Última charla

Relato

Carlos era un hombre enérgico, dominante y posesivo. Él estaba casado con Amanda, una chica con gran amor a su libertad personal, pero que había dejado eso de lado por amor a él. Aunque, ciertamente, los dos renunciaron un poco a ser lo que eran para poder acompasarse con el otro. A veces chocaban porque trataban de dominarse entre sí. Ambos tenían un carácter muy fuerte, pero ella en muchas ocasiones terminaba actuando con más docilidad para poder mantener su matrimonio pues sabía que él nunca daría su brazo a torcer. Ellos se amaban mucho y eran muy apasionados.

Al tercer año de matrimonio las cosas empezaron a estar muy mal, pues él trabajaba más de la cuenta y esto a ella le parecía muy sospechoso. Así fue como nacieron sus más terribles celos, y creyó que él le engañaba con su secretaria. Pudo haber hecho cualquier cosa para confirmarlo, pero tenía miedo de hacerlo. Ella pensaba en que él era un hombre muy atractivo, lo cual le permitiría tener a más de una detrás. Pensar en ello la mataba lentamente.

Por su parte, en atributos, ella no se quedaba atrás. Así que una tarde tomó la decisión de poner en práctica la ley del “ojo por ojo, diente por diente”. Se suponía que esa noche su marido llegaría tarde, pero no fue así. Cuando Carlos llegó cansado a la casa vio que su esposa no estaba, y se quedó en la sala esperándola. Unas dos horas más tarde ella llegó, y se encontró con la sorpresa de que su marido ya estaba allí.

Tuvieron una fuerte discusión. Él le reclamaba su traición, y ella alegaba que él había empezado todo eso, que era su culpa, que cómo era posible le hubiera engañado con su secretaria a lo cual él muy furiosamente contestó que nunca había tenido nada con ella. No podía aguantar su rabia así que terminó golpeando la pared mientras le gritaba un montón de cosas. La imagen de esposa fiel y buena se había desintegrado.

Carlos se encerró en el estudio donde destrozó todo a su paso. Se escuchaba el sonido de los vidrios de las botellas, vasos y los espejos. Por miedo, ella se encerró en la habitación.

A la mañana siguiente él salió muy temprano, y llegó muy tarde en la noche. Ésa fue su rutina por un tiempo con el fin de evitar verla. Por mientras, se preparaba para un rápido divorcio.

Muchos días mantuvo esa misma rutina, pero un día llegó más temprano. Entró a la casa, ella yacía sentada en el sofá, y él sin siquiera mirarla le dijo:

–Los trámites de divorcio están en marcha. He acelerado el proceso cuanto he podido, y por la partición de bienes no te preocupes. Dentro de poco será el día que tendremos que ir a firmar… es todo cuanto tengo que decir.

Eran las palabras más frías que había escuchado decir de la boca de su esposo. Se sentía tan mal por todo lo que había pasado, pero si él quería el divorcio lo más correcto era hacerlo. Esa noche mientras trataba de dormir pensó en muchas cosas.

Al siguiente día se despertó muy temprano para poder alcanzar a ver a Carlos. Él, al darse cuenta de su presencia, trató de marcharse sin mirarla pues era muy grande su desprecio, pero ella lo siguió con insistencia y cuando lo tuvo de frente dijo:

–Necesito decirte algo antes de que te vayas.

Él continuó su camino hacia la puerta tratando de ignorarla, pero ya casi al salir se detuvo unos instantes y le dijo:

–Di lo que tengas que decir–, se mantuvo de espaldas a ella.

–Sé que no me quieres ver aquí, y en tu mirada puedo notar un gran desprecio. No voy a tratar de excusarme. Sólo quiero hacer un trato para acabar con todo esto lo más pronto y fácilmente posible.

–¿Quieres dinero?–, dijo volteándose y mirando su rostro con resentimiento. –¡Ja! ¿Qué se podría esperar?

–¡No! Sólo quiero un último deseo en nombre de todo el tiempo feliz juntos, en nombre del amor que nos tuvimos… alguna vez–, se notaba su mirada triste y nostálgica. –A cambio firmaré el divorcio, y lo que quieras para renunciar a los bienes que me corresponden. Además, sacaré de esta casa hoy mismo absolutamente todo lo que es mío.

–¿A cambio de qué?–, le mira con desconfianza.

–A cambio de una última charla. No para hablar de este problema. Quiero que “juguemos” a los enamorados una última vez. Sin compromisos, ni siquiera como esposos, pero todo debe ser como si estuviéramos enamorados, con palabras bonitas, una cena romántica… Sólo debes fingir unas horas. Juro que me iré cuando todo haya acabado, firmaré el divorcio cuando lo dispongas y no volverás a verme nunca más, nunca más.

El pensó detenidamente en lo que decía, y aunque le dolía el siquiera mirarla pensaba que podría fingir esas horas y que con eso se acababa todo. Pasaron unos instantes en silencio hasta que él le preguntó:

–¿Dónde y cuándo?

