu padre deje sus comentarios de que eres floja.

—Por supuesto, mamá. Será un placer ayudarte.

La mamá se extrañó.

—¿Un placer ayudar en el huerto? Siempre me has ayudado, pero jamás habías dicho que era un placer. ¿A qué debemos este cambio?—, se sonrió mientras dejaba la bandeja de comida sobre la mesa.

—Creo que he sido muy desconsiderada contigo…

—La juventud es así…

—Que tengamos juventud no nos da derecho a ser desconsiderados con nuestros padres. Lamento si no he sido la hija que hubieras deseado tener, o si te he ayudado poco. Me gustaría remediarlo.

La mamá estaba muy sorprendida con sus palabras.

—¿Y qué se te ocurre hacer para remediarlo?—, dijo sentándose en la cama.

—No lo sé, pero sí hay algo que me gustaría que me enseñaras.

—¿Qué cosa?

—Quiero aprender hacer vestidos como tú. Quiero ayudarte.

La mamá abrió grande sus ojos.

—¿Realmente eres mi hija o la fiebre te cambió?—, dijo entre risas.

Amelia volteó a ver por la ventana.

—Mamá, ¿crees en las revelaciones? ¿Crees que Dios puede revelarnos el futuro?

La mamá de Amelia se puso muy seria. Se levantó y con mucha autoridad le dijo:

—No quiero que vuelvas a repetir lo que dijiste. Mucho menos que se lo cuentes a alguien.

Amelia volteó a mirarla. Su mamá se acercó a la cruz en la pared.

—No quiero que te hagan daño. Podrían acusarte de herejía por decir esas cosas.

—Sé lo que podría causar ir contra las instituciones, o tener el rechazo de la iglesia. Pero no es a eso a lo que me refiero, quiero que tú me des tu opinión personal. Confío en ti, porque eres la única persona en el mundo que me ha querido y se ha preocupado de mí, y la única que no me abandonará aunque te pueda hacer pasar la peor de las vergüenzas.

Su mamá volteó a mirarla. Dio un suspiro y se acercó unos pasos.

—Hace mucho tiempo tuve una revelación de mi futuro. Sabía que formaría una familia con un borracho maltratador. Y que tendría dos hijos. Sabía que tendría enormes sufrimientos, lo sabía.

—¿Pudiste haberlo cambiado?

—Sí…

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque pensaba que si evitaba conocer a tu padre y vivir esa vida, habría perdido la oportunidad de tener lo que más he querido. Toda causa tiene un efecto, si quitas la causa entonces también se va el efecto.

—¿Qué es lo que más has querido?

—A ti.



Era el día del festival y la plaza estaba llena de gente. Amelia acompañó a su mamá a vender sus vestidos, y aunque la calidad de las telas no era como las que venían de otros países, igual las señoras de la ciudad se detenían a ver y comprar pues los diseños eran muy especiales. Su mamá estaba contenta, pues además con la ayuda de ella podría tener más mercancía para vender a futuro.

Amelia recordaba muy bien ese día, porque fue ese día cuando recibió aquella rosa que después guardó entre dos hojas en su diario. Ése había sido “el día más feliz”, según escribió (¿o iba a escribir?). Aún no entendía cómo había visto toda una vida en sólo horas de sueño, pero Dios a veces actúa misteriosamente (eso dice la gente).

Se quedó pensando en el tema de causas y efectos, y por supuesto en Eva aunque ella no existiera aún. Y se encontró a sí misma en el mismo dilema que había enfrentado su madre, pues sabía exactamente lo que le deparaba su futuro, pero si impedía el desarrollo de los hechos entonces Eva no llegaría a su vida.

Durante mucho rato su mamá la alentó a darse una vuelta por la plaza, porque hasta ese momento había estado “escondida” entre los vestidos en venta. Pero Amelia aún no había decidido si salía a encontrarse con su fatal destino, o se quedaba “escondida” y lo cambiaba todo.

En ese momento, una señora de ciudad muy elegante se acerca a preguntar por los precios. Amelia y su mamá la atienden con amabilidad, y para sorpresa de ambas la señora decide comprar toda la mercancía.

—Bendito Dios. Muchas gracias, mi señora.

—Son vestidos muy hermosos. No he visto nada parecido, ni siquiera en otros países.

