Miro el reloj, apago el computador y me
voy hacia la cocina. Busco un paquete de harina y la mezclo para hacer
la masa. Esta tarde prepararé algo fácil y que me gusta mucho, serán
unas arepitas rellenas que acompañaré con tajadas y un rico café con
leche. Mientras las arepas se cocinan, miro al otro extremo, justo al
lado de la puerta yace la silla roja con líneas blancas y me quedo
mirándola, me sonrío recordando aquellas tardes donde en esa silla te
encontraba a ti. Siempre cerca de la puerta, siempre a esa hora, mirando
hacia los lados; a tu derecha el largo pasillo que da hacia la puerta
de la calle, a tu izquierda el patio con vista también a la jaula de la
lora, esa que silba como tú le enseñaste y que incluso dice algunos
nombres.
Me siento en una silla cercana frente a ti y me hablas de la última
travesura de la lora, esa lora traviesa buscando salirse de su jaula. Me
cuentas que con una pata ha logrado subir la pequeña puerta, y justo se
asoma sacando la cabeza. La regañas y le reprochas que si se sale el
gato se la comerá. Ella parece escucharte y se ha metido de nuevo a su
jaula. Cruzas tus brazos y los dejas descansando sobre tus rodillas
mientras estás inclinada, te sonríes; nunca te comenté lo angelical que
te ves cuando lo haces. Yo me sonrío, me sonrío al recodarte.
Me levanto de mi silla y corro para ver las arepas, me parece como si me
hubieses gritado para advertirme que no las deje quemar. Las reviso y
las volteo, por un lado están listas. Y sigo recordando esas tardes,
ésas que han quedado lejos ya. Recuerdo que tomaba un plato y te servía
tu arepita mientras esperabas ahí sentada, la acompañaba con las cosas
que te gustaban y de último dejaba el café, porque si te mostraba el
café te lo tomarías antes de comer y luego no comerías más. Sí, eras una
“pequeña muy traviesa” a quien uno debía insistirle porque siempre
decías que no tenías hambre, aunque en esas tardes el plato siempre
quedaba vacío. Al final tomabas tu rico café, ¡y te ponías tan contenta!
Las arepas están listas, regreso a mi asiento frente a ti. Me miras con
tu cara de princesa, y me cuentas de ese pasado lejano que ha quedado
tan atrás. También me preguntas si alguno de tus hijos ha venido, sí, a
veces había cosas que se te olvidaban, pero en su mayoría tus recuerdos
estaban intactos. Muchas veces nos quedamos conversando, nos reíamos de
las bromas de mi hermano. Tampoco dejabas de preguntarte por Bobby, ese
perro loco que un día se fue y jamás supimos de él. Lo extrañaste, lo
extrañaste mucho, y mucho también fue el tiempo que esperaste volver a
verlo, pero jamás regresó.
Me quedo mirándote y me sonrío. Te veo allí sentada en tu silla roja y
me digo que si quisiera describirte en palabras sería bastante difícil.
Pero, aunque lo sienta así, hoy yo sería capaz de escribir sobre ti, y
así formar un retrato en palabras de quién eres. ¿Me darías tu permiso
abuela? Veo que te ríes, sé que te da un poco de vergüenza que hable de
ti, pero no parece disgustarte la idea. Bien, prometo decir muchas cosas
buenas. Me sonrió.
Amigos lectores, después del permiso que mi abuela me concedió, quiero
presentarles un poco de su vida, sólo algunas cosas y con ellas espero
poder acercarles un poco a su figura, la figura de una gran mujer. Vamos
a comenzar:
Emilia nació en 1925 en una zona rural.
En su juventud se mudó a la ciudad, desde entonces comenzaría su vida
familiar y laboral.
Una de sus primeras hijas cuenta sobre su infancia, y describe aquella
como un período donde su madre trabajaba para darles de comer
primordialmente, no alcanzaba el dinero para nada más. Comenta que las
niñas se confeccionaban su propia ropa interior con pedazos de tela. No
eran pobres, eran más que pobres, así lo expresaría. También dijo que en
donde vivían entraba el agua cuando llovía, o los bichos les caían
encima.
