Para quien quiera saberlo, para quien quiera entenderlo, para quien quiera reprocharlo… esta es mi historia.
No soy alguien con fama, poder o dinero, y aún así hay gente que se
interesa por lo que le pasa a uno en la vida. No sé por qué la gente
será así. Y bueno, decidí contarle mi historia a este papel porque es la
única forma quizás de darle una revisión a lo que ha pasado en mi vida,
y la verdad es que no han sido pocas cosas, pero nunca tantas.
Mi nombre es Paula y llegué a esta ciudad cuando me tocó entrar a la
Universidad. Mis padres terminaron comprando la casa que me sirvió de
residencia los primeros meses aquí, y la verdad es que nunca llegué a
tener problemas: mi vida universitaria fue excelente, conocí mucha gente
y, después de graduarme, puse mi propia pequeña empresa donde se
fabricaban cajas de cartón. Más o menos a la mitad de la carrera, conocí
a un hombre muy amable llamado Alejandro, él tampoco era de la ciudad
como yo, sus padres vivían a un par de horas de donde estábamos.
Salíamos de vez en cuando y terminamos enamorados; para cuando culminé
mi carrera ya me encontraba comprometida con él, y nos casamos algunos
meses más tarde. Vivíamos en su apartamento, que evidentemente pasó a
ser nuestro apartamento, pero después de algunos años la relación se fue
enfriando en lo que amor de pareja respecta. Claro, debo admitir que
nunca nos tratamos mal a pesar de las diferencias de opinión que a veces
teníamos. Digamos que nos volvimos amigos y dejamos de ser amantes
enamorados.
Un día salí con una amiga a comer en la calle, comida rápida
básicamente, y mientras compartíamos en una mesita, que daba vista a la
calle, pasó un chico bastante guapo caminando por la acera. Me atrajo de
inmediato y sin siquiera poder evitarlo lo seguí con la mirada desde
que apareció hasta que pasó por completo y se alejó de la ventana, mi
amiga se echó a reír y comenzó a molestarme, yo por supuesto me sentí un
poco apenada. Justo en ese momento ella me dijo que se tenía que ir, y
yo sin ganas de llegar a mi casa le dije que me quedaría allí un poco
más. Ella asintió y se despidió de mí con un beso en la mejilla. Un
instante después me pasa por un lado la figura de una persona, yo lo
seguí con la mirada hasta que tomó una mesa y resultó ser el chico que
acababa de ver pasar. No podía quitarle la vista de encima, pues de
verdad me parecía muy guapo. Vi que le dijo al que lo atendió que quería
un plato y bebida, después echó algunas miradas hacia los lados y en
una de esas nuestros ojos entraron en contacto, estuvimos así como cinco
segundos hasta que él me sonrío y me di cuenta que él sabía que lo
estaba observando, me apené y volteé mi mirada.
De repente, escuché una voz masculina.
– ¿Está esperando a alguien? -. Esa voz “me mató”.
– No -. Apenas alcancé a responder cuando me di cuenta de que se trataba del chico.
– Entonces, ¿puedo sentarme? -. Yo asentí. Me puse nerviosa.
Quería invitarme algo y le dije que
acababa de comer con una amiga, de todas maneras insistió en que le
aceptara un refresco y así fue. Conversamos cosas triviales y la verdad
me sentía a gusto. Después de comer, salimos y nos sentamos cerca de la
fuente que estaba al frente del sitio, allí continuamos hablando de las
cosas de la vida. Yo lo veía sonreír y me encantaba su sonrisa.
Cuando todo parecía estar fenomenal, sonó mi teléfono celular. Vi quien
era y eso me heló. Contesté la llamada y le dije que estaba dando una
vuelta, que pronto regresaría. Corté la llamada y le dije al chico que
me tenía que ir.
– No puede ser… si está tan genial la noche y sobretodo la conversación -.
– Pues sí, está genial… es genial poder conversar horas y horas -.
– Mejor devuelve la llamada y dile a tu mamá, si fue ella quien te
llamó, que yo te voy acompañar hasta tu casa, que no se preocupe -. Y la
verdad sus palabras sonaron tiernas.
– No fue mi madre quien me llamó… -. Medio sonreí con pesar.
– Entonces, ¿quién? -. Subí mi mano para que se notara mi anillo.
– Mi esposo… -. Él quedó todo impactado.
– Señora… no me percaté del anillo -. Intentó disculparse. – Disculpe si llegué a decir algo que no era correcto… -.