—¿Ha viajado mucho?—, pregunta Amelia.

—Sí, pero si me dejan hacerles una recomendación, y si tienen la oportunidad, vayan a nuestro país vecino del sur. Es un hermoso lugar, e incluso para irse a vivir y volver a empezar.

—Gracias por su recomendación—, respondió.

—Mamá, mamá, mira lo que compré—, se escuchó la voz de un niño.

Las tres miraron en su dirección, y el niño se acercó a la señora que compraba los vestidos.

—¡Qué lindo!—, le respondió al pequeño. —Este es mi hijo Sebastián—, le dijo a las mujeres.

—Edwards—, completo el pequeño.

Amelia abrió grande sus ojos, pero inmediatamente disimuló con una sonrisa.

—Sí. Es todo un caballero, ¿no creen?

Ellas asintieron.

—Sebastián Edwards es su nombre, y el mío es Leonora Arana.

Y ahí estaba el destino. ¿Realmente se podía evitar? ¿Acaso la revelación era sólo un hecho que había que esperar hasta que se manifestara en la realidad tal cual se mostró? ¿Tendría Amelia libre albedrío o su infortunio la perseguiría hasta hacerla caer en sus garras? Hasta ese momento había estado “escondiéndose” de la rosa que le darían y que pondría (¿o había puesto?) en el diario: la rosa recibida de Don Julio Edwards.

En algún lugar de la plaza estaba él, sin sospechar que iba a conocerla. Pero ella ya no sabía si quería conocerlo, pero si no lo conocía pues Eva no nacería, y ese pequeño niño: ¿qué sería de él si no naciera la mujer que amará cuando sea grande? ¿Amelia acaso tenía el derecho de bloquear su felicidad futura y la de su propia futura hija? Por un momento sintió que todo eso era injusto, ¿por qué Dios ponía sobre los hombros de una joven pueblerina decisiones tan trascendentales? Ella no quería decidir, era mucha la responsabilidad que le habían dado.

Se agarró la cabeza con las dos manos y dijo:

—Señor, no sé qué hacer. Decide tú por mí, yo no sé qué es lo mejor.

Bajó las manos y se quedó mirando al cielo un instante.

—Hija—, escuchó decir. —Ya vendimos todo, así que ya recogí el puesto de ventas y me voy a la casa.

—Me voy contigo.

—No, no, no. Quédate un rato más. Nos vemos después.

Su mamá se despidió y la dejó ahí parada. Amelia decidió ayudar a otras personas a vender sus cosas, eso le daría tiempo y evitaría encontrarse con Don Julio. Y así estuvo un buen rato hasta que sintió que alguien la observaba. Giró lentamente su cabeza y en el horizonte se encontró con la mirada de Don Julio Edwards. Él vestía de traje, y tenía una presencia imponente. Se puso nerviosa, y sintió que se le apretó el estómago. Volvió su mirada a los compradores, y siguió ayudando como si nada hubiese ocurrido, pero en verdad todo le estaba ocurriendo por dentro.

«Dios mío…». Se dijo a sí misma.

Volvió a mirar hacia donde él estaba, y lo vio sonriente. Le hizo una señal para que no se fuera porque él iba a volver en un instante. Caminó rumbo al final de la plaza, desde donde ella estaba se podía divisar a un vendedor con una carreta llena de rosas.

Ella cerró los ojos y dijo en voz baja.

—Por favor, Señor, ayúdame. Quiero hacer las cosas bien, sin dañar a nadie. No quiero sufrir como en tu revelación, no quiero que mi madre sufra vergüenza por mi culpa, ni que mi hija Eva sufra por haberse enamorado de su hermano. Ten piedad de nosotros.

Abrió sus ojos. En ese momento sintió que alguien ponía una mano sobre su hombro, ella dio un salto de susto y volteó. Su mamá había regresado a la plaza.

—¡Dios! Mamá, me asustaste.

—Debemos irnos, vamos.

—Pero, ¿a dónde?

Amelia siguió a su mamá, pero no sabía qué estaba pasando, ni por qué iba tan seria. Caminaron unas calles y se toparon con un coche de caballos. La mamá abrió la puerta y le pidió que subiera, ambas lo hicieron. Luego le dio instrucciones al cochero para que se pusiera en marcha.