Emilia se mudaría con su creciente familia a una casa muy sencilla, pero
en mejores condiciones que la anterior, que tenía techo de zinc y un
piso con rajaduras.
En total ella tuvo once hijos, y quedó viuda a los cuarenta y nueve años
cuando su esposo murió, después de salvarle heroicamente la vida a otro
compañero de trabajo. Con la ausencia del padre, se apoyó en sus hijos
mayores quienes hicieron su mejor esfuerzo para sacar adelante a los más
pequeños.
Posteriormente, en los años noventa, cuando una de sus hijas le cambió
su cocina de kerosene por una de cuatro hornillas a gas, y también
cambiaron el techo de su casa por láminas de acerolit y un mejor piso,
Emilia expresaría sobre su hija la siguiente frase: “Gracias a ella, me
siento rica…”. Pero esa expresión de agradecimiento tardó más de veinte
años en conocerse, y hoy en día ha dejado una profunda marca. Esta casa,
que es su casa y desde donde escribo hoy, dista mucho de ser una casa
de ricos, pero para ella era una mansión. Me produce una gran presión en
el pecho pensar en las necesidades que mi abuela pasó siendo joven, me
hace reflexionar en que siempre tenemos alguna necesidad, pero las de
ella eran más difíciles de las que puedo tener yo ahora.
Ella no era de ir a misa, pero eso no le impedía tener a Dios en su
corazón y ser una buena mujer. Sin embargo, le gustaba mucho que sus
hijas fueran y participaran en el coro de la iglesia. Cuenta una de
ellas que mi abuela las despertaba para que fueran a misa de aguinaldo
en diciembre, por supuesto, no las acompañaba pero las esperaba con café
y pan, o les hacía empanadas, y le gustaba que le contaran lo sucedido
en la misa.
Otro de sus grandes intereses era la música, ella tenía un radio pequeño
que colocaba sobre la ventana. Le encantaban las rancheras, escuchar
las leyendas venezolanas y ver películas mexicanas. Así mismo, le
gustaba los bailes como el Tamunangue, con el cual no faltó ocasión en
que ella misma le explicaba a sus hijas cuál era la forma correcta de
bailarlo.
Muy pocas personas le llamaban por su nombre de pila, para nosotros ella
siempre fue “Maita”. Recuerdo que cuando yo era niña asumía que ése era
su nombre, y que la única “Maita” que existía era mi “Maita”. Era tan
raro para mí escuchar a otras personas decirles así a sus madres, porque
yo sabía que ellas tenían un nombre distinto; un poco más grande
comprendí que “Maita” era una especie de apodo, asumiendo que nazca de
“Mamita” y se reduzca a “Ma’ita”. Quizás esto para muchos es obvio, pero
para una niña en sus primeros años no lo era.
Emilia siempre fue una mujer multifacética, es bastante difícil para mí
definirla porque son muchos los episodios de su vida que se nos escapan,
además de que cuando yo nací ya tenía seis décadas de vida. Sin
embargo, hay rasgos comunes entre lo que sus hijos pueden contar y las
cosas que yo pude aprender de ella.
Siempre tuvo un corazón generoso, siempre fue una buena samaritana.
Ayudó a todo aquel que necesitó y no miró a quién, se desprendía de sus
cosas si la ocasión lo ameritaba, no dudó en prestar su propia cama para
que el que tuviese sueño durmiera en ella. Probablemente la pobreza en
la que vivió casi toda su vida le enseñó a compartir lo poco que tenía,
porque el que ha necesitado sabe qué se siente necesitar y por eso
ayuda. Sin embargo, todas esas cualidades no implican a que fuera una
mujer dócil, al contrario, el poder de su carácter era tal que su sola
presencia era imponente.
Hay una imagen de ella muy fresca en mi mente, es la de una mujer con un
carácter fuerte, sentada en su silla y con una expresión seria en su
cara, con su mano sobre un bastón de madera apoyado al piso. La viva
imagen de lo que uno llamaría “la patrona”, “la que manda aquí”. Ésa era
Emilia. Como diría un amigo, la firmeza no quita la bondad.
