Ella sostenía ligeramente un tenedor
común y corriente, jugada con uno de los compartimentos de su bandeja
donde había una porción de ensalada. Se quedó mirando a su alrededor
mientras mordía un pedazo de pan, sentía que era vigilada por cuanta
mirada pasara por su alrededor. Detestaba equivocarse, se preguntaba si
estaba agarrando bien el tenedor y el cuchillo – ¿Dónde va el tenedor?
¿En la derecha o en la izquierda? ¿Cómo me comeré este pollo con los
cubiertos? ¿Por qué no agarrarlo con la mano? -. Se suponía que aquel
era el momento de descanso, el momento de la comida pero estaba tan
angustiada por las miradas que prefirió dejar la bandeja casi llena con
tal de salir de ahí, se sentía acechada y solitaria, a pesar de que le
rodeaban unas ciento cincuenta persona aproximadamente. Entonces salió
de aquel comedor, no sin antes escuchar un comentario a lo lejos: “¿Por
qué tan triste?”. Ignoro lo que decían, como si no fuera con ella y se
marchó.
Comenzó su caminata por la avenida principal.
Miraba la cera mientras caminaba, luego las islas que separaban las
avenidas de ida y venida, el correr de los autos. Miraba todo y no
miraba nada a la vez.
Se sentía desolada, triste, muy triste.
Su mano rozaba sutilmente la cerca, mientras su paso no se detenía. Le
miraban caminar, ella lo sentía pero permanecía en silencio, totalmente
en silencio, ni siquiera pensaba en algo, sólo respiraba y caminaba como
si eso solamente bastara.
– ¿Por qué debo sentirme así? Y de paso, ¿por qué me importa tanto lo que los demás piensen? ¿Por qué? – se decía para sí misma.
Después su mente volvió al silencio. Caminó muchas cuadras hasta llegar a
su casa. Entró y se fue directo al cuarto. No miró a nadie a los ojos,
sólo se encerró en aquella habitación. Lanzó su bolso a una silla y se
tendió en la cama. Tomo su almohada y la apretó muy fuerte contra su
pecho. Y fue entonces cuando, en aquel silencio y oscuridad, estando de
bruces aceptó que se sentía tan frágil y desolada que agradecería tener a
alguien que le diera un simple abrazo, pero no había ése “alguien” en
quien confiar y en quien apoyarse.
Todo transcurrió en silencio. Tenía a cuestas un problema que le hacía
sentir terrible. Su sentir le carcomía el alma pero el silencio le hacía
bien en ésa ocasión, porque en silencio no había reproches, burlas ni
criticas.
Y así permanecido ella mucho rato… en silencio.
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
027. En Silencio. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc
21/06/08 11:38 p.m.

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