—Mamá, nunca tomamos un coche para ir a casa. ¿A dónde vamos?

—A buscarnos una vida más justa.

—¿Cómo?

—Cuando me preguntaste sobre la revelación el otro día, la verdad me descolocó tu pregunta. Supongo que ya me había hecho a la idea de que moriría en medio del mismo infierno que resignadamente acepté por décadas. Tenía miedo de las causas y los efectos; quería tenerte entre mis brazos y ser un apoyo para ti porque sabía que me necesitarías en tu futuro. Pero cuando me hiciste aquella pregunta, comencé a pensar en si era posible cambiar ese “destino” desde este punto histórico, porque ya te tengo conmigo. Además, podría apoyarte mejor si te saco del infierno que ambas compartíamos.

—No sé qué decirte…

—No sé qué viste en tu futuro hija, pero si vas a sufrir como yo entonces no lo aceptes.

Amelia abrió grande sus ojos.

—Yo acepté las cosas que vi hasta hoy, desde hoy quiero escribir otra historia.

—¿Cómo es que llegaste a esta decisión? ¿Y a dónde vamos?

—Cuando me estabas ayudando con el huerto ayer, me quedé mirándote y allí hice una petición. Pedí la oportunidad de cambiar nuestro presente, con miras a un mejor futuro. Tener la posibilidad de tomar mejores decisiones. Para eso necesitaba una señal, y pedí que se vendiera toda la mercancía. Pero no sólo se vendió todo, sino que también esa señora me dio diez veces el precio de cada prenda. ¿Y sabes cuáles fueron sus palabras?

—¿Cuáles?

—Me dijo: “A veces Dios se presenta de formas insospechadas, y hoy siento la necesidad de darle un regalo en Su Nombre”. Así que la señal fue clara y poderosa. Recogí la mesa, te pedí que te quedaras para poder ir por algunas cosas a la casa y buscar un cochero.

—¿Y mi papá y mi hermano?

—Estaban borrachos en la sala cuando llegue, ni siquiera se dieron cuenta que estuve ahí.

—¿Y a dónde vamos?

—A algún lugar en el sur. A donde Dios nos quiera llevar.



El viaje al sur sería un proceso lento, pues tendrían que pernoctar en algunos pueblos o ciudades, además de cambiar de coche y cochero. La primera parada tuvo que hacerse en la ciudad de Castilla, donde Don Julio Edwards era un reconocido hacendado local. Él era dueño de tierras, caballos, posadas, ferias de comida y almacenes. Todo lo había heredado de sus padres. Amelia desconocía esas cosas, porque en su revelación él jamás le contó y ella nunca había ido fuera del pueblo de Nuestra Señora de Lourdes.

Por esas cosas del destino, las mujeres tuvieron que quedarse en una de las posadas de Los Edwards donde en la sala principal tenían retratos de la familia. Amelia se quedó mirando un gran cuadro central donde estaba representada toda la familia: bisabuelos, abuelos y padres de Don Julio.
 
—Es la familia más importante de Castilla—, oyó decir de un empleado de la posada.

—¿Sí?

—Así es. También son la familia más generosa que he conocido. Desde la era de los bisabuelos—, dijo señalándolos en el retrato. —Ellos han hecho innumerables donaciones a los pueblos vecinos más pobres, siempre a través de la iglesia. Doña Leonora es la principal vocera caritativa de la familia en la actualidad. Don Julio está más dedicado a los negocios, pero él dice que hay que generar riquezas para poder seguir ayudando.

—¿Dijo que la señora se llama Leonora?—, preguntó la mamá de Amelia.

—Sí, Doña Leonora Arana. ¿La conocen?

—Quizás hemos escuchado hablar de ella—, respondió rápidamente su hija.

Su mamá la miró, pero entendió que estaba bien ser precavidas y no hablar más de lo necesario.

—Bueno—, prosiguió el empleado. —Sólo quería avisarles que la habitación que pidieron ya está lista, y quedó dispuesto para mañana temprano un coche. Podrán continuar su viaje después del desayuno. Si hay algo más en lo que les pueda ayudar estaré a su completa disposición, normalmente estoy siempre acá en el mostrador de la entrada.

Ellas asintieron y él se retiró.