En ella siempre hubo una mezcla equilibrada de muchos elementos, entre
los que destacaría la fuerza de su carácter, de su firmeza, como así
mismo de su ternura, su buena voluntad. También es la mujer más terca
que he conocido en mi vida, y orgullosísima de su autonomía. Incluso el
final de su vida estaría marcado por esos últimos elementos.
Fue una madre para muchos de nosotros, muchos nos criamos bajo su
tutela. La palabra inglesa para abuela es grandmother, si quisiéramos
separar la palabra para llevarla a su raíz etimológica sería “grand” y
“mother”, la primera hace referencia a “grande” y la segunda a “madre”;
literalmente para mí sería: Gran Madre. No hay mejor forma de definir a
Emilia que decirle: Gran Madre, porque eso fue y eso es.
Los recuerdos pasan y pasan por mi mente, son tantas cosas, tantas
conversaciones, tantas expresiones de su rostro, risas, etc. Con más de
ochenta años ella seguía pendiente de que “tenía que hacer la comida”,
que pobrecito tal que ella no le había hecho sus caraoticas, o sus
arepitas, o que tenía que prepararle su cafecito. No pensaba en hacer
algo para sí misma, pensaba siempre en los demás, en que los demás
estuvieran bien.
Un aspecto que yo destacaría es su autonomía, como ya lo mencioné, le
gustaba hacer las cosas por sí misma sin querer depender de nadie y esto
fue así mientras pudo. Recuerdo una ocasión en que estaba sentada en la
sala, se le dificultaba levantarse de su asiento, se quejaba un poco, y
cuando uno mostraba la intención de ayudarla ella lo rechazaba, en ese
momento su argumento era algo como que ella se tenía que levantar sola,
porque si un día no había nadie quien la ayudara no podría pararse, que
no podía depender de otra persona. Este deseo de valerse por sí misma
era fuerte en ella, pero cuando esto dejó de ser así le causó mucha
tristeza. Era una mujer que rechazaba la idea de usar pañales, silla de
ruedas o andaderas. El no poder levantarse sola, posterior a una caída,
fue el detonante de una depresión que repercutiría de una manera muy
negativa en su salud, esto después de la celebración de su último
cumpleaños.
Por las fotografías, sé que ese último cumpleaños fue maravilloso para
ella, que lo disfrutó mucho, que fue una sorpresa muy linda.
Lastimosamente yo no pude estar presente entonces, cuando volví a verla
dos meses más tarde yacía en una cama clínica y físicamente deteriorada.
Recuerdo que a partir de ese momento yo quería volver a verla como
antes, caminando hacia la cocina para sentarse nuevamente en su silla
roja, que me volviera a sonreír como lo hacía y que conversara acerca de
ese pasado lejano. Pero ese sueño no se cumplió, mi abuela ya tenía una
edad avanzada, el permanecer en cama le había hecho mucho mal, y las
infecciones que la atacaron fueron mortales. La lucha que se dio para
que se recuperara fue ardua, nunca le faltó asistencia médica, las hijas
que la cuidaban hicieron todo lo humanamente posible por ella.
Al asomarse la noche de ese 3 de mayo, nuestros peores miedos estaban
ocurriendo. Recuerdo que rodeamos su cama, algunos más desesperados que
otros lloraban y la llamaban como queriendo despertarla. Yo estaba
atónita, y me quedé mirándola desde los pies de su cama. Su respiración
se hacía más lenta, hasta que vino el último suspiro. Su abdomen no
volvió a moverse. Es la escena más impactante que me ha tocado vivir.
Era muy difícil en ese momento entender lo que estaba ocurriendo, y en
cómo en tan poco tiempo su salud se había deteriorado tanto. Podíamos
entender que había muchas cosas que ya no estaban funcionando bien, y el
que permaneciera con nosotros más tiempo alargaría su dolor, su agonía,
pero aun así uno no quiere que el ser amado se vaya. Nos aferramos al
último hilito de esperanza, y nos hubiese gustado tenerla muchísimo
tiempo más con nosotros, pero también sabemos que no era justo que fuese
acosta de su sufrimiento. Es difícil asumir el hecho de que se haya
ido. Yo aún pienso y siento por las mañanas que está en su cuarto
durmiendo, y mi madre aún se despierta muchas veces en la noche por “la
necesidad de estar pendiente de ella”.
