En los tiempos de la infancia, recuerdo
que nuestras visitas a la playa eran muy constantes y los más pequeños
jugábamos mientras mi padre, un gran pescador de la zona, trabajaba con
nuestro hermano mayor en ese bello mar que aún persiste en las fotos del
ayer. No recuerdo mucho mi niñez para ser franca, pero existe un día
que fue marcado con tinta indeleble en mi memoria, un tercer domingo de
junio que para mí era como cualquier otro día, pero todos en la casa
actuaban con cautela, como si algo escondieran. Me extrañó ver aquel
comportamiento pero no podía imaginar nada para ese entonces, tan sólo
escuchaba a la familia insistirle a mi padre llevarme a jugar a la playa
un rato.
– ¿Tengo que llevarla precisamente hoy? Se supone que hoy es un día para
mí, para descansar… -. Le decía a mi madre pero ella insistía.
Por fin accedió y otros dos de mis hermanitos vinieron también con nosotros.
Recuerdo que nos sentamos en la orilla al llegar. Mis hermanos corrían
por todo el sitio mientras yo preferí permanecer a su lado. Él miraba al
horizonte. Imaginé que quería ir a trabajar en la pesca, que extrañaba
su bote.
– Si quieres yo puedo acompañarte a trabajar, puedo ayudarte -. Le dije.
Él bajó su mirada y me sonrió con ternura.
– Tal vez si fueras un poquito más grande podrías ayudarme con las redes
-. Me respondió acariciando mis cabellos. Volvió su mirada al
horizonte.
– ¿Qué estás viendo papi? -.
– Veo el mar, siento la tranquilidad que trasmite el agua y pienso en tantas cosas…-.
– ¿Piensas en mami? -.
– En ella y en muchas otras cosas, como por ejemplo en este día y en ustedes… -.
– ¿Qué tiene de especial este día? -.
Me miró un poco extrañado.
– ¿No lo sabes? ¿No sabes qué día es hoy? -.
– No. ¡Oh! ¡Sí! Hoy es domingo… -. Él se sonrió.
– Hoy es el Día del Padre -.
– ¿Qué significa? -.
– Es una especie de reconocimiento a los chicos que tenemos hijos e
hijas tan lindas como tú -. Y me abrazó. Me encantaba que mi padre me
dijera que era linda.
– Reconocimiento… Entonces, hay que darte un premio… -.
– Un abrazo sería el mejor regalo -. Me dijo y lo abracé.
Al regresar a casa mi padre se encontró con su premio del día, la
familia le tenía preparada una sorpresa por eso actuaban como lo hacían.
Se notaba en sus ojos lo contento que estaba y lo bien que le hacía
recibir mucho cariño de parte de los seres que él más quería. Así fue
como me enteré de que existe un Día del Padre, una tarde en la playa…
Muchos días del padre después lo encontré a solas en su habitación,
mientras el resto de la familia yacía reunida en la sala compartiendo.
Toc toc. Toqué la puerta. Él me dijo que entrara. Colocó una hoja de papel en la mesita cercana y se quitó los lentes.
– ¿Qué leías? -. Pregunté.
– Un texto que encontré por Internet y me gustó, lo escribió un señor
llamado Walo San. Me parece muy acertado y muy sabio lo que expone -.
Respondió.
– ¿Si? -.
– Sí, él habla sobre el rol de padre y otras cosas bien importantes como
el afecto que le debemos, que no debemos olvidarnos de él, que necesita
nuestro cariño… -.
En ese momento recordé aquel instante en la playa, comprendí que lo que
él decía del regalo en aquel tiempo era lo que verdaderamente
necesitaba, un abrazo, cariño. Entendí que el Día del Padre no es un día
que necesariamente se deba festejar con objetos, con cosas materiales.
Él no quería irse a la playa aquella vez porque lo que más deseaba era
vivir ese día junto a quienes amaba, a todos los que amaba. Y en ese
instante también me di cuenta que nunca le había expresado como quería
mi cariño por él.
– ¿Sabes? Me doy cuenta que en todos mis años nunca te he expresado lo importante que eres para mí… -.
Él se quedó mirándome.
– Por años he visto tu trabajo, tus esfuerzos, todo lo que haces y has
hecho por tu familia, por nosotros. He visto las incontables ocasiones
en las cuales también hemos tenido aún roce, alguna discusión y aunque
te enojes muchísimo siempre eres flexible con nosotros e intentas
aconsejarnos porque precisamente quieres lo mejor para cada uno. Mis
hermanos no siempre tienen palabras agradables para ti y yo misma no
puedo decir que soy la mejor de las hijas, pero te queremos muchísimo
aunque se nos olvide expresarlo con una palmada, con un abrazo o una
sonrisa. Creemos que por ser maduros, y por tener edad para tomar
nuestras propias decisiones, sabemos elegir siempre el mejor camino sin
considerar tu gran experiencia de la vida. A veces hasta descartamos lo
que dices porque no nos parece adecuado, y resulta que tienes mucha más
razón para pensar de la manera en que lo haces. Olvidamos que aunque
somos adultos ante tu experiencia apenas actuamos como niños. Padre,
nunca has sido muy expresivo de afecto, de tus emociones pero siempre
supe que de vez en cuando necesitabas un abrazo que no supe darte porque
también dejé de ser aquella niña que junto a ti, a la orilla de la
playa, te tendía su mano y estaba pendiente de tu mirada al horizonte,
mirada que decía mucho y yo no sabía entender para entonces. Al crecer
dejé de escuchar tu mirada hasta hoy… Ahora entiendo que el mejor regalo
que puedo darte no es la chaqueta que te compré, sino decirte que te
amo con todo mi corazón. Hoy es el Día del Padre, un reconocimiento como
me decías aquel día en la playa, pero a parte de felicitarte a ti creo
que debemos felicitarnos entre todos tus hijos, felicitarnos por tener
la dicha de un Padre tan maravilloso como tú. Gracias por todas las
cosas que nunca te agradecí y por aquellas que aún hoy se me olvidará
agradecer… -. Allí lo abracé.
Él no me dijo nada, sabía que no lo haría pero sé que mis palabras, que mi mensaje había llegado hasta él.
Fue entonces cuando mi mamá nos llamó, él se puso de pie y salió de la
habitación, yo me quedé un momento más y en eso miré hacía la mesita,
allí estaba aquella hoja que él leía cuando yo entré. La tomé entre mis
manos y leí lo que allí decía…
Una carta de Papá
Temprano por la mañana para salir a
trabajar vio la correspondencia, solo había un sobre, venía dirigida a
su nombre y el remitente era “Papá”, lo abrió con mucha curiosidad, era
la primera vez que recibía una carta de su padre, no vivía lejos y lo
visitaba con regularidad, así que con ansia abrió y comenzó a leer.
“No te asustes al comenzar a leer esta carta que te envío, es solo que
no encontré ni el momento ni la forma de decirte de frente lo que
pienso, siempre te he hablado con la verdad, siempre traté de educarte
como mejor entendí la vida, jamás nadie me enseñó, aún y cuando tuve un
padre. Juré muchas veces antes de tener hijos que yo no me equivocaría
como sin querer mi padre se equivocó conmigo algunas veces, pero la
ignorancia casi siempre es mayor que el deseo de un padre por hacer
perfectas las cosas en la educación de los hijos y por desgracia, es
hasta que ha pasado el tiempo que uno debe reconocer en que se equivocó.
Por fortuna, las experiencias y la madurez de los hijos van excusando a
los padres en tan ardua labor por lo errores cometidos, como
seguramente tu ahora ya sabes.
Sin embargo mi carta no es para excusarme sino para pedirte algo en
correspondencia. Yo ya estoy en el ocaso de mi vida, y eso mismo hace
que me vuelva más sensible, que me haga sentir más vulnerable, menos
fuerte, menos apto, sin embargo sigo siendo yo mismo dentro de este
cuerpo viejo y cansado, sigo siendo yo con mi misma forma de pensar y de
actuar por lo que yo te pido:
No te desesperes conmigo como si yo fuera un imbécil, si, es cierto, soy
más lerdo y tú en tu madurez estás más apto para algunas cosas, pero el
cúmulo de mi experiencia requiere procesar más eventos que me permiten
ver más allá que tú, que me permiten ser mas preciso que tú, aunque me
tarde más en responder.
No me veas como un estorbo o una carga, cuanto quisiera yo poder seguir
siendo completamente independiente como tú lo eres, pero los años han
obligado la humildad en mí para pedir ayuda cuando no puedo solo.
No te desesperes conmigo cuando insisto en mis cosas y pienses que soy
un necio, durante muchos años en mi vida yo tomé decisiones, y ahora que
tú pretendes tomarlas por mí, solo me hacen sentir sin vida, inútil. Un
poco de paciencia y cariño me harán comprender si estoy equivocado,
solo estoy viejo, pero no incapacitado para reconocer cuando estoy
equivocado.
No te olvides de mí, una visita, una llamada de forma regular me hará sentir vivo y querido.
Acéptame cómo soy ahora, apóyame, ayúdame, compréndeme, hónrame y sobre todo, dame cariño.
Pero no creas que todo lo que te digo aquí es tan solo para hacerme
sentir bien, en realidad lo hago por ti, porque te amo, porque se que
algún día llegarás a mi edad y entonces lo que tu hayas sembrado a los
ojos de tus hijos, será lo que coseches para ti mismo y así tus hijos
con sus hijos.
Siembra hoy delante de tus hijos todo aquellos que quieras cosechar de
ellos y ellos mismos de los suyos, si lo haces, entonces cuando estés
viejo y veas tu esfuerzo reflejado en el actuar de tus hijos, podrás
decir que has sido un buen padre, porque les habrás educado para que
cuando sean viejos reciban el cariño que tanto se anhela cuando se es
viejo, entonces serás feliz de ser un buen Padre.
Con amor Tu padre
Walo San”.
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
046. Día del Padre. Colección Despierta. Waldylei Yépez.doc
19/06/09 Walo San
20/06/09 09:57 p.m. Waldylei

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