—Hija, voy a ir a la habitación porque estoy bastante cansada.

—Sí, mamá. Yo iré en un momento.

Amelia se quedó en la sala principal de la recepción mirando los retratos.

—No tenía idea de que fuera una familia tan importante. Con razón se portó como se portó. Lo tiene todo, ¿qué le iba a importar una pueblerina como yo? O como mi hija… mi hija… Eva Edwards—, se sonrió. —Yo jamás habría podido darte algo mejor que seguir viviendo en la misma casa de siempre, y en el mismo pueblo…

—Buenas noches—, se escuchó una voz masculina por detrás de donde ella estaba. Su corazón comenzó a latir muy rápidamente.

—Bienvenido, Don Julio—, respondió el empleado.

Ella se volteó muy lentamente y ahí lo vio de espaldas mientras conversaba. Giró nuevamente a su posición, ambos quedaron de espaldas al otro.

«¿Qué hace aquí? Tuvo que haber salido del pueblo después de nosotras, con un lapso corto de diferencia». Pensó.

Amelia se llevó la mano al pecho sin saber qué hacer, y fue entonces que se dio cuenta que llevaba un velo que rodeaba su cuello. Muy lentamente lo estiró y se lo puso sobre la cabeza para ocultar su cabellera y rostro. Regresó la vista al cuadro central.

—Lo siento, hija. No te puedo traer a este mundo a sufrir.

Cerró aún más el velo y caminó hasta el pasillo que conectaba con las habitaciones. Don Julio sintió que alguien pasaba por detrás de él y miró, vio aquella figura de mujer con vestido y velo que no llamó su atención, y regresó a conversar con el empleado. Momentos después, Don Julio salía de la posada y se subía a su coche personal mientras una Amelia sigilosa lo miraba oculta detrás de un ventanal.



—¿Estás bien?—, parecía como si le hablara al viento. —¡Amelia! ¿Estás bien?

—¿Ah? ¡Ah! Sí, mamá. Estoy bien. Sólo estoy mirando un poco por la ventana.

—Debemos descansar.

—Lo sé… Mamá, en mi revelación tuve una hija—, se acercó a su cama y se sentó. —Y he pensado mucho en ella. No ha nacido, pero la amo con todo mi corazón. Irme significará que ella no nazca, y eso me causa mucho dolor. ¿Crees que esté haciendo lo correcto?

Su mamá la miró con mucho amor.

—Escucha, yo no sé qué viste, ni qué nos depara el futuro porque en mi caso dejar a tu padre ya lo cambia todo, pero sí sé que cuando Dios concede un milagro no hay nada malo en ello o fuera de lugar. Creo que si Dios nos concedió la posibilidad de un mejor futuro, una nueva oportunidad para reescribir las cosas entonces hay que tomarla y confiar en Él. Quiero decir que yo confío en que mi nieta nacerá, y espero que lo haga con un mejor padre que el que le tocó en tu revelación. Hija, confía en Dios. Él sabrá guiarte y te bendecirá concediéndote lo que tu corazón necesita. Ten fe.

—Gracias mamá, son las palabras que necesitaba escuchar. Gracias.

Ambas se abrazaron.

Al siguiente día salieron muy temprano de la ciudad de Castilla, y atrás quedaba Don Julio Edwards. Ninguna de las mujeres sabía exactamente lo que iban hacer o a dónde iban a llegar, sólo confiaban en Dios y se apoyarían inicialmente en el dinero que llevaban consigo.

El viaje les tomó mucho tiempo porque hicieron varias paradas entre pueblos y grandes ciudades; en algunos lugares se quedaron semanas y en otros algunos meses. Trabajaron haciendo vestidos, ayudando con huertos y vendiendo productos. Se asentaron definitivamente en un pueblo muy lindo en las tierras de un país vecino, mucho más al sur de lo que esperaban; aquella fue una experiencia única pues se encontraron con otra cultura, costumbres y formas de hablar. Allí se sentían libres y confiadas porque, aunque fueran mujeres, gozaban del mismo derecho que los hombres.

Amelia encontró trabajo ayudando en una carpintería, y allí conoció a Don Favián Russó de quien muy posteriormente se enamoró. Se casaron y de esa unión nació la niña Eva Russó.

Un día conversando con su mamá, y con la niña en brazos, le dijo:

—Es igual, es igual a como la recuerdo.

—Eso quiere decir que siempre se pareció a ti, gracias al cielo.

Amelia asintió.

—Nunca me contaste los detalles de tu revelación—, comentó su madre.

—No tiene caso, mamá. Lo importante es que estamos bien, que las tres estamos bien.

—Me alegra que así sea, que nos atreviéramos a reescribir nuestras historias.

Amelia le sonrió.



Eva tuvo una infancia feliz. Fue muy cercana a su padre y él le enseñó todo sobre carpintería, caballos, jardinería y negocios. Estuvo a su lado hasta el último minuto.

—Has sido el regalo más grande que la vida me dio, y mi mayor dicha fue haberte visto crecer—, le decía a su hija en sus últimos instantes de vida. —Nunca dejes de creer en ti. Te mereces siempre lo mejor. Confío en que sabrás elegir el camino que te conviene. Lamento no estar aquí para acompañarte por más tiempo…

—No te preocupes por nada, papá. Todo va estar bien.

—Cuida a tu madre.

—Así lo haré. Descansa.

Él le sonrió y luego cerró sus ojos. Ella lloró sobre su pecho, y al otro lado de la cama Amelia también lloraba.

Don Favián Russó fue enterrado junto a la tumba de la mamá de Amelia, Doña Ana Santa María, en un lugar muy especial de las tierras Russó.

—No puedo creer que ambos nos hayan dejado tan rápido. Extraño mucho a la abuela, y ahora me toca extrañar a mi padre…

Amelia abrazó a su hija.

—Los vamos a extrañar el resto de nuestras vidas. Pero lo importante es aquello que nos dejan, y saber que ellos fueron felices mientras estuvieron con nosotros en vida.

Eva asintió.

Con la muerte de su padre, Eva pasó a ser la heredera Russó y se convirtió en la dueña de las tierras donde vivían, de un importante negocio de carpintería y algunos caballos.

Amelia se sentía tranquila, pensaba en que si ella llegara a faltar igual su hija estaría bien pues tenía una casa propia y su negocio familiar. Eso era mucho más que lo que había alcanzado a ver en su revelación.

—Estoy muy orgullosa de ti.

—¿Y eso por qué?

—Porque eres toda una mujer. Eres segura de ti misma, muy inteligente, muy capaz, buena para los negocios, haces valer tus derechos…

—He tenido a las mejores personas a mi lado, de ellas he aprendido muchísimas cosas. He aprendido mucho de ti, de mi papá, de mi abuela. Ustedes han sido increíbles.

—Que Dios te bendiga, hija.

—Amén.

Ambas siguieron caminando hasta su casa.



Algunos meses después…

Eva invitó a su mamá a una ciudad vecina llamada Derrière. Allí se realizaría un festival cultural al cual ella quería asistir.

—No pensé que llegarían tantas personas—, comentó a su mamá mientras caminaban.

El evento tenía carácter internacional, así que no era raro ver personas de muchos lugares distintos.

—Hace un poco de calor. Vamos a tomar algo.

Se acercaron a un puesto de comida y pidieron un par de jugos. Caminaron a la zona de las mesas y ahí se sentaron. Tenían una buena vista donde estaban; desde allí podían ver a las personas, las tiendas e incluso a los artistas que tocaban sus instrumentos al fondo.

Eva divisó a unos metros un puesto de artículos de cuero y madera. Justo al lado uno de ropa con vestidos maravillosos, y sintió mucha curiosidad. Ella había aprendido con su abuela y su madre a confeccionar vestidos, y por eso le gustaba mirar diseños que pudiera eventualmente imitar.

—Mamá, voy a ver esos vestidos—, le dijo señalando el lugar.

Amelia asintió.

Eva se levantó y caminó algunos metros hasta el puesto. Desde lejos Amelia la veía, y miraba también a su alrededor. La música era fabulosa. Amelia sonreía.

De repente se quedó mirando el puesto de artículos de cuero y madera. Vio al dueño del puesto conversando con un cliente que estaba de espaldas a ella, parecía explicarle alguna cosa sobre los artículos mientras este hombre tomaba un cinturón para verlo mejor. Amelia siguió a este hombre con la vista, y cada acción que hacía. Al parecer había decidido comprar el artículo y el vendedor estaba muy contento. El hombre volteó a ver algo y entonces Amelia pudo verle el rostro.

