Recordada maestra,
Desde hace días he querido escribirle
algunas palabras, han pasado tantas cosas en mi vida, y ha pasado tanto
tiempo desde la última vez que le vi, que tengo millones de historias
que podría contarle.
Cuando le conocí era tan sólo una niña, mi mayor preocupación era
decidir con cuál juguete habría de jugar. Recuerdo que su clase empezaba
a primera hora de la mañana; habían ocasiones en que mi madre me
regañaba por no despertarme temprano, o tomar tiempo en exceso para
cepillarme, vestirme o peinarme. Y cuando se hacía muy tarde, ella era
quien tomaba el cepillo para peinar mis cabellos, mientras me apuraba
para que recogiera la mochila que estaba lista sobre el sillón y
saliéramos de casa.
Recuerdo también que dormía con un osito de peluche llamado “peluchín”.
Yo siempre le insistía a mi madre para que me dejara llevarlo a su
clase, ella me repetía que no, y aun así yo le insistía diciéndole que
en la clase teníamos juguetes para jugar, que no estaría mal si yo me
llevaba mi propio juguete, que a usted no le molestaría. Recuerdo que me
dijo que no podía llevar mi peluche porque estaba muy viejito y feo.
¡Yo me molesté tanto! Le había dicho a “peluchín” que era feo y eso no
me gustó… ¡Era mi mejor amigo, no podía permitir que le dijeran feo! Ese
día escondí a “peluchín” en la mochila, y logré llevarlo a la clase. Me
di cuenta que era cierto lo que me había dicho mi mamá, los juguetes de
los otros niños eran más lindos que mi pequeño “peluchín”, me sentí
triste y me senté con él en un rincón, lo abracé muy fuerte y casi me
pongo a llorar. Pero llegó usted, mi maestra, la mujer más poderosa del
mundo para mí en esos años, y se sentó a mi lado. Me preguntó qué me
pasaba, la miré con cara de preocupación, no encontraba cómo contarle.
Usted me miró con mucho cariño y con tanta comprensión, fue entonces que
le confesé aquello que apretaba mi pequeño e inocente corazón, la más
grande de las preocupaciones que me habían atacado hasta ese momento: yo
no quería que mi mejor amigo “peluchín” se pusiera triste cuando mis
compañeros le dijeran que era feo, yo quería protegerlo. Usted me sonrió
de una forma tan hermosa, yo sentí paz y me pidió que le prestara a
“peluchín”. Se lo pasé y usted lo miró, me dijo que “peluchín” era el
oso más hermoso que había visto y yo sonreí, me sentí tan feliz. En ese
momento supe que mi mamá estaba equivocada cuando decía que era un oso
feo, pues eso no era cierto porque mi maestra, la mujer más poderosa del
mundo, la mujer que yo admiraba y respetaba tanto, me había dicho la
verdad: “peluchín” era el oso más hermoso.
Recuerdo las ocasiones en que debía hacer mis tareas, mi mamá intentaba
explicarme de una forma distinta lo que tenía que hacer, entonces yo
discutía con ella que no, que eso no se hacía así sino como me había
dicho mi maestra, porque mi maestra sí sabía cómo era que tenía que
hacer la tarea y ella no. Mi maestra era mi héroe, era mi modelo… ¡Yo
quería ser como mi maestra!
Reflexionando sobre esos años, me doy cuenta de la enorme
responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, nada más y nada menos que
la educación de decenas de personitas en desarrollo. Sí, nosotros no
podíamos comprender muchas cosas siendo unos niños aún, pero usted
siempre nos trató con respeto, como personitas inteligentes que veían en
usted a un ser admirable. Sí, hubo más de uno que se portó mal, y
aunque parecía que le iba a sacar “canas verdes” como dicen por ahí,
usted estuvo en pie de lucha cuando esa personita más le necesitó,
porque recuerdo que hubo un accidente con un niño, todos nos asustamos, y
usted lo tomó entre sus brazos y corrió con él al puesto asistencial y
no se separó de su lado, ni siquiera cuando su madre llegó. Al correr
del tiempo, también me enteré de muchas cosas que usted hizo, de mucha
gente que ayudó sin esperar nada a cambio. Y con cada cosa que me
enteraba, más orgullosa estaba de usted. No había forma de que yo
comprendiera, siendo apenas una niña, que habían ocasiones en que nos
dedicaba más tiempo a nosotros que a sus propios hijos, es por eso que
ahora quiero decirle a sus hijos que les agradezco, en nombre de todos
mis compañeritos, la oportunidad de que nos prestaran a su mamá para que
pudiera educarnos en la escuela. Nosotros fuimos como sus hijos en
aquellas horas de clases, y aprendimos mucho de ella… gracias por
prestarnos el amor de su mamá.
Maestra, más que sólo dedicar unas palabras de saludo y agradecimiento,
también quise escribirle para compartir con usted una gran alegría que
desborda mi corazón de adulta, sí, así como la alegría inmensa que sentí
cuando me dijo que mi osito era hermoso, así como sentí cuando decía
que mis dibujos de rayas eran perfectos, cuando decía que me estaban
quedando bien las letras aunque sólo fuesen garabatos que nadie entendía
(ni yo), así de feliz me siento hoy. Maestra, quise seguir sus pasos y
sé que me falta mucho para llegar a ser como usted, pero hoy he
comenzado… hoy me he presentado a mi primera clase como maestra, y me he
encontrado con las más hermosas personitas que jamás conocí. Mi primera
reacción fue de temor, sentí una gran responsabilidad, entonces me hice
la pregunta: ¿Qué haría mi maestra, mi héroe, en este caso? Y me
respondí que, como siempre, usted daría lo mejor de sí, y eso hice yo:
dar lo mejor de mí. Esta carta representa mi compromiso para mí misma y
para mis niños, cada día me diré:
Hoy daré lo mejor de mí, como mi maestra lo hizo por mí.
Gracias maestra, por todo lo que me enseñó.
Gracias por contribuir en mi formación. ¡Muchas gracias!
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
010. Carta a mi maestra. Colección Simplemente Waldylei. Waldylei Yépez.docx
25/03/13 05:13 p.m. – 05:20 p.m.

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