Abrió sus alitas y las expandió
completamente. Miraba fijamente al horizonte mientras medía la fuerza
del viento. Aquel pequeño de ojos soñadores, imaginó alzar el vuelo y
enfrentarse a la distancia, a la frontera… al abismo que los separa
muchas veces. Pequeños, pequeños de plumas suaves, pájaros de corazón
valiente, que de cuando en cuando alzan vuelo para encontrarse.
Allí puede vérseles, uno a lado del otro, frente al abismo que se
impone. Uno al lado del otro, sin querer separarse. Uno al lado del
otro, así es como quisieran quedarse.
Sus miradas se entristecen, saben que ha llegado el momento de
despedirse, de despedirse nuevamente… Y es que estas despedidas de
repente saben a muerte, porque son despedidas inacabables: muchas son,
muchas serán… muchas vendrán.
Sus ojos se iluminan cuando se encuentran, porque la vida está en
compartir, en sencillamente estar. Cuando alguno se va, ya no hay color,
ya no hay vida, ya no la hay.
Pájaros que se enfrentan a miles de kilómetros, que vuelan a lo alto y
aterrizan para estar juntos, pues juntos son felices. Pero, ¡Ay de
aquellos pobres! Cada despedida trae su propio destrozo, su propia
herida.
Él alza el vuelo y se enfrenta al abismo en pleno, y ella se queda sobre
la rama del árbol que está por irse al abismo, no porque caiga sino
porque el abismo se vuelca a ella al verlo partir. Lo ha visto partir
otras veces, y otras tantas es ella quien le tocó irse.
¿Cómo se puede vivir de encuentros y despedidas? Ellos sí que lo saben.
Parecen tranquilos, pero sólo parecen… sabe Dios qué les pasará por
dentro.
Y a la caída de la noche, cuando ella lo recuerda partir, su corazón se
destroza y le ataca la más letal de las melancolías. Se queda muy quieta
y su respiración se hace lenta. Se acurruca ante el frío que le embarga
y su mirada se vuelve triste. Cabizbaja.
Recuerda cuando ella se despidió, recuerda cuando él lo hizo… piensa en
todas las veces que volverá a ocurrir. Le parece triste. Nada se puede
decir. Se queda muy quieta y melodías muy tristes rondan su cabeza.
Siente morir… una vez más.
No queda otra cosa que un abismo entre ellos. No queda otra cosa que la
esperanza de que un día, aún muy lejano, vuelvan a estar juntos. No
queda otra cosa… tan sólo queda la nada y la triste canción de la caída
del sol.
Hace tanto frío ahora. Sus ojos quedan empañados. Un arranque de coraje
le hace levantar la cabeza, así como cuando alzas la vista para que las
lágrimas no caigan, pero igual lo hacen aunque tú no quieras.
Alza su propio vuelo en sentido contrario, pues hay una vida que continuar aunque parezca que la despedida te arrebata todo.
Al cerrar el día parece que todo termina, pero mañana será otro día… y
aquella pajarita que cree morir por su despedida, seguirá el camino con
la esperanza de volver a encontrarlo un día…
Los pajaritos regresan a su mundo.
Cada uno está al otro lado del abismo:
tierra, mar y montaña,
arena, piedra y un gran río,
he allí el gran espacio que a ellos separa,
he allí el espacio sombrío.
Nuevas despedidas vendrán
y un día, alguno, irá al otro lado
a visitar al ser que más han anhelado:
“El Amor vence las fronteras”
pero también causa penas,
las penas que dejan dolor
el dolor de saber de tu adiós.
Pues no basta sólo con escuchar tu voz,
ese canto anhelado que hace aparecer al sol.
Su sol se fue, se fue su sol.
Siguen siendo uno,
pero sus mundos siguen siendo dos…
Siguen siendo dos…
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
019. Al otro lado del abismo. Colección Albor. Waldylei Yépez.doc
24/09/2010
11/02/2011
12/02/2011 1:06 a.m. – 10:45 a.m. – 10:52 a.m.

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