Cuando era niña, y estudiaba en aquella
escuela, no logré hacer muchos amigos. Quienes me acompañaban en cada
clase tan sólo eran mis compañeros. Recuerdo haber sido siempre tímida y
reservada, podía permanecer en absoluto silencio mucho rato sin
problemas. Por lo general, siempre estaba sola en el tiempo de recreo, a
menos que una amiguita me instara de alguna manera para acompañarla
hasta la cerca detrás de las aulas donde su madre le esperaba con el
desayuno.
Esa niña de la que hablo se podría decir que fue mi primera amiguita. No
recuerdo a qué jugábamos en recreo, pero sé que no corría como ahora lo
hacen los niños. La mayor diversión era jugar en casa con mis primos,
pero la escuela era otra cosa. Cuando terminó el primero de primaria se
acabó la amistad porque luego la niña tenía otros amiguitos, y yo
quedaba por fuera. Así ocurrió los siguientes años, por supuesto que
hablaba a los niños pero no eran mis amiguitos.
Hubo un tiempo, más o menos de dos períodos académicos, donde el salón
tenía una “elite”. Era ese tipo de grupos que se forman y sobresalen del
resto, todos se les acercaban para hablarles y andar con ellos, y
aunque el grupo elite les hablaba los otros no pertenecían a él y nunca
lo harían. Recuerdo que tal grupo se desintegró el último año de
primaria.
En el penúltimo año, conocí a otra amiguita. Claro que ella se la pasaba
con otra compañera la mayoría del tiempo, pero eso poco importaba. El
siguiente año volvimos a estudiar juntas y compartimos mucho, recuerdo
que me explicó cómo jugar ajedrez incluso. En ese lapso hubo una
situación que quedó grabada en mi mente, un día salimos al recreo pero
yo no andaba con ella para ese momento. Luego de dar unas vueltas, me
dio por regresar al aula de clases, mi amiga estaba cerca de la cantina y
pocos niños yacían en la puerta del salón, llegué hasta un borde y me
voltee. Al mirar hacia dentro se podían ver los primeros pupitres, mi
amiga siempre se sentaba de primera y se podía visualizar su bolso, sin
embargo para mi sorpresa otra compañera que se decía ser una gran amiga
de esta niña estaba apunto de abrir furtivamente su bolso, quizás para
revisarlo, no me atrevo asegurar otra cosa aunque el gesto de su rostro
daba mucho que pensar. Cerca de la puerta, vigilando por si mi amiga se
acercaba al salón, la otra gran amiga (desde el año pasado) riéndose,
ella era la cómplice. Tan sólo las miré, al verme la otra niña cerró el
bolso mientras se reía y salieron nuevamente al recreo. Me quedé en la
puerta y mi amiguita no tardó mucho en aparecer, pensé en decirle lo que
había visto: sus grandes amigas revisando su bolso furtivamente con no
sé qué fin. Pero no le dije nada, creí que tan sólo lo vería como una
broma más pues ellas eran sus mejores amigas, y yo me metería en
problemas con aquellas dos así que preferí callar. La situación pudo
haber pasado como una broma infantil pero para mí estaba presenciando la
traición en una forma infantil, nunca confié en aquellas dos.
Con la graduación de primaria vino la separación. Sin embargo, siempre
quise seguir estudiando con mi amiga y pedí irme a estudiar en su liceo,
pero no se pudo. Le llamé por teléfono varias veces al correr de los
años, perdí su número y por casualidad lo volví a encontrar. Tardé cinco
años para volverle a ver.