Las palabras no se prolongaron más de lo
necesario, le dije que todo estaba bien y comencé mi camino hacia la
casa. Recuerdo que pasé la calle y justo antes de doblar, me volteé
hacia la fuente y él aún estaba ahí, me seguía con la mirada mientras me
alejaba. Por alguna razón, sentí que ambos nos habíamos quedado con
pesar. Ese fue el primer día en que odié ser “la señora de”.
La siguiente semana fui a comer sola a ese lugar, justo a la hora en que
él había llegado aquel día, pues tenía la secreta esperanza de volver a
verlo.
– ¿Está esperando a alguien? -. Oí
decir. Miré y le contesté que no. Se sentó nuevamente en mi mesa. – ¿Ya
comió? -. Me preguntó.
– No -. Contesté, pero en realidad quería decir: “No, porque estaba esperándote”.
Comimos y también conversamos bastante entre medio. Así nació el encontrarnos cada semana a comer ahí mismo, aunque unas tres semanas después quedaríamos a comer en otros sitios. Así fue que comenzó mis comidas con el chico que me gustaba, y al cual yo también le gustaba. No tocamos el tema de mi matrimonio, y tampoco hablábamos de un noviazgo ni nada parecido, eso era más una amistad donde ambos sabíamos que en el otro había un sentir especial. Él sí me contó de su vida, me mostró fotos de sus amigos y familiares, cosas que tenía en su teléfono celular. Quería que conociera de él, pero nunca buscó saber de mi vida, e incluso me pidió no enseñarle nada.
– Ricardo -. Así se llamaba. – ¿Por qué no quieres saber acerca de mis amigos, por ejemplo? -.
– Porque ellos deben conocerlo a él, a tu esposo, y deben creer que
tienes un matrimonio feliz. Yo prefiero mantenerme apartado de ese
mundo… -.
– Dices que ellos deben creer que tengo un matrimonio feliz, pero quizás más que creerlo lo saben, ¿no has pensado en eso? -.
– Paula, si tuvieras un matrimonio feliz no estarías aquí conmigo. ¿Cómo
lo sé? Tu mirada no es la mirada de una amiga. Tus ojos a la hora de
irte se ponen tristes, pero cuando hablas conmigo te emocionas, te
sonríes, te gusta estar conmigo… No me mientas intentando decir que eres
feliz con él… -.
Sus palabras calaron hondo en mí y, aunque intenté disimularlo, una lágrima terminó apareciendo para desmontar mi sonrisa fingida.
– No tienes que hacerte la fuerte conmigo -. Me dijo ofreciéndome sus brazos.
Me desmoroné ahí mismo, él fue quien se apresuró abrazarme y terminé aferrada a él. Era cierto, yo me sentía desdichada y sentía que debía fingir ser la señora de alguien que ya no amaba, cosa que de verdad llegaba a destrozarme. Secó mis mejillas con sus dedos, entonces colocó sus manos en cada extremo de mi cara y se sonrió conmigo.
– Eres preciosa… -. Eso me dijo y me dio más ganas de llorar. Entonces acercó sus labios a los míos, y esa fue la primera vez que me besó.
Si bien correspondí su beso, terminé alejándolo de mí y moví mi cabeza en señal de negación. Aquello no podía ser porque yo era una mujer casada, no felizmente casada pero casada al fin. Huí de él, huí de ese sitio y regresé a casa, sólo para darme cuenta que me hubiera gustado más quedarme con él. No dejé de pensar en ese beso en toda la noche, recuerdo que me tuve que levantar porque me dio sed, y justo detrás de mí venía mi esposo.
– ¿No puedes dormir? -. Me preguntó.
– No, no puedo dormir, Alejandro -.
– Seguramente es producto del estrés, mi amor. Debes tomar las cosas con más calma… -. Entonces se acercó y me abrazó.
Sentí inmediato rechazo al roce de su
piel, y lo peor era que no me lo podía quitar de encima porque se iba
notar demasiado. Me tragué las ganas de alejarlo de mí. Era increíble la
situación que vivía, estaba en brazos de un hombre mientras anhelaba a
otro. Comencé a sentirme miserable y a reprocharme una y otra vez la
situación, la misma que yo había propiciado. Regresamos a la habitación y
él terminó durmiéndose pero abrazado a mí, y yo sin ganas siquiera de
sentir su aliento que rozaba con mi cuello.