–El sábado en la casita del campo. Debes estar a la siete para la cena, y lleva una botella de champán. Unas rosas no estarían de más.

–Allí estaré–, concluyó él y salió de la casa.

Cuando llegó por la noche encontró todas las luces apagadas. Al entrar las encendió, y pensó que Amanda habría salido con alguien, pero luego recordó el trato y el que ella le había dicho que si aceptaba se iría ese mismo día. Caminó a la cocina y al estudio, todo estaba limpio y ordenado. No había ningún rastro de cosas de ella, como sus libros. Decidió ir a la habitación, allí encontró todo en orden también. Tenía miedo de ver el armario, pero igual lo hizo y sólo estaba su ropa. Todo lo que era de Amanda ya no estaba en esa casa. Se sentó en la cama y se quedó aletargado en el tiempo. No sabía qué hacer o qué pensar, no sentía nada… sólo estaba ahí mirando sin mirar.

Faltaban cuatro días para el sábado. Esos días evitó estar mucho tiempo en casa, y procuraba llegar lo suficientemente cansado para no pensar en nada. Se obligaba a trabajar para no pensar, y en casa su escape era dormir. Se preguntaba si de verdad debía ir a actuar en esa “obra teatral”, pero si lo hacía tenía la palabra de ella de que jamás la vería de nuevo. En ese momento eso parecía un remedio a la situación que vivía.

Llegó el sábado y prefirió no ir a trabajar alegando una enfermedad. Su sentir respecto a la cena era demasiado confuso pues quería verla, pero no estaba seguro del porqué. Quería odiarla, pero recordaba que debía actuar esas horas como habían acordado. A veces quería que las horas marcharan rápido, y otras veces no quería que llegara el momento. Estaba ansioso por alguna razón, y al mismo tiempo tenía cierto miedo.

La casita del campo estaba a unos cuarenta y cinco minutos de ahí, así que debía salir temprano. Fue hasta una floristería a comprar rosas. Había muchos ramos por todos lados con distintas flores y perfumes. Pidió ayuda a la encargada para escoger el que debía llevar, y ésta le preguntó si aquella era una ocasión especial como un aniversario, él respondió que no, pero que iba a ser una cena romántica. La chica buscó un arreglo muy bonito que llevaba forma de corazón, por un instante él pensó que no sería bueno ése porque sería muy hipócrita regalar algo tan hermoso a alguien a quien despreciaba tanto, pero la regla era “como si estuvieran enamorados” así que accedió a llevarlo. Luego buscó la botella de champán. Todo esto le parecía una locura, pero aún así prosiguió con la obra.

Al llegar vio el auto de Amanda estacionado afuera. Comenzaba a oscurecer, y el cielo estaba despejado. Decidió entrar entonces a la casa junto a las rosas y su botella. Adicionalmente llevaba una carpeta con unas hojas adentro. Tocó la puerta y esperó hasta que ella la abriera.

–¡Hola!

Lo recibió en la puerta con una gran sonrisa. Llevaba puesto un bellísimo vestido negro que le llegaba hasta por encima de la rodilla. Lucia una cadena con piedras preciosas, y su cabello estaba suelto. En su mano ya no estaba el anillo de matrimonio.

La gran obra de teatro comenzaba.

–Espero no llegar tan tarde. Traje algo de tomar y éste pequeño obsequio.

Ella le invita a pasar, y se queda maravillada por las rosas con forma de corazón. Era un arreglo muy fino y delicado.

Luego de entrar, él dejó sobre la mesita aquella carpeta que llevaba y le dijo:

–Aquí hay algo que al final debes revisar y firmar.

Ella entendió, pero le dio poca importancia al comentario porque eso no pertenecía a la obra que estaban representando. Dejando de lado cualquier distracción, ella le señaló que pasara a la sala donde todo estaba listo.

Al fondo la chimenea encendida. Cerca de la ventana, que siempre había mostrado un bello paisaje de luna, estaba una mesa con dos velas encendidas. También sonaba una música suave. La apariencia del sitio era perfecta, ella se había esforzado mucho para esta ocasión. Buscó dos copas y puso champán en ellas, él saboreó y miró a su alrededor… el sitio le daba cierta paz. Ella vio que estaba algo distraído, entonces le dijo que arreglaría la mesa y serviría la cena.

Ya en la mesa se sentaron uno frente al otro. Ella le hablaba de muchas cosas como música y arte, pero él parecía muy lejos de ahí pues estaba confundido, no sabía con certeza qué quería ella con todo eso. Por su parte, Amanda comprendía que no estaban ganando nada pues uno estaba frente al otro como si fueran desconocidos. Lo miró y susurró:

–Te quiero.

Él levantó su mirada hacia ella. Luego ella miró hacia su derecha donde ya se mostraba la luna y las estrellas.

–Toda mi vida había soñado que quería conocer a un hombre maravilloso, y lo hice–, empezó a hablarle. –Él me hacía soñar como nunca. Cuando cerraba mis ojos, él estaba ahí mirándome y siguiéndome. Miraba la luna y veía su cara, y si veía su cara me iluminaba como el sol.

Hubo silencio. Ella miraba con nostalgia la pequeña llama de la vela.

–Ese hombre me hizo muy feliz, pero lo engañé.

–¿Por qué?–, le preguntó serenamente.

–Por orgullo, por rabia–, prosiguió ella sus palabras.

Toma un sorbo de champán y se levanta para caminar unos pasos hacia la ventana.

–Sus labios me desnudaban la vida, sus manos erizaban cada vello de mi piel, él movía mi todo y yo era suya cómo quisiera y cuánto quisiera. No había otra razón que me diera el aliento para continuar el día a día. No había más alegría que sentirlo dentro de mí, lo deseaba, lo quería y lo amaba. Pero cuando creí que me engañaba me sentí herida y burlada, pensé que yo le había entregado mi vida en bandeja de plata y él simplemente la había tomado, usado y desechado. Cuando me sentí deseada por otro hombre, cuando pensé que ese deseo podría traerme algo de atención accedí, sólo para darme cuenta que en mí nadie podría reemplazar al verdadero amor de mi vida, aunque incluso ese amor ya se alejara por su propio pie.

Él se levantó y se puso a su lado mirando las estrellas. Ella se acercó a él y él se volteó a mirarla. Poco a poco se acercaba con ánimos de besarlo, y entonces sintió su aliento mezclándose con el de él mientras mantenían sus ojos cerrados, se tocaron los labios y se besaron. Él le correspondió por un momento, pero luego dejó de hacerlo y ella sintió su rechazo. Fue entonces cuando comprendió que eso era todo, asintió y se dispuso a buscar su bolso, sacó las llaves de la casa y las puso encima de la mesa. Cuando se preparaba para irse, él le dijo que esperara, que no se fuera. Había concluido que debía continuar con el trato y el teatro, y si eso quería ella… le iba a corresponder.

–De este lado se ven mejor las estrellas.

Amanda asintió. Luego volvió a su lado a seguir mirando las estrellas, ahora era él quien la buscaba volteando su cara y besándola de una manera muy apasionada. Empezó a desearla con mucha ansiedad, y ella lo detuvo por un momento diciéndole:

–Más deseo y menos ansiedad.

El entendió su mensaje.

Él bajó el cierre de su vestido lentamente, acariciaba su pierna y el resto de su cuerpo. Se amaron como desde hace mucho no lo hacían. Quedaron acostados en la alfombra, y por un momento se quedaron mirando fijamente mientras él estaba encima de ella. Amanda acariciando su rostro le dijo:

–Te amo con todas las fuerzas de mi alma.

–Mi razón eres tú, yo sería capaz de dar la vida por ti–, le respondió.

Luego él se movió a un lado y puso su cabeza sobre el pecho de ella. Se sentía vulnerable, como pocas veces en la vida, pero sentía que era protegido por ella.

A la mañana siguiente, cuando Carlos despertó, se dio cuenta que sólo él estaba allí. Las llaves seguían en la mesa. Se levantó y la buscó, pero no la encontró. Recordó entonces el trato, y miró hacía la mesita donde la carpeta que él había llevado estaba abierta. Se acercó y vio claramente la firma de su esposa en los papeles que eran el poder que ella le concedía, o en otras palabras su renuncia a la partición de bienes. Asimismo, ella le había dejado su anillo de matrimonio allí.

Comprendió entonces que había acabado el teatro.

Ese lunes habían quedado para firmar el divorcio. Cuando él llegó, ya Amanda estaba allí. Se sentaron a esperar uno al lado del otro, no cruzaron ni una palabra. Había muchos divorcios para ese día, ellos eran la quinta pareja. En la primera se podía ver la rabia que se tenían; en la segunda cada uno estaba por su lado; la tercera era como ellos pues estaban calmados esperando; la cuarta era más alocada pues cada uno andaba con su nueva pareja y conversaban los cuatro como grandes amigos. Cada quien vivía la situación a su manera.

Cuando llegó el momento pasaron al despacho. Todo estaba listo sólo faltaban las respectivas firmas. Se les hizo la pregunta de rigor:

–¿Están seguros de dar este paso tan importante? O por el contrario, ¿ustedes creen que necesitan tiempo para pensar las cosas?

A lo cual Amanda respondió que continuara porque ya todo estaba decidido. Carlos se quedó pensando en que Amanda le había dado su palabra con el trato, y estaba actuando de la manera que prometió. Amanda preguntó a la persona que los atendía que si quedaba todo listo con la firma y si luego podrían irse, a lo cual le respondieron que sí.

Ella recibió los documentos y firmó de inmediato. Luego le tocaba firmar a él, y en ese momento Amanda se levantó de su silla y se alejó unos pasos con dirección a la puerta. Cuando él tomó el bolígrafo y lo colocó encima del papel, ella miró al piso con gran dolor en su pecho, abrió la puerta y se fue sin mirar atrás.

Waldylei Yépez

 

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005.Última charla.Colección Mi respuesta.Waldylei Yépez.docx
31/08/06 04:36 p.m.

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