Mientras tanto encontré otras amigas,
ellas tenían su grupo al cual yo estaba como adjunta de nombre, nunca me
sentí parte de él. Conversaban de muchas cosas entre ellas, a mí me
contaban lo imprescindible. Recuerdo de aquel tiempo que una de ellas me
metió en un problema con su madre, sí, yo estaba inocente del asunto
hasta que la madre de ella llegó a mi casa a reclamarme porque yo hacía
salir mucho a su hija, básicamente trató de decirme que yo estaba
“echándola a perder”. No sabía cómo reaccionar a esa cara, nunca nadie
me había reclamado nada y menos haciendo una acusación tan grave para
mí, por suerte mi tía salió en mi defensa y le dijo que apenas yo salía
de vez en cuando, y que le preguntara a su hija por qué le estaba
mintiendo porque yo siempre estuve en casa y ella nunca había venido. La
señora calmó su estado y nos dijo que su hija salía todos los días y
llegaba tarde, tan sólo decía que estaba conmigo o en mi casa. Esa niña
nunca me dio la cara por la situación que me hizo pasar, y yo dejé de
hablarle. Al finalizar los diversos lapsos de estudio, me alejé del
grupo. Años luego me enteré por casualidad que dicho grupo se había
desintegrado con el tiempo y que dejaron de hablarse entre ellas.
Si bien era cierto que conviví mucho tiempo con diversas personas,
también era cierto que me dejaban sola la mayoría de todo ese tiempo.
Así que me resultaba mejor ser individual, y eso fue lo que aprendí y lo
que viví durante muchísimos años.
Cuando llegué a estudiar los últimos períodos de bachillerato en otro
liceo me sentía perdida, no conocía a nadie y tampoco dónde estaban las
aulas. Pero ese primer día encontré una niña muy amable que me prestó su
cuaderno, y que con el tiempo se convertiría en una gran amiga de
bachillerato junto a dos personas más. Ella fue el puente de conexión
con el resto del grupo de clases, de vez en cuando hace sonar mi
teléfono aún. Años recientes cuestioné mi manera de actuación, bajo mi
actual criterio debí pasar más tiempo con mi grupo, divertirme más,
reírme más con ellas. La primera vez que entré a mi Universidad fue
porque una de mis amigas me llevó, me pidió acompañarla para solicitar
el pensum de la carrera. Me decía que anhelaba estudiar allí. Pero un
buen día tomó nuevas decisiones, hoy se encuentra en el extranjero. Sé
que está feliz por allá y también sé que reza siempre por sus grandes
amigas que se quedaron acá, a veces extraño aquel tiempo en donde
dirigía nuestros pasos, ella era como la líder de nuestro grupo;
recuerdo que un día ella agradeció mi presencia y seguridad en una
situación muy particular, me dijo que le inspiraba seguridad y
resolvimos la situación. Es la niña más responsable y disciplinada que
jamás conocí. No he escuchado su voz desde hace cinco años, pero siempre
la recuerdo como sé que ella también me recuerda donde esté en este
momento.
Llegué a la Universidad, toda una experiencia nueva, y conocí muchas
personas. Poco a poco se fueron afianzando nuevas amistades verdaderas
pero sin dejar de ser contadas. Alguien en una ocasión me dijo algo
sumamente sincero en los primeros años: “No, no somos amigas… pero
estamos en camino”. Ciertamente la frase me dejó sorprendida, demasiada
franqueza en ella pero estaba agradecida de eso, lo sincero de la
situación. Y ese camino continuo hasta traer una muy linda amistad,
amistad que no se ha perdido a pesar de que no podamos compartir tan
constantemente como en aquel tiempo. En el período que marca la
Universidad comprendí y aprendí, o comencé aprender, qué era trabajar en
equipo, un trabajo conjunto. La individualidad me había servido durante
muchísimo tiempo, pero la amistad me enseñó el valor de un trabajo en
grupo y su significado. En este particular sé que apenas comienza mi
camino, pero empezar el camino ya es un gran paso. Durante muchísimo
tiempo me pregunté si tan sólo yo había recibido aquella frase, hoy por
hoy sé que la respuesta no tiene importancia, si así pasó fue porque era
necesario aprender algo de ella.