—No puede ser…

Se quedó paralizada mirando aquella escena.

—Parece que no se puede escapar por siempre del destino.

Y entonces vio cuando el hombre se quedó mirando a Eva y se fue acercando al puesto de vestidos. Él sonreía. Eva se percató de su presencia, y parecía que él le dijo algo porque inmediatamente obtuvo su atención. Amelia los vio hablando a lo lejos.

—Al menos espero que esta vez seas feliz, hija. Te lo mereces.



¿Se puede escapar del destino? ¿O será que no importa lo que hagamos porque igual nos va pasar lo que “nos tenía que pasar”? Doña Ana y Amelia habían cambiado su destino después de ver lo que les deparaba, pero ¿será que sólo algunos tenían esa suerte? ¿Será que son pocos los que sí podían o los que pueden reescribir su historia? Amelia no tenía respuesta a esas preguntas, pero sí le preocupaba el futuro de su hija aunque también confiaba en que ésta vez sería distinto, porque las circunstancias ya eran distintas.

Después de un rato, Eva regresó a la mesa junto a ella.

—¿Y? ¿Cómo te fue… con el vestido?

—¡Ah! Desde lejos se ve muy hermoso, pero de cerca notas ciertas cosas que no se ven tan bien. De hecho, tiene los típicos errores al coser de los que me advirtió la abuela.

—Entiendo… ¿y el muchacho piensa lo mismo?

Eva abrió los ojos sorprendida.

—Bueno… él no estaba viendo los vestidos.

—Me queda muy claro que sus ojos no estaban sobre los vestidos.

Eva se sonrió y se sonrojó.

—Me dijo que su nombre es Sebastián… Sebastián Edwards.

—¿Y qué más te dijo?

—Bueno me dijo que venía de Castilla, esta ciudad del país vecino, y que de vez en cuando venía por negocios. Me preguntó si yo era de acá, pero fui bastante precavida para no dar muchos datos. Me dio una tarjeta donde podría encontrar su oficina, si alguna vez iba a Castilla. Lo demás fueron cosas muy triviales.

—¿Y qué te pareció?

—¿Sobre qué?

—¿Por qué me esquivas la pregunta?

Ella se sonrió.

—Me pareció muy guapo…

—¿Y…?

—Y… he estado pensando en que no conozco Castilla. Quizás podría ser un lugar interesante para hacer negocios e inversiones.

—Negocios…

Eva se rió.

—Allá tenemos varios clientes. Creo que iré de visita a preguntarles si necesitan algo.

Amelia suspiro.

—¿Cuándo?

—En algunas semanas más. Y necesitaré tu ayuda…

—¿Mi ayuda?

—Quedarás a cargo mientras regreso.

—¿Y de cuánto tiempo estamos hablando?

—Eso se lo dejaré al destino…

Amelia abrió los ojos sorprendida.

—¿Destino?

—Es una forma de decir. Pero podría tomarme varias semanas. Debo hablar con los clientes; ver si podemos expandirnos a esa zona y de ser así qué vamos a necesitar; además de darle una vuelta a las oficinas Edwards…

—¡Qué sorpresa! Eso último no me lo esperaba…

Eva se rió.



Tal como lo había dicho, Eva inició su viaje hacia Castilla semanas más tarde. Era un viaje muy largo, pero estaba decidida a cruzar la frontera y conocer nuevas tierras. Cuando por fin llegó, decidió hospedarse en una de las Posadas Edwards, y poco a poco se dio cuenta de lo poderosa que era esa familia. De hecho, en muy poco tiempo se dio cuenta también de muchas otras cosas, entre ellas que las mujeres estaban subyugadas a los hombres, y que no la tomaban en serio cuando intentaba hablar de negocios. “Las mujeres en este país sólo se dedican al hogar, los huertos y la costura” le había dicho un comerciante. Sí, las mujeres tenían pequeños puestos de venta de productos, pero normalmente los negocios que necesitaban alguna infraestructura, o negocios grandes, estaban en manos de hombres. Le pareció tan injusta esa realidad que prefirió no lidiar con ella, por eso desistió de sus ideas de negocio al menos en Castilla.

Resuelto ese punto, sólo quedaba su visita a la oficina de los Edwards. Caminó hasta llegar al lugar indicado, entró y se encontró con enormes cuadros en la recepción. Encima de ellos los nombres de cada uno de los Edwards, empezando por el bisabuelo y llegando hasta Don Julio Edwards. No había nadie en el mostrador. Eva se encogió de hombros y pensó que quizás el empleado estaría en el baño.

De repente le pareció escuchar un grito que venía por detrás de la pared. Miró a los lados y no había nadie; se acercó a una puerta donde podría mirar hacia el otro lado.

—¡No sabes hacer nada bien! ¡Eres una inútil!

—Intenté encontrar al cliente, pero ya se había ido.

—¡¿Cómo se te ocurrió dejarlo esperando?! ¡Era un cliente muy importante!

—¡Discúlpeme! ¡No volverá a pasar!

—¡Por supuesto que no volverá a pasar! ¡Está despedida!

—Don Sebastián, por favor. Necesito mucho el trabajo.

—Pues vaya a buscar alguna cosa que pueda hacer. Aquí usted no me sirve. ¡Mujer tenía que ser!

Eva se alejó de la puerta y unos instantes más tarde apareció la recepcionista con lágrimas. Al verla ahí, la señora intentó disimular y se secó rápidamente los ojos.

—Disculpe la tardanza, ¿en qué la puedo ayudar?

—Yo… —, titubeó. —¿Podría prestarme un baño?

—¡Oh! Sí, señorita. Tenemos un baño público del otro lado de la sala.

—¡Muchas gracias!-, le sonrió mientras se disponía a dar algunos pasos. Luego se volteó hacia la recepcionista.

—¿Sabe? A veces las personas tienen un mal día y dicen cosas que en verdad no quieren decir.

La recepcionista la miró y supo que esa muchacha había escuchado todo.

—No es la primera vez que me grita…

Eva abrió grande los ojos.

—Ya me despidió así que supongo que ya no le debo lealtad… Aquí le ha gritado a todo el mundo, incluso le he escuchado gritar a su esposa. Tiene dos hijos preciosos, pero creo que ambos serán como él. De la misma forma que él es la copia de su padre. Estas personas tienen mucho dinero, pero ni así son felices.

La recepcionista, que era una señora mayor, comenzó a recoger sus cosas.

—Dice que se parece a su padre, ¿y su madre? ¿Cómo es?

—Era… Doña Leonora Arana era un pan de Dios. Ayudó a muchas personas. Era una mujer muy creyente, pero creo que también sufrió mucho. No me extrañaría que le hubiese tenido miedo a su esposo.

—¿Y por qué no lo dejó?

La señora abrió grande sus ojos.

—¿Qué está diciendo niña? ¡Las mujeres no dejan a sus esposos! Serían rechazadas por la sociedad, además de que es posible que el hombre no lo acepte. Yo diría que hasta podría ser peligroso.

—¿Me está diciendo que con un matrimonio las mujeres están como “condenadas”?

La señora se mostró confundida.

—¿Le ha hecho estas preguntas a su propia madre? Creo que ella podría guiarle mejor que yo. Normalmente las personas no hablan estos temas.

Eva se sonrió.

—Creo que le preguntaré a mi madre un par de cosas. Gracias por su tiempo. ¡Ah! Yo creo que usted debe ser buena para hacer muchas cosas, y que su condición de mujer no la limita. Es más, si se siente limitada en medio de esta ciudad o de esta sociedad, podría tomar un rumbo distinto en otro lugar con más oportunidades y derechos. El mundo allá afuera es mucho más grande que Castilla. Quizás hasta perder su empleo aquí sea una señal de que puede encontrar un lugar mejor, o que es hora de encontrar un lugar mejor. Que tenga un buen día.

—Lo he pensado…

Eva la miró de nuevo.

—He pensado en irme lejos.

—Le recomiendo el país vecino del sur. Que esté muy bien.

La señora asintió y Eva salió del lugar. Esa misma tarde emprendió su viaje y regresó a casa.



Waldylei Yépez



Datos del archivo:

009.Los Edwards.Colección Resignificando.Waldylei Yépez.docx
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Fuente Imagen: Google.

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