– ¿A dónde la llevo señorita? -. Preguntó una voz masculina.
Podría haberle dicho cualquier cosa, podría haberle dicho que me llevara
al mismísimo infierno pues ya me sentía como si estuviese allí. Yo
estaba como en otro mundo, además estaba muy cansada, el viaje había
sido muy largo. Por fin contesté su pregunta, él asintió y puso en
marcha su taxi.
Era de noche ya, yo veía los vidrios empañados. No escuchaba que
estuviera lloviendo, y aun así veía que gotas obstaculizaban mi visión.
Sentí que se me mojó la mano, fue entonces que caí en cuenta de que era
yo quien estaba llorando. Disimulé y limpié mis ojos, levanté mi mirada y
divisé un lugar familiar para mí: estaba transitando por mi barrio.
Llegamos a la calle señalada, me bajé del auto y suspiré al ver la
fachada de mi casa. El taxista me ayudó a bajar mi pesada maleta del
auto, tomé mi mochila adicional, mi cartera y unas bolsas. Le pagué al
taxista y se fue, mientras yo entraba con todas mis cosas a la casa. Al
abrir la puerta escuché pasos acercarse, allí frente a mí apareció mi
madre con una gran sonrisa al verme llegar, pero yo apenas di unos pasos
y me lancé a sus brazos a llorar. Preocupada me preguntó qué pasaba,
apenas logré responder: “me dejó, él terminó conmigo” y se me quebró la
voz. Mi madre lloró conmigo mientras seguíamos abrazadas, ella me decía
que no entendía y me preguntaba qué había pasado, le respondí que yo
tampoco entendía y que, al igual que ella, me gustaría saber qué había
pasado.
Dejamos las maletas a un lado, le pregunté si me había comprado lo que
le pedí y me dijo que sí. Trajo las cervezas, yo no tomaba pero en ese
momento creía en lo que los demás dicen: que la cerveza me ayudaría a
desahogarme y sentirme bien. La destapé y tomé el primer trago, hice un
gesto con mi rostro pues nunca me ha gustado el alcohol y, aun así,
seguí con el siguiente trago. Mi madre me miraba con preocupación y
tristeza, yo estaba terriblemente deshecha. Mi voz se quebraba, apenas
podía hablar, sentía un dolor horrible que me recorría el cuerpo, me
dolía el alma. No tenías ganas de nada.
– ¿Qué fue lo que pasó? -. Volvió a preguntar mi mamá.
– Él decidió terminar conmigo -.
– ¿Por qué? -.
– No lo sé con exactitud, la verdad no lo sé… pero te contaré las cosas
que sucedieron los últimos días -. Ella asintió y comencé a contarle.
Hace ocho días yo tenía un noviazgo que parecía estable, no todo era
color rosa pero tampoco era negro. Nunca intenté esconder mis defectos,
lo que mostré fue lo que yo era. Sí, no dudo que podía mejorar muchas
cosas, pero ninguna de ellas era tan grave. Como dije hace ochos días
todo estaba bien, al menos lo parecía para mí, pero él llegó del trabajo
y se sentó en la cama a escribir en su computador, yo tomé el mío y me
senté a su lado. Por la forma en cómo estaba sentado yo no podía ver su
pantalla, así que no sabía qué hacía en esos momentos, yo mientras veía
algunas páginas en internet y planificaba algunos proyectos. Escuché un
raro sonido de repente, como si él se estuviese ahogando, lo miré y al
verlo me preocupé, dejé el computador a un lado y me acerqué a
preguntarle si algo le pasaba, creí que estaba enfermo por su actitud y
su mirada, al final entendí que debía ver mi correo electrónico cosa que
me extrañó, tomé de nuevo el computador y vi que tenía un correo de su
parte, me dijo varias cosas y que terminaba conmigo. En ese momento se
me vino el mundo encima, sabía que esto era un gran problema, el primero
que tendríamos después de tanto tiempo juntos, en ese momento no le di
tanta importancia a que estuviera terminando conmigo por correo
electrónico, tenía fe en que arreglaríamos las cosas. Salí y me encerré
en otra habitación, él se fue a llorar a la habitación de sus padres.