Algo que se me olvidó decir fue que, en la Universidad, me reencontré
con mi amiga con la cual quería seguir estudiando en el liceo y llamé en
más de una oportunidad. Fue agradable volverle a ver, me decía que no
pude estudiar con ella en el liceo pero ahora estaba en el mismo sitio
que yo. Poco tiempo le tomó integrarse con un grupo de amigos y
compañeros, en el cual no estaba yo precisamente. El trato era más
lejano que cercano, no pasaba de un simple saludo y un cómo te va.
Recuerdo que en ese tiempo me puse a mirar al pasado, las cosas ya no
eran como antes, ya no era su amiga. Me cuestioné mucho en que a su
momento hice lo que pude por estudiar en aquel liceo, y lo hice porque
allí estudiaría mi amiga, también busqué su número y le llamé pero yo
tan sólo era una niña que había estudiado en primaria con ella y no era
una amiga como creí a su momento. Hoy tan sólo caminamos y ni nos
miramos, es como si camináramos cerca de otros desconocidos, cosa que no
sólo ha pasado con ella. El punto es que las cosas tienden a cambiar y
que es mejor no aferrarse aunque aferrarse a veces no depende de uno, no
es algo que se pueda controlar siempre.
Por supuesto, fuera del nivel académico también encontré diversas
amistades sin dejar de lado mis grandes amigos extranjeros que conocí a
través de la gran red de redes.
Todas las personas con las cuales me he
encontrado a lo largo del camino, cada rostro, cada corazón que palpita,
cada ser ha dejado un trazo del bolígrafo de su vida en mí, y en toda
la gente con la cual se encontró. Somos los escritores de nuestra
novela, de nuestro guión, decidimos tomar diversas actitudes dependiendo
a la circunstancia y cada acto nuestro lleva consigo innumerables
consecuencias para bien o para mal. Nos encontramos en el camino
amistades egoístas, manipuladoras y falsas, pero también hemos tenido y
tendremos la oportunidad de encontrar amistades honestas, sinceras,
leales, fiables. A veces se confunde la amistad por un gesto, mensaje de
texto u otra cosa pero nada que una buena comunicación no pueda
resolver.
Vamos a recapitular nuestro libro de vida, ¿Cuántos trazos tiene tu
corazón? Seguramente muchísimos, tal vez de todas las personas que has
conocido a pocas puedas llamarles amigos, quizás hermanos. Pero también
de los llamados compañeros, conocidos, supuestos amigos, de todos ellos
también se puede aprender algo aunque sea una cosa que luego digas: “ya
sé que eso no lo debo hacer”.
En muchas hojas de mi vida hay infinidad de trazos, y cada uno
representa a una persona en particular. Cada trazo es único porque dos
personas no pueden marcarte de la misma manera, posiblemente se parezcan
pero jamás serán iguales.
Hoy quiero agradecerte el trazo que has dejado en mí, y espero que el
trazo que acabo de dejar en ti sea bueno, que represente algo positivo.
El simple hecho de que me estés leyendo ya es importante.
Cada persona es como un libro de hojas blancas, tú tienes el lápiz o el
bolígrafo, tú decides qué escribir en sus vidas a través de tus gestos,
actitudes y palabras. Toma una hoja y haz un montón de líneas, ahora
trata de borrarlas. Luego de borrar (con borra o corrector) ¿Acaso la
hoja es la misma? O está marcada o está manchada, tal vez arrugada.
¿Cuál es el trazo que quieres dejar en la hoja de vida de las personas a
tu alrededor? Sólo tú puedes decidirlo, pero recuerda que en la vida no
hay borradores ni ensayos. Lo que tú hagas, es lo que va quedar
plasmado.
Acá te dejo una hoja en blanco, decide de qué forma va ser tu trazo…
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
033. Trazos de Amistad. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc
02/08/08 11:48 p.m. 04/08/08 7:40 p.m.

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