Pasaron los días, yo me quedaba trabajando lo más que podía en la
oficina porque no quería pensar. En la fábrica nos iba bien, aprovechaba
el tiempo para estar allí pues me servía más revisar cuentas que
quedarme pensando en Ricardo o qué hacer con Alejandro.
Ricardo por su parte no me buscó en esos días, de hecho él siempre
esperaba a que fuera yo quien le llamara, siempre me decía que era para
evitar llamar y ponerme en una situación incómoda con mi esposo. Yo
pensaba justo en que no debía llamarlo, aquello ya había dejado de ser
una amistad, aunque a esas alturas pensaba que nunca había sido tal. Sin
embargo, necesitaba verlo o escucharlo pues de verdad me hacía mucha
falta. Me opuse tanto como mi mente pudo, pero mi corazón habló más alto
y lo llamé. Quedamos en encontrarnos en un parque, y así fue.
Esa tarde la pasé muy bien con él, era más conversación que cualquier
cosa eso sí. Me hacía reír con sus locuras, a veces parecía un niño,
tenía un buen sentido del humor y siempre intentaba hacerme sonreír.
Recuerdo que quiso regalarme un oso de peluche, una rosa y hasta un
globo… con pesar siempre terminé diciéndole que no, porque no podía
quedarme con esas cosas. Sé que a él no le gustaba la situación, o que
rechazara sus obsequios pero al final de cuentas yo seguía siendo “la
señora de”, y eso estaba por encima de todo, incluso de su amor y del
mío. Cuando se terminó la tarde cada uno tomó su camino, no sin antes
despedirnos y recuerdo que él me besó en la mejilla, sin embargo,
tenerlo tan cerca de nuevo a mí me gustó mucho, y cuando le fui a besar
lo hice pero más cerca de la boca, él captó de inmediato mi intención y
se movió un poquito hasta que sus labios rozaron apenas los míos, eso
despertó una emoción en mí entonces me aferré a su cuello mientras lo
besaba en los labios y él me correspondía. En ese instante, mi situación
ya no me importaba, ya no importaba que estuviera “amarrada” a otro
hombre, seguí mi instinto nada más y en esos segundos en mí vivió la
mujer enamorada, vivía ese enamoramiento inocente o esa ilusión que te
hace palpitar el corazón; me sentí feliz, me sentí amada al recibir
aquel beso, así mismo como desde hacía mucho no me sentía. Regresé a mi
casa contenta, ilusionada. Al llegar, Alejandro estaba esperándome y me
saludó con el reglamentario beso de siempre, así de rápido, sin emoción y
acostumbrado.
Pasarían algunas semanas, yo seguía encontrándome con Ricardo y sus
deliciosos besos, hasta que la relación subió al siguiente peldaño y se
configuraría plenamente mi aventura extramarital con él. La gente piensa
que los amantes son, en su mayoría, relaciones de corte más bien
sexual, pero en mi caso no era así, de hecho pasaría mucho tiempo antes
de llegar a ese punto, por tanto, yo veía en Ricardo ese cariño, esa
compañía y comprensión que necesitaba, es decir, estaba muy presente el
punto emocional. Antes dije eso de “mi aventura extramarital”, pero más
que una aventura yo lo catalogaría como “mi amor más allá de los papeles
legales”, porque lo único que me unía a Alejandro eran papeles y
costumbre, insisto en que éramos buenos amigos pero ya no amantes
enamorados, y eso era cierto porque ni el tema íntimo existía hacía
meses entre nosotros. Así que no se trataba de que estuviera con dos
hombres a la vez, en realidad yo estaba con Ricardo pero “vivía” en casa
de Alejandro.
Yo amaba a Ricardo y, aunque fuese difícil de creer, le era fiel a él.
Sólo necesitaba alejar el tema íntimo entre Alejandro y yo, y ni
siquiera era algo que necesitara controlar, sencillamente Alejandro
había pasado a ser un amigo dentro de aquella casa, como ya dije. En el
tema de los besos, pues Alejandro me besaba apenas rozando los labios
con sus besos reglamentarios. A veces me abrazaba o me acaricia el brazo
antes de dormir, de mi parte intentaba no tocarlo nunca.
A pesar de alejarme de Alejandro como pareja, no dejamos de ser buenos
amigos, incluso yo le ayudaba con sus cuentas, salíamos juntos al
supermercado, de vez en cuando visitábamos a nuestros padres, íbamos a
comer, cuando iba a llegar tarde él me avisaba (de hecho nunca hacía
nada sin avisarme, yo sabía dónde estaba en todo momento), lo acompañaba
al banco, cuando se enfermaba salía a urgencias con él, estaba
pendiente de sus medicinas, lo cuidaba, etc. En temas que no fueran de
pareja, teníamos una muy bonita relación, nos apoyábamos mucho. A
Ricardo no le gustaba que yo saliera con él, lo supe siempre, a pesar de
no decirlo abiertamente sé que sentía celos de Alejandro, y yo le
insistía con que mi relación de pareja con él se había enfriado hacía
mucho, pero en otros términos yo siempre le iba a prestar mi ayuda y
apoyo, y eso no estaba en discusión.
Un día salí a bailar con Ricardo, se suponía que Alejandro iba llegar
tarde a la casa porque estaba reunido con unos clientes, el problema es
que no lo dejé hablar mucho y no terminó de decirme dónde iba hacer tal
reunión. Me confié y salí con mi novio, así lo veía yo como “mi novio”, y
fuimos a un sitio lujoso que era un restaurante con una pista de baile,
un casino y otro restaurante más formal. Llegamos y entramos, nos
tomamos algo mientras veíamos a la gente bailar, al rato Ricardo me
invita y pasamos a la pista de baile, pusieron una música romántica y
quedamos abrazados, él me decía muchas cosas bonitas mientras yo le
sonreía y de vez en cuando nos besábamos, todo iba bien hasta que me dio
por mirar a la puerta, que a demás unía ese sitio con el otro
restaurante más formal, y justo ahí encontré el rostro de Alejandro.
Abrí mis ojos en sorpresa, y justo en ese momento nuestros ojos se
encontraron directamente… ¡Trágame tierra! No sabía cuánto tiempo
llevaba ahí parado pero en su expresión rondaba la rabia y el
sufrimiento. Pensé que todo iba terminar en escándalo, fue entonces que
alguien más tocó su hombro y le dijo algo, hizo señales de que fuera al
otro lado (donde estaba el restaurante formal), él asintió y dio una
última mirada hacia mí, yo podía verlo justo por encima del hombro de
Ricardo, y salió del sitio. Me disculpé con mi novio, le pedí que me
esperara en la mesa y salí por el mismo sitio por el que se fue
Alejandro, llegué hasta la calle y pude verlo a lo lejos despedirse de
los clientes con quienes había estado. Se quedó parado en la acera
mientras el auto de estas personas partía, luego se movió hacía el suyo y
antes de montarse volvió a mirar a la puerta de aquel local, ahí me
encontró parada. Yo estaba inmóvil, no podía pensar en nada. La
expresión de su rostro era mucho más dolorosa, abrió la puerta del auto y
se montó, lo encendió y se marchó, y aunque todo esto fuera en cuestión
de segundos para mí fue una eternidad.
«Mi esposo acaba de verme con mi amante». Pensé y no pude quitarme ese pensamiento.
Regresé a la mesa y le dije a Ricardo que tenía que irme.
– ¿Por qué? -.
– Mi esposo… acaba de vernos… -. Tomé mi abrigo y él me siguió.
Ya en la calle continuaba diciéndome.
– Sí, nos vio… ¿y qué? Ahora vas a poder dejarlo -.
– No es tan sencillo… -.
– Sí lo es, además no quiero que regreses a su casa. En este momento
debe estar furioso, y no quiero que te quedes sola con él en ese estado…
-. Se mostraba preocupado.
– No me pongas más nerviosa ¿quieres? Yo no le temo a Alejandro, lo
conozco porque llevo con él muchos años, y sé que puede destruir la casa
pero no me haría daño a mí… -. No sabía qué hacer, de repente el mundo
se me había venido encima.
– Quédate conmigo, por favor -.
– Soy su esposa aún, debo ir allá y dar la cara, porque a la final ésta
fue decisión mía: amarte a ti estando con él. Yo debí decirle todo esto
antes, ahora debo asumir mi responsabilidad… -.
– ¿Quieres que te lleve? -.
– No -.
– ¿Cuándo volveré a verte? -.
– Yo te llamo… -. Tomé un taxi y lo dejé allí.
Regresé a la casa en el taxi. Las luces estaban apagadas, pero vi el auto de Alejandro en el garaje así que él estaba allí. Respiré profundo y entré. Encendí las luces y lo encontré sentado en el mueble, él había estado a oscuras todo ese rato. Puse mi abrigo sobre el mueble más cercano que tenía y me senté, las llaves las puse sobre la mesa que nos separaba. El ruido que hizo las llaves sobre el vidrio hizo que él se despertara de su letargo, y fue levantando poco a poco la mirada hasta encontrarse con la mía. Yo no sabía qué decirle, ¿acaso era apropiado pedirle perdón? Pero, ¿por qué le iba pedir perdón por lo que yo sentía por Ricardo? ¿Por qué le iba pedir perdón cuando yo no sentía que eso era lo que debía hacer? Quizás debía comenzar por explicarle, pero ¿qué iba explicarle? Ya cuando se me ocurrió decir algo, él me habló a mí.
– ¿Es tu amante? -. Su voz se
entrecortaba, no sabía si era más por rabia o por dolor. Dudé de si
responder eso o no, sin embargo, podía ver que él quería ir al grano.
Respiré profundo antes de responderle.
– Sí -.
– ¿Desde cuándo? -.
– No te voy a responder eso, no vale la pena -. Pude ver como su rostro
expresaba un dolor profundo, así como cuando sientes que algo te
atraviesa el pecho.
Después de eso el silencio fue sepulcral, me pareció una eternidad y apenas fueron unos pocos minutos.
Se levantó de su asiento con problemas de equilibrio, no estaba borracho
así que no tenía que ver con eso. Lo vi caminar hacia la habitación con
pasos lentos y cortos, cabizbajo. Ahí se encerró. No habló más conmigo.
Yo estaba que me moría, tenía muchas ganas de llorar pero me mantuve
fuerte. Esa noche dormí en la otra habitación que teníamos disponible,
al siguiente día él salió sin despedirse, ni me hablaba y ni me miraba.
Esa misma noche lo encaré porque no podía seguir así, si él ya sabía de
mi aventura era ser demasiado cara dura quedarme en su casa, yo tenía la
mía (la que habían comprado mis padres para mí en mi época de
estudiante) así que decidí irme de esa casa. Él evidentemente no se
opuso, pero antes de irme decidió dirigirme unas pocas palabras, más
bien me hizo un par de preguntas.
– ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué preferiste serme infiel? -.
– Pensé en decirte lo que pasaba, y siempre que quise titubee al final.
Debí decirte la verdad, decirte que había decidido amar a otro hombre…
porque al final, amar es una cuestión de decisión ¿no? No tengo miedo de
hacerme responsable de las consecuencias, pero la verdad es que nunca
quise hacerte daño, no había razón… -. No me dijo nada.
Tomé algunas de mis cosas y salí de
aquella casa. Me instalé en la mía un par de horas más tarde. Fue
entonces cuando llamé a Ricardo y le conté que me había separado de mi
esposo. A él le gustó lo que había pasado, aunque intentó disimularlo un
poco. Al final me propuso irme a vivir con él, a lo cual le dije que no
y se molestó conmigo, me dio mil argumentos donde expresaba que él
quería algo serio, quería que fuéramos una pareja como tal, quería
llevarme a conocer a su familia y que, por fin, compartiéramos con sus
amigos a quienes me quería presentar como su novia, es decir, quería
tener lo que las parejas tradicionales tienen: un círculo común de
amigos, reuniones familiares, tortas de cumpleaños, etc. Pero yo no
estaba en condiciones de eso, ni estaba en condiciones de nada. Recuerdo
que se quedó molesto, pero eso no haría cambiar mi decisión porque una
cosa era estar enamorada y otra era actuar por impulso.
Seguí mi día a día sin muchos cambios, me mantuve trabajando lo más que
podía en mi oficina pero la fabrica tenía sus altos y bajos, cosa que me
estresaba mucho.
Alrededor del primer mes de separación, a mi oficina terminó llegando
Alejandro un día por la tarde. Recuerdo que alguien tocó la puerta y
esperé a que pasara, mi sorpresa fue grande al verlo justo a él ahí.
– ¿Estás ocupada? -. Me preguntó.
– Estaba viendo cuentas de la fábrica, ganancias y pérdidas, pero nada muy urgente -.
– Entonces tienes algunos minutos para recibirme ¿o no? -.
– Claro que sí, siéntate por favor -. Él se sentó, yo me levanté y cerré
la puerta para tener más privacidad. – ¿En qué puedo ayudarte? -.
– Quería saber cómo estás, si todo marcha bien… -.
– Todo va bien, sí, bien -. Le dije aunque no estaba muy convencida de lo que me decía.
Conversamos cosas triviales, me recordó que el siguiente mes sería el cumpleaños de su mamá, que le iba bien a la empresa y con los clientes, etc. Cuando se acabaron los temas triviales fue cuando decidió decirme lo que de verdad quería. Pero antes de hablar tomó aire, vi que sus manos temblaban.
– Quiero… quiero que regreses conmigo… -. Juro que eso me dejó en shock.
– ¿Qué? -.
– ¿Conoces la canción de Sabú: “Quizás sí, quizás no”? -.
– Sí -. Comenzó a llorar frente a mí.
– “Miénteme, creeré lo que digas tú. Olvidaré, no te he visto con él si
lo juras tú” -. Tarareó entrecortado aquella famosa canción de esa
manera, mientras su rostro se humedecía por completo.
– ¿Qué estás diciendo? -. Le pregunté sollozando, no podía creer que me
estuviera diciendo eso. Lloré con él, lloré por verlo así tan destruido,
lloré porque hasta ese momento no sabía cuáles eran las consecuencias
de mis actos. Lloré por haber destruido a quien alguna vez amé.
Escondió su cara con sus manos mientras seguía llorando, yo tampoco paraba de llorar y no sabía qué hacer. Juro que jamás quise que él pasara por esto, olvidé que él me amaba tanto que lloraría por mi traición. Me sentía terrible…
– Vuelve… vuelve conmigo… -. Repitió descubriéndose el rostro.
Yo lo abracé, era lo único que podía
hacer, y él se aferró a mí como nunca. Yo no respondí su petición, era
mucho más feo decirle que volvería con él tan sólo porque le había visto
llorar, no era justo para él volver y que yo no le amara como
correspondía. Un rato después terminó yéndose, pero sintiéndose mal por
la escena que había protagonizado, se sentía avergonzado.
Un mes después, justo el día del cumpleaños de su mamá, que era día
sábado, decidí llamarla para felicitarla, arriesgándome a que me pudiera
insultar porque yo no sabía si ella sabía lo que había pasado sobre
nuestra separación. De todas maneras me arriesgué, valía la pena porque
ella siempre se había portado muy bien conmigo, sería malo de mi parte
no felicitarla siquiera. Recuerdo que marqué su número y al contestarme
le di mis saludos, ella me habló muy cariñosamente como siempre, y me
preguntó si iría hasta su casa, entonces intenté disculparme y decirle
que no pero no me dejó. Insistió tanto que le dije que iría a llevarle
un regalo. Salí y le compré algo bonito, tomé el auto y comencé mi
travesía de dos horas más o menos. Al llegar allá me encontré con casi
todos los miembros de la familia, aunque aún no llegaba Alejandro, y por
la manera como me trataban me daba la impresión de que nada sabían
sobre nuestro problema. Hablando un poco de la casa de mis suegros,
aquella era bastante grande, ellos decían que tenía que ser así porque
eran un familia muy numerosa y realmente lo eran. Los hermanos de
Alejandro vivían en esa misma ciudad, mientras que él era el que estaba
más lejos, por tanto, ellos se reunían mucho en casa de sus padres.
Sobre ese día, pues recuerdo que conversamos un buen rato entre todos, y
ellos me preguntaban a qué hora iba a llegar mi esposo, cosa que era
imposible que yo lo supiera porque ya no vivía con él pero ellos no lo
sabían. Me insistían con que lo llamara, al final lo hice para poder
alertarlo de que yo estaba allá y todos preguntaban por él. Me atendió
la llamada, le pedí disculpas por molestarlo y le conté que fui a
llevarle un regalo de cumpleaños a su mamá, que allá estaba toda la
familia reunida y que me preguntaban por él; su respuesta no fue muy
animada, él estaba acostado y no tenía ganas de salir, fue entonces que
le pasé el teléfono a mi suegra para que le dijera directamente que no
se iba presentar, al final ella terminó convenciéndole y Alejandro se
aparecería unas horas después, ya cuando comenzaba la noche.
Nos mantuvimos cada uno por su lado, y no podía encontrar el momento
adecuado para irme sin levantar sospechas de algo, terminé quedándome
hasta tarde. Por su parte, Alejandro decidió compartir algunas cervezas
con sus hermanos, cosa que no era su costumbre, y terminó
emborrachándose con algunas pocas botellas. Ya no estaba en condiciones
de manejar, así que terminé quitándole la llave de su auto y lo guardé
allí mismo, a él lo subí a mi auto y lo llevé a casa, no podía dejarlo
en casa de su madre y yo irme, y no podía quedarme allá con él así que
lo más adecuado que vi fue lo hice.
Llegamos bastante tarde a su casa, metí el auto al garaje para que me
fuera más fácil sacarlo a él y meterlo a la casa. Lo llevé hasta la
habitación y lo acosté, le quité los zapatos y ahí lo dejé dormir. Salí
con la intención de irme, pero me quedé observando un instante el
desorden que había en aquella casa, las cosas ya no estaban como las
había dejado, pero bueno era comprensible porque ya habían pasado un par
de meses. Me asomé a la cocina y me dio muchísima rabia ver en fila
algunas botellas de alcohol, cosa que Alejandro no acostumbraba hacer
porque él no bebía, así que tomé cada una y las vacié, luego agarré las
botellas vacías y las metí en una bolsa de basura y así me quedé
ordenando. Cuando me di cuenta ya faltaba poco para amanecer, así que
decidí quedarme ahí en la habitación vacía.
Al día siguiente fui la primera en despertarme, y como tenía hambre
decidí prepararme algo de desayuno, al final preparé el desayuno para
ambos. Pan tostado, huevos revueltos, mantequilla, café calientito…
Pensé que yo comería sola primero, porque igual yo no iba a despertar a
Alejandro, pero resultó que lo vi aparecer cuando me disponía a
sentarme. Su rostro mostraba sorpresa y una secreta alegría.
– Si me das unos minutos para bañarme rápido, podremos desayunar juntos… -.
Hubo algo en eso de “desayunar juntos”
que no me gustó mucho, o sea yo sabía o presentía su secreta alegría y
me parecía que justo hice algo que se daba para malinterpretar, pero ya
que estaba ahí le dije que lo esperaría. Mientras él se bañaba decidí
buscar algo de ropa limpia, entre la ropa que aún estaba ahí mía.
Él regresó a la cocina bien arregladito, hasta se había afeitado, y con
una sonrisa que no le veía en su rostro desde hacía mucho. Todo eso me
daba muy mala espina.
Desayunamos y hablamos cosas triviales. Después le dije que me iría,
pero él me recordó que su auto estaba en casa de su mamá, y necesitaba
ir a buscarlo… no vi problema con eso, hasta que recordé que su madre
vivía a dos horas de ahí, así que se trataba de un viaje y él me estaba
pidiendo indirectamente que lo llevara. Yo queriendo alejarme de él y
todo confabulándose para seguir con él.
Tomamos el auto y viajamos a casa de su madre, al estar allá ella nos insistió en quedarnos para el almuerzo y no me pude negar.
El algún momento, recibí una llamada de Ricardo, ya él me llamaba porque
yo estaba separada de mi esposo, pero tuvimos una fuerte discusión por
teléfono cuando me preguntó dónde estaba. Me colgó la llamada.
Almorzamos en la casa de los suegros, y después cada uno iba a regresar a
su casa en su propio auto, sin embargo, y es que de verdad todo se
confabulaba para que permaneciera con Alejandro, su madre nos pidió que
le diéramos un espacio en casa esa noche, para ella y una hermana de él,
porque necesitaban estar muy temprano en nuestra ciudad por un trámite y
era más fácil quedarse en “nuestra casa” que salir desde allá.
Alejandro les dijo que sí de inmediato, como corresponde, pero fue
entonces que me di cuenta que me había comprometido a mí también, porque
para ellos nuestro matrimonio estaba bien y decirles justo en ese
momento que no era así, no era precisamente lo más adecuado. Regresamos a
la ciudad, pero por el compromiso que tenía ahora tuve que regresar a
casa de Alejandro y no a la mía. A todo esto, yo no dejaba de pensar en
la llamada de Ricardo, si se había molestado tanto por decirle que
estaba en la casa de los suegros, podría ser el “fin del mundo” si le
decía que había dormido en casa de Alejandro y que esa noche volvería a
dormir allá. Más tarde me daría cuenta que terminaría durmiendo con
Alejandro, en la que había sido “nuestra cama”, porque no había más
espacios disponibles. Así que el aparentar cosas frente a la familia de
él, me estaba costando muy caro.
Al final comprendí que no podía decirle estas cosas a Ricardo, porque
aunque no hubiese pasado nada, para Ricardo no sería así e iba a
malinterpretar todo.
Y como si no tuviera suficientes problemas, Ricardo me volvió a llamar
en la noche cuando justo Alejandro estaba cerca y terminó escuchándolo,
me preguntó dónde estaba y no pude mentirle. Se puso furioso, me repetía
que había vuelto con mi esposo y yo intentaba explicarle que no, me
gritó diciéndome que no le mintiera, yo intentaba defenderme…
– ¡SÉ SUFICIENTE MUJER Y DEJA DE JUGAR CON ÉL, Y DEJA DE JUGAR CONMIGO! -. Me gritó eso y colgó la llamada, no sin antes gritarme que lo nuestro había terminado.
Ahora mi vida era un completo desastre,
estaba fingiendo un matrimonio feliz que no era tal, todo por guardar
apariencias, y el hombre que amaba me había dejado porque “le estaba
siendo infiel con mi esposo”, aunque suene absurdo. Recuerdo que me metí
al baño a bañarme, pero en realidad quería esconder mis lágrimas, y
justo quedaron escondidas cuando metí mi rostro a la regadera y se
confundieron con el agua. Ya no tenía nada que perder, porque ya había
perdido todo. Estaba despechada porque el hombre que amaba pensaba que
jugaba con él, y me había dejado por eso.
Salí y me fui acostar, sí, una vez más justo al lado del hombre que no
amaba. Me metí entre las sábanas y me puse de lado, las luces se
apagaron y no pasó mucho para cuando Alejandro comenzó a hablarme de su
amor. Ya sabía yo que algo así pasaría, recordé la mala espina que me
dio su actitud y sonrisa en el desayuno. Pero todo estaba configurado
para que él aprovechara la ocasión de “recuperarme”, porque yo había
accedido a muchas cosas incluyendo dormir a su lado para aparentar un
matrimonio feliz, así que todo eso era mi responsabilidad, de la misma
manera que era mi responsabilidad que Ricardo me dejara. Me sentía tan
mal, era una mujer despechada en ese instante.
Alejandro me dijo muchas cosas e incluso lloró en varias ocasiones, todo
en voz baja para que su familia no se diera cuenta, aunque igual la
otra habitación estaba más alejada. Yo lloré también, él creyó
seguramente que era porque estaba afectada por sus palabras o porque yo
quería “recuperar nuestro amor”, pero estaba lejos de lo que pasaba por
mi cabeza, no dejaba de pensar en Ricardo y en que lo había perdido por
imbécil.
Fue entonces que sentí la mano de Alejandro rozar mi brazo, y acercarse
cada vez más a mí. Yo no lo detuve, lo dejé ser aunque sabía hacia dónde
iba todo. Se movió y posicionó encima de mí, dejé que continuara… me
buscaba como mujer, y le respondí como mujer porque a esas alturas ya no
tenía a quien seguir siendo fiel.
Después de esa noche me quedé con Alejandro, él se volvió más cariñoso
conmigo, más atento y retomó las cosas de pareja que había dejado
descuidadas antes, como sus besos que se volvieron más cálidos. Yo lo
quería y me preocupaba por él, pero en el fondo no lo amaba. Yo no
sentía que debiera estar con él, al final yo lo había traicionado, pero
de verdad él tomó la situación como la canción de Sabú: “Quizás sí,
quizás no”, olvidó por completo lo que había pasado: “No te he visto con
él si lo juras tú”, así como él me había dicho, aunque yo nunca le juré
nada ni le dije que le amaba.
Un par de meses más tarde, regresamos a la casa de sus padres. Recuerdo
que veía jugar a sus sobrinos mientras yo estaba parada a lo lejos,
Alejandro por su parte ayudaba a su padre a asar una carne para el
compartir. Fue entonces que sonó mi teléfono celular, entonces contesté.
– Aló -.
– Hola -. Me dijo una voz masculina conocida.
– Hola, hace tanto que no sabía de ti -.
– Te necesito… -. Esas palabras me emocionaron hasta los huesos.
Caminé un poco para alejarme de la gente cercana, necesitaba esconder mis ojos enjugados.
– De verdad, te necesito -. Se escuchaba decir entre sollozos.
– No me hagas esto… -. Le dije mientras intentaba hacerme la fuerte.
– Prefiero compartirte, antes que perderte… -. Esas palabras “me mataron”, no podía creer lo que me estaba diciendo.
– Ricardo… -. Apenas logré decir.
– Regresa conmigo, por favor… -.
Después que creí que las cosas se mantendrían calmas, el infierno regresó a mí. Colgué la llamada y me escondí lejos a llorar como una desgraciada, y sólo eso pude: llorar como una desgraciada.
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
007. Quizás sí, quizás no. Colección Orígenes. Waldylei Yépez.doc
02/11/11 09:38 p.m. – 10:06 p.m. – 10:56 p.m.

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