Aquella calle es una de las más
tranquilas de la zona. En una esquina yace el abasto de Don Pepe, allí
puedes encontrar todo lo necesario para llenar tu despensa. A Pepe lo
caracteriza su sentido del humor y su risa contagiosa. A sus clientes
les encanta conversar con él, más que todo cuando se encuentra debajo
del árbol que está casi frente a la entrada de su establecimiento. Él
dice que no hay mejor sitio para conversar pues llega viento fresco a
todas horas.
Un día como cualquier otro, se posó una pequeña ave en las ramas de
aquel árbol. Cantaba sin cesar y Don Pepe se quedaba escuchando aquel
concierto. Más de uno de los clientes hizo lo mismo, les parecía bonito
su canto. Y así pasaron varios días hasta que de repente volvió el
silencio, sin embargo el ave seguía ahí en la rama, se movía de cuando
en cuando más no cantaba y su cabecita yacía sutilmente inclinada, como
si estuviera viendo alguna cosa hacia uno de los lados.
En un momento dado Pepe se quedó absorto en aquella escena, hasta que
Ángel, uno de sus clientes, lo hizo despertar al saludarlo. Conversaron
un poco y luego el viejo le comentó lo que sucedía con el ave.
– Me gustaría colocarle algo de comida, tal vez se trate de debilidad,
no lo sé. Me gusta como canta ese pajarillo, y por alguna razón siento
que le pasa algo -. Le dijo.
Ciertamente el viejo Pepe no podría alcanzar aquella rama por sí mismo, y
temía enviar a algún chico por miedo que se lastimara al tratar de
subir. No pasó mucho para cuando Pepe y Ángel se despidieron, cerraría
temprano el abasto pues tenía un compromiso familiar y así ambos se
alejaron.
Por alguna razón, Ángel se quedó pensando en aquella avecilla. Él era un
joven con bastante destreza, estaba casi seguro que él sí podría subir
hasta aquella rama pero había un problema, ya Don Pepe se había ido y no
abriría el abasto en todo el fin de semana, así que no tenía sentido
volver al lugar donde estaba el ave. Decidió concentrarse entonces en su
trabajo, tenía varios encargos que realizar, era un Ilustrador muy
hábil aunque lo que de verdad quería era convertirse en Pintor. Durante
un rato estuvo entretenido en lo que hacía, pero volvió a recordar al
ave y tomó su abrigo rumbo a la calle del abasto. Se hacía tarde y un
viento frío acechaba.
«¿Pero qué estoy haciendo? Debería regresar a casa… No, siento el impulso de ir hasta allá y es lo que haré…». Pensó.
Al llegar vio la puerta del abasto
cerrada, como era de esperar. No había nadie en la calle y tampoco
pasaban autos. Se quedó mirando la rama y allí estaba el ave, no se
movía, entonces pensó que tal vez ya no había nada que hacer pero fue
cuando el pajarillo se movió un poco.
«Creo que Don Pepe tenía razón, debe estar débil».
Al percatarse que nadie estaba mirando se subió al árbol. Le costó un
poco hasta que por fin pudo alcanzar la rama indicada. Miro y vio una
pequeña ave casi sin fuerzas, pensó que quizás estaría así por falta de
comida. Su mirada era triste. Entonces se dio cuenta que había otro
problema, ¡no tenía nada de comida para darle! Se culpó de ese descuido y
pensó en lo que podía hacer.
«¿Y si me llevó el ave? Igual nadie le dará comida, y mucho menos se
montarán en esta rama como yo. Bueno, lo haré sólo por esta vez».
Se dispuso agarrar el ave cuando se dio cuenta que sus plumas
ligeramente estaban manchadas de sangre. Aquello lo alertó. Vaciló un
instante, pero volvió a intentar tomar al ave entre sus manos y así lo
hizo, pero muy delicadamente pues el pajarillo estaba herido. Ángel
sabía tener cuidado en esta situación, de hecho relacionaba lo que
estaba sucediendo con aquellas veces en que tomó libros con hojas muy
delicadas entre sus manos, al visitar una que otra librería de calles
arriba. Bajó con cuidado del árbol. Mantuvo el ave entre sus manos para
darle el mayor calor posible y se fue a su pequeño departamento.
Al llegar buscó algún sitio donde poner el ave. No tenía una jaula ni
mucho menos, un ave era lo último que quería como mascota,
particularmente le agradaban más los gatos y tenía uno en casa llamado
Kookie. Era un dormilón y consentido. Por fin encontró una vieja caja de
zapatos, dentro puso un pedazo de tela y allí cobijó al ave.
«¿Qué hago con esta ave en mi casa? ¿Será que sobrevivirá?». Se preguntaba.
– Ok, si aún vives para el lunes te llevaré con Don Pepe -. Le dijo.
«¡Y ahora estoy hablando con un ave!».
Ángel intentó darle un poco de agua, y al parecer bebió. Le agradaba ver
que la pequeña criatura luchaba por vivir. Decidió ponerle un nombre
provisional, y se le ocurrió llamarle Eva porque era un avE. Le parecía
divertido el juego de letras.
Durante horas estuvo pendiente de Eva. Se regocijo al ver que probaba
bocado alguno, era buena señal y esas pequeñas cosas como ver este
animalito comer llenaban el instante. No entendía mucho el por qué
sentía tanta simpatía por el ave, sin embargo, se sentía contento de
poder ayudar un poco.
Después de un rato continúo su trabajo con las ilustraciones, y más
tarde encendió su computadora, revisó algunas cosas en Internet como su
correo electrónico, mientras un viejo radio le acompañaba con suaves
canciones. Kookie se hizo presente en aquella escena, se puso a dormir
cerca de la pantalla iluminada. Ángel aprovechó un momento de
inspiración para escribir un poema, aunque no le gustó mucho el producto
final.
Aquella era una escena que debía ser plasmada de alguna manera, tal vez
para ser recordada por siempre. Allí un chico sentado frente a una
computadora, entusiasmado y a la vez criticando un poco el producto de
su inspiración (pues no siempre un texto queda como uno en principio
quiere), a un lado un gato dormilón, más allá el viejo radio y una
pequeña lámpara, de fondo sus infaltables libros todos desordenados,
algunas herramientas de trabajo, ilustraciones… y una vieja caja de
zapatos que cobija una leve voz, un leve canto, que reposa, que ha caído
en silencio por culpa de una herida, una herida al costado de una
pequeña ave, que ahora yace tan vulnerable con sus ojos tristes. Un ave
que vivió en frío y ahora un pedazo de tela vieja cobija su cuerpo y su
herida.
Al llegar la mañana, Ángel salió disparado a ver qué había sucedido con
Eva. La movió un poco y allí estaba despierta, movía su cabecita. Él se
puso contento, una sonrisa escapó de sus labios. Le dio de comer y
beber. Al parecer Eva estaba retomando sus fuerzas, y cada vez se movía
más y se veía más llena de vida.
Al siguiente día un pequeño canto despertó al chico, emocionado supo
entonces que el ave no moriría pues ya casi era como había sido, era el
ave que Don Pepe conocía.
– Mañana te llevaré a tu rama. Te sentirás más como en casa. Don Pepe se
pondrá contento al ver que ya has vuelto a cantar -. Le decía.
Eva se la pasó cantando todo el día en casa de Ángel, mientras él hacía
sus dibujos. Uno de los que hizo era para sí mismo, un ave cantando
desde su ventana.
Allí estaban los tres: Kookie durmiendo, Eva cantando y él dibujando.
A la mañana siguiente, cuando Ángel fue en busca del ave para llevarla
con Don Pepe, se encontró con que la misma no estaba. Se percató que la
ventana estaba abierta y supo que Eva se había ido volando. Ángel no
dijo nada, creyó que Eva había regresado por sí misma hasta el árbol de
donde él la había bajado. Sonrió al saber que ella ya podía volar
nuevamente. Al disponerse a cerrar la ventana se encontró con una
sorpresa, había una pequeña flor que lo esperaba, se trataba de un
pequeño girasol. La luz de la mañana entraba por la ventana. Él tomó la
flor en sus manos y la puso dentro de la vieja caja de zapatos. Miró su
computadora y la encendió. Se dispuso a escribir sobre una idea, un ave
que según su apreciación… no tenía miedo.
Los girasoles se doblan con la tempestad
y el Sol las hace mirar al cielo.
Una herida en el costado, apaga un bello canto.
Un silencio, siempre ha de tener una razón
tal vez es una herida, tal vez, qué se yo…
Mientras las ciudades caminan
y hay historias que pasan desapercibidas,
los Ángeles se percatan de los detalles, de los instantes,
y así como ese Ángel que cobija
hay palabras que curan las heridas.
El ave que casi murió,
el ave que por amor resurgió,
el ave que vuelve a cantar
y aleteando irá a batallar.
Tus plumas que la sangre manchó,
la espina que a tu muerte llamó,
la sal cicatrizó tus heridas
y ese Ángel te dice que aún es que hay vida…
¡Vuela mi amiga!
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
040. Ángel. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc
18/03/09 8:12 p.m. – 8:24 p.m.

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