Parada en medio de tu cuarto, allí mismo donde estaba tu cama y donde te
quedaste dormida hace casi dos meses, no dejo de pensar en ti, no dejo
de mirar tus cosas, tu fotografía en medio de tus santos e iluminada por
una pequeña luz que no se apaga. Toda esta casa habla de ti, desde el
árbol que tanto defendiste para que no arrancaran sus hojas, la puerta
que pedías cerrar temprano, el sonido de las sillas al arrastrarlas, tu
cama, la cocina donde cocinaste para todos nosotros, los platos, tu
ropita, tus sábanas, cobijas… Es imposible para mí cocinar algo, y no
voltearme a mirar hacia tu lugar, ese sitio donde siempre te encontrabas
sentada en tu silla roja. Imposible no acordarse de las veces que
extrañaste a Bobby, ese perro loco que tanto quisiste, que fue tu
compañero cuando los demás estábamos metidos en nuestras
responsabilidades. Y qué decir de la lora en el patio, todos los días
silba como le enseñaste… ¿cómo no acordarse de ti con eso? Esta casa
palpita tu nombre, porque tú eres el corazón de esta casa. En tu última
noche de rezos, recuerdo haberme quedado viendo unas velitas encendidas y
me pregunté a mí misma: ¿Esto es todo? ¿Esto es todo lo que me queda de
ti abuela? ¿Solamente tu ausencia? Pero ahora pienso que me fijaba más
en tu ausencia porque era lo que dolía más, pero que en verdad nos
quedan muchas cosas de ti. Te pedí millones de veces que me ayudaras a
ser tan fuerte como tú lo eras, yo la verdad no he conocido a nadie más
que sea así. Estuviste consciente hasta el último momento, con un grado
de lucidez increíble. Sé que te esforzaste por seguir junto a nosotros,
porque aunque tu cuerpo estuviese cansado seguías batallando por no
dejarnos. Siempre tan tú, siempre pensando en los demás, poniendo a tu
familia antes que tú misma. ¡Te amamos tanto! Es tan difícil escribirte
abuela…
A casi dos meses de tu partida,
este dolor sigue tan vivo como ese día.
Mientras intento mostrarle al mundo quién eres,
me doy cuenta que es imposible,
no hay manera de que yo pueda resumir en unas páginas
la grandeza de tu alma.
Hay cosas que se viven, que se sienten,
y que no pueden describirse en palabras,
aunque lo intenté
porque tú vales todos los intentos posibles.
Lamento no poder escribir algo mucho más hermoso para ti,
tú que eres la más bella de las flores,
mi tesorito hermoso,
mi Maita que tanto adoro.
Déjame decirte una vez más lo mucho que te extraño,
lo mucho que te quiero, lo mucho que te amo.
Déjame decirte lo mucho que nos duele que no estés,
lo mucho que queremos verte de nuevo.
A veces no entiendo la vida,
ni por qué existe la muerte.
A veces no entiendo, si éste es tu lugar,
¿por qué te tuviste que marchar?
Si aquí está todas tus cositas,
tu casita, camita y la comidita.
Pero hay cosas que son irremediables,
al menos espero que de vez en cuando vengas a visitarnos,
ya sabes que siempre aquí estará tu lugar,
y todas las personas que siempre te vamos amar.
Desearía poder regresar el tiempo atrás
para volverte a encontrar…
Descansa mi tesorito, mi ángel de luz y de amor.
Te amo con todo mi corazón…
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
005. Emilia… El retrato de una mujer maravillosa. Colección Emilia. Waldylei Yépez.docx
30/06/13 06:54 p.m. – 07:22 p.m. 02/07/13 04:45 p.m.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario