Quiero remontarme a una época pasada,
aquélla donde mi mirada era más ingenua, tan ingenua como un bebé en su
cunita. Por supuesto, yo no puedo recordar cuando estaba en tiempos de
cuna, pero algo me han comentado de ese tiempo y de esas palabras mi
mente creó los más bellos “recuerdos”. Me contaron que, cuando era
pequeña, a veces mi padre me cantaba algunas canciones que le gustaban,
rancheras eran aquéllas en general; decían que movía mi patita al son de
ese famoso “Juan Charrasqueado”, hoy en día es una de mis canciones
favoritas. Pienso en que, quizás, cuando escuchaba la voz de mi padre yo
sonreía alegremente, que la melodía de su voz yo reconocía, y que por
eso entre canto y melodía mi pequeña patita movía. Pocos meses pasaron y
aquella voz dejó de cantar, el famoso “Juan Charrasqueado” se quedó
callado hasta que la radio, por sí misma, lo hizo volver cantar, como
muchos años atrás.
Así como les cuento, en mis primeros meses de vida pude escuchar y ver
al hombre que, junto a mi madre, me dio la oportunidad de vivir, sin
embargo, no lo recuerdo. Precisamente eso es lo malo de los primeros
meses de vida: no los recuerdas, a pesar de que hayas vivido cosas
importantes: no los recordarás. Eso fue lo que me pasó a mí.
Mi padre nos dejó muy pequeños. Su corazón no pudo aguantar más golpes
de los que ya le había dado la vida. Dejó tres hijos, uno de su primer
matrimonio y dos en el segundo. Yo, aún en brazos, no podía comprender
la razón de su ausencia ni la consecuencia de ella hasta tanto no
pudiera tener conciencia de mí misma, es decir, hasta que creciera un
poco y para eso necesitaría que pasasen algunos años. En la medida en
que estos años pasaron, crecí con la imagen presente de mi madre, que
fue madre/padre a la vez, y con la información de que yo no tenía padre
porque había muerto. Y sólo eso tenía de él: la información de que
estaba muerto, y que lo más que podía aspirar a tener de él era una
vieja foto. No podía… no puedo recordar su voz ni el rostro que,
seguramente, me sonrió alguna vez… No puedo recordarlo.
Pero sí recuerdo que, cuando era una niña apenas, me preguntaba: ¿qué se
sentirá tener un papá? ¿por qué los niños a mi alrededor no valoran a
los suyos? ¿por qué ellos, que pueden, no abrazan a sus padres y yo, que
no puedo, quiero tanto abrazar al mío? Era muy niña, tenía muchas
preguntas y la existencia de una ausencia que comenzaría hacerse
presente mientras más crecía. Recuerdo que todo lo que se relacionara a
una pérdida, o que significara nombrar directa o indirectamente a mi
padre, me afectaba mucho. Era una niña con emociones muy profundas en el
pecho, tan profundas que ni siquiera yo podía dimensionarlas, pero
sabía que tenían que ver con él, con mi padre. Siempre fui muy emotiva,
más de lo que los adultos a mi alrededor pudieron darse cuenta, y
montones de veces escondí mis inmensas ganas de llorar cuando pensaba en
mi papá. Así aprendí a callar eso que sentía mi corazón y, a veces,
reprochaba a la vida no haberme dado la oportunidad de despedirme de él,
de vivir el luto que me correspondía, en vez de eso todo pasó y yo nada
supe, y no pude tomar real conciencia de la pérdida hasta muchos años
después. El dato curioso de todo esto, es que siempre lo sentí conmigo
en mi corazón muy a pesar de “no haberlo conocido”.
Los hermanos crecimos entonces sin la figura esencial de ese padre que
nos había dado la vida. Crecimos con la ausencia de esa figura
importante, y viéndonos esporádicamente por ser parte de distintas
familias. De grandes seguiríamos viéndonos de la misma manera.
Y regresando, de ese tiempo remoto al más actual, yo les puedo entonces
contar que, hace relativamente poco tiempo, estuve lejos algunas semanas
y en esas semanas mi familia estuvo muy presente en mi mente,
incluyendo a mi hermano mayor que veía muy esporádicamente. Muchas cosas
pasarían lejos de mí, cosas de las cuales, por diversos factores, no
pude enterarme a tiempo sino muchas semanas más tarde cuando regresé a
mi pueblo. Así fue como llegó la más terrible noticia, la noticia que
nublaría el cielo y que lo sigue nublando hasta el día de hoy: mi
hermano, el primer hijo de mi padre, había muerto. Las palabras
retumbaron en mi cabeza y mi mente comenzó a negarlo: ¡eso no podía ser
cierto! Era imposible de creer. Lo primero que hice fue buscar versiones
de periódicos, tenía que confirmar que aquello era real y que no era
sólo una pesadilla mental. Fue entonces cuando aparecieron las noticias
en la prensa, y ahí lo leí: mi hermano mayor caía abatido por la
delincuencia, con un tiro mortal en la cabeza… Mi mundo se derrumbó
entonces, y lloré desconsoladamente… Mi hermano, ese hermano mayor que a
veces veía pues ya no podré verlo jamás, ya se fue o, mejor dicho, se
lo llevaron porque un maldito delincuente lo ha asesinado…
Estando lejos presentía que algo pasaría, e inconscientemente yo sentía
que debía escribir algo para una despedida y no podía comprenderlo.
Semanas más tarde lo haría, y sentiría eso que me ha impulsado a
escribir esta carta. Hace ya algunos días que pensé en escribirla, pero
no había llegado el momento de hacerlo puesto que las condiciones más
adecuadas no estaban dadas. He decidido usar mi fuerza de voluntad para
hacerla hoy, y no sé si me alcance el tiempo o si al final me atreva a
mostrarla, pero hoy quiero escribirle a ellos: a los hijos de mi
hermano…
No espero que los destinatarios finales lean, algún día, lo que quiero
escribirles, lo cierto es que, según mi perspectiva, ellos no están en
el momento de comprender por qué la hermana de su padre se atreve a
expresar estas líneas. A pesar de ello, seguiré adelante y quizás esta
carta sólo la llegue a leer mi alma, quedando muy guardada en mi
conciencia y en mi mirada.
A los hijos de mi hermano…
¿Saben? Uno de mis primeros
pensamientos, en relación a la partida de su padre, fue decirme que
lamentaba con todo mi corazón que tuvieran que pasar por lo que nosotros
pasamos. Éramos niños de apenas once, seis y tres meses cuando nuestro
padre, su abuelo, murió y eso afectó mucho nuestras vidas, al menos la
mía la sigue afectando hoy en día. Con decirles que no puedo mantenerme
realmente tranquila al escribir esto, así como me pasaba de niña, pues
estoy llorando al escribir estas líneas. Sigo llorando por mi padre,
lloro por el hermano mayor que perdí y, a su vez, lloro por ustedes
porque empatizo pues sé qué es crecer sin la figura paterna.
Por suerte, él les deja muchos momentos y vivencias que se convierten en
recuerdos, entonces podrán recordarlo con cariño, recordar su risa, sus
palabras, su sentido del humor. Me hubiese gustado tener la misma
suerte con su abuelo, mi padre; me hubiese gustado tener cosas que
recordar de él.
Reprocho no haber tenido la oportunidad de despedirme de mi padre y
despedirme de mi hermano mayor, pero estoy segura de que, en cierta
forma, “ellos estuvieron conmigo” aunque fui inconsciente del momento
exacto en el que se fueron.
De niña creía que mi padre cuidaba de sus hijos, de grande creo que su
padre cuidará de ustedes. La conexión de los padres con sus hijos está
en el corazón, y nada la rompe ni siquiera cuando la muerte se asome.
Chicos, apoyen mucho a su mamá que ahora será madre/padre a la vez y
sigan adelante, sigan por el camino del bien. Crezcan y esfuércense para
que sean fuertes y triunfantes.
A los hijos de mi hermano hoy les escribo,
les escribo aunque nunca lean lo que escribo.
Tal vez escribo para escribirme a mí misma,
para poder expresar mi dolor,
para poder expresar lo que siento,
y para poder decirle a los dos que se fueron
que, por siempre, sus hijos los extrañaremos…
Vaya que sí,
sí los extrañaremos.
Ustedes,
sigan cuidándonos desde el cielo…
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
008. A los hijos de mi hermano. Colección Orígenes. Waldylei Yépez.doc
14/12/2011 02:51 p.m.
15/12/2011 12:16 p.m. – 12:28 p.m. – 05:04 p.m.

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