Durante toda la noche me sentí muy mal, quería arreglar el problema pero
no sabía cómo hacerlo, casi no pude dormir. Al día siguiente él se fue a
trabajar temprano, no supe nada de él hasta después del mediodía cuando
llamó a la casa y pidió hablar conmigo. Recuerdo que tomé el teléfono y
el me hizo una pregunta diciéndome: “Amor, estoy en la agencia de
viajes me dicen que hay chance para el vuelo del lunes, ¿quieres que te
compre el pasaje?”. Me quedé helada y me enojé, ¿por qué me estaba
ofreciendo un pasaje de avión el día posterior a un problema que sólo me
comunicó por correo electrónico? ¿Por qué me llama “amor” justo cuando
me estaba demostrando que quería que me alejara de él? Le respondí con
firmeza que no, que no quería que comprara nada y terminó la llamada. Me
preguntaba: ¿cuál es el apuro? ¿Por qué el desespero para que me vaya
si ni siquiera hemos podido hablar las cosas? Yo seguía encerrada en mi
habitación, no entendía lo que ocurría.
En algún momento de la tarde, escuché a lo lejos algo que sería un puñal
a muerte para mí, su madre, en una conversación con otra persona,
insistía en que yo debía irme de la casa. Recuerdo que sentí como si me
estuvieran clavando una navaja, mucho dolor se esparció por mi mente y
mi cuerpo, no podía creer lo que oía y el tono de eso mismo. Realmente
no podía creerlo. Esa mujer que yo quise como si fuera mi segunda madre,
por muchísimo tiempo se portó bien conmigo, me trató incluso como una
hija o al menos eso fue lo que yo pensé, me abrió las puertas de su casa
y junto con su esposo me regalaron un juego de llaves de ese hogar
antes de que me mudara. Esa mujer tan comprensiva, esa mujer que yo creí
tan justa, que yo admiraba y respetaba, de un momento a otro lo único
que quería era sacarme de su casa, pero era incapaz de decírmelo a la
cara. Después me enteraría que ella había sido la primera en asomar la
posibilidad de que yo me fuera, en una conversación privada con su hijo
le preguntó si yo me iría, allí entendí por qué su hijo me había llamado
para ofrecerme un pasaje de avión en menos de 24 horas después de ese
correo electrónico. Ahora menos entendía lo que estaba sucediendo, y
para mí comenzaba a ser inmensamente preocupante que él no hubiese
hablado cara a cara todo, si la cosa era tan grave ¿por qué no me lo
dijo? ¿Por qué lo escribió?
Después de escucharla a lo lejos, después de sentir en su tono de voz la
urgencia de que yo me fuera, después de sentir ese puñal que me
atravesaba el corazón con el hecho de saber que me había convertido en
un “estorbo” para ella, decidí ceder y decir que sí al pasaje de avión, y
se hizo efectiva la compra a través de internet esa misma noche. Yo
realmente la quería, la quería mucho. ¿Cómo una persona puede cambiar de
un día para el otro? ¿Cómo? Jamás tuvimos un problema, jamás tuvimos
una discusión, ni con ella ni con él, nunca hubo un insulto, no habían
señales de que algo estuviera tan mal, y ahora resultaba que las
personas que yo quería y amaba estaban desesperadas para que yo me
montara en un avión y me alejara cientos de kilómetros. Era
incomprensible, lo era.
Yo había dejado mi familia, mis amigos y mi vida en otro país por estar
con él. Me enfrenté a un cambio brusco de paradigmas, de cultura, de
sociedad, de ambiente, de clima y lo hice por amor a él. ¿Y ahora me
enteraba de que era un “estorbo” en esa casa? ¿Cuándo? ¿Cuándo las cosas
cambiaron tanto? Lo peor de todo es que él no me decía: “no te amo”,
“ya no quiero estar contigo”, “quiero que te vayas”, no me decía nada de
eso, cuando hablaba le daba tantas vueltas a las cosas que no decía
nada al final.
Comenzó mi lucha contra el reloj, cada minuto que pasaba me recordaba
que tenía un pasaje comprado que me llevaría a otro país lejos, que me
alejaría irremediablemente del amor de mi vida, que al abismo caerían
las buenas cosas, los buenos recuerdos, el amor, los sueños de futuro,
la familia que construiríamos, la casa que tendríamos, todo eso estaba
al filo de la navaja y yo no sabía cómo salvarlo. Estaba en un país
donde desconocía muchas cosas aún, donde no tenía familia, en una casa
donde viviría los últimos días a la espera de mi viaje sólo por
compromiso humanitario, porque sabía que la dueña de casa me quería
fuera de ahí pero de donde “no me podían echar” porque sabían que no
tenía a dónde más ir.
Todo esto empezó el martes por la noche con ese correo electrónico, el
miércoles por la noche ya tenían el pasaje comprado con fecha del
siguiente lunes, el jueves y viernes me hice la fuerte mientras él no
estaba en casa en el día debido a su trabajo. Yo sentía que su mamá
vigilaba mis pasos, que no le gustaba la idea de que me quedara hablando
con él a solas, por eso no podía hablar realmente, para ella ya todo
estaba dicho, pero no se había dicho lo realmente importante, él sólo me
había escrito un correo electrónico por Dios. Yo insistía en salvar la
relación que tenía años, y como no podía hablar con él en casa intenté
enviarle correos electrónicos entonces, a los cuales me respondía que lo
dejara tranquilo, que mientras más le insistía más quería alejarse de
mí, y yo aún sin entender el por qué.
Fue muy duro sentarme a la mesa a comer esos días, nadie tocaba el tema
sino que hablaban de otras cosas mientras mi desespero y ansiedad iban
aumentando conforme pasaban las horas. Al llegar el fin de semana fue el
colapso total, él estaría allí todo el tiempo y yo querría hablar con
él, querría arreglar las cosas y él sólo querría que lo dejara
tranquilo. Sentía como si me quedaran 48 horas de vida, sentía que iba
caminando rumbo al abismo, a una muerte segura y aún no entendía por
qué. Él siguió usando el corazón y la cadena que le regalé, seguía con
mi foto en su teléfono celular, hasta que se lo hice notar y dejó de
usarlos. Me confundía su actitud, yo no entendía nada, estaba que me
volvía loca, quería morirme eso quería, ya no quería seguir sintiendo
que estaba condenada, ya no quería seguir sintiendo el dolor profundo e
inmenso que tenía en mi cuerpo. Estuve tirada en el sofá sin ganas de
moverme, preguntándome una y otra vez qué diablos había pasado, por qué
él estaba haciendo lo que estaba haciendo, o si acaso me estaba
castigando por algo, realmente yo estaba muy mal. Buscaba siquiera que
su madre me hablara, quizás ella sabía algo que yo no sabía, alcanzó a
decirme que su hijo no era de decisiones precipitadas y salió otra
interrogante: ¿Entonces esto viene de atrás? ¿Entonces esto es
planificado? Mi cabeza decía tantas cosas en ese momento, me quedé en el
sofá tirada, su madre me preparó un té de manzanilla y se sentó a mi
lado, creo que en el fondo sentía lástima de verme tan mal. Puse el té a
un lado y de súbito me dirigí al cuarto donde él estaba, cerré la
puerta y quise hablar nuevamente, esta vez le supliqué que salváramos la
relación y él sólo me dijo:
– No puedo hacer nada por ti -.
Estaba ya tan herida que pensé que no me podían herir más, pero sí, esas
palabras me hirieron más. Me senté a un lado mientras lloraba, él
estaba a mi lado. Me vio y quizás le dio lástima.
– Sé que me voy arrepentir de esto -. Dijo y pasó su brazo derecho por detrás de mí como para “abrazarme”.
Sentí tan frío aquel abrazo, fue tan falso. Definitivamente ese no era
el hombre que yo había conocido. Salí del cuarto y creo que su mamá se
metió hablar con él, no lo recuerdo bien. Regresé al sofá y en algún
punto tomé el té de manzanilla. Yo me estaba muriendo y a él poco le
importaba.
Estuve encerