Había pasado en aquel cuarto mucho
tiempo de su vida, convirtiéndose así en su refugio, en ese sitio donde
podía estar a solas consigo misma y pensar en tantas cosas, cosas que
muchas veces la dejaban mal, la llenaban de tristeza, de nostalgia… de
dolor.
Cualquiera pensaría que ese sitio se trataba de su habitación, y en
cierta forma lo era, pero allí no había ninguna cama, tampoco su ropa,
zapatos ni nada parecido, aunque era un lugar espacioso. En medio yacía
reposando un muy cuidado piano, de esos que parecen una reliquia única
en el mundo. Más allá, con vista directa a la única ventana que tenía
aquel sitio, se encontraba un sillón bastante cómodo aunque viejo, junto
a dos pequeñas almohadillas y una colcha. No se podía decir mucho de
las paredes, no tenían casi nada de adornos y su color era uniforme.
También se visualizaba un espejo junto a una mesita con dos gavetas bien
cerradas. Nada más.
Al atardecer se abría la puerta como de costumbre, suavemente y sin
mucho ruido. Ella entraba al cuarto y ni siquiera se sentían sus pasos,
tal vez eran muy livianos o quizás el enorme silencio que había allí
hacía demasiado ruido. Entonces se detenía junto al piano mientras la
luz cesaba. Se sentaba y sus delicadas manos volaban por encima del
teclado, sus yemas tocaban aquel liso borde y presionaban una y otra
vez, la melodía salía volando e inundaba todo el espacio, llenando el
entorno delicadamente de esa nostalgia que te aprieta el alma. Tocaba
muy bien, o por lo menos eso le decían, más en estos atardeceres
mientras el sol cae ella toca tristes canciones, de esas que te ponen
más triste aún, melancólicas… tal vez así era ella, un alma llamada
melancolía.
Tocaba y tocaba mientras el sol se alejaba, y mientras más se alejaba más triste parecía aquel sonido. Así decían sus vecinos.
A la caída del sol ella toca, al cese de la luz y al comienzo de las
sombras. Cerraba sus ojos mientras se perdía en aquella escena, mientras
la luz en el suelo se hacía poca, cuando la iluminación de la
habitación ya no era tanta. Aquello era como mágico, sus dedos se
conectaban al movimiento del sol, y su melodía a la luz dentro del
cuarto.
Y cuando el sol desaparecía por completo ella dejaba de tocar, se
quedaba muy quieta pensando y en medio de aquella oscuridad. La ventana
era iluminada por los destellos de la luna. Se levantaba de su banco y
caminaba un poco hacia el sillón, se sentaba y comenzaba a sentir el
frío de la noche. Se acurrucaba entonces y se abrigaba con la colcha.
Muy quieta, tranquila, silente. Y en ese juego de luces y sombras,
silencios y ruidos ella pensaba en su vida y en lo que había sido… luego
lloraba, lloraba lo perdido.
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
041. A la caída del sol. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc
25/03/09 08:57 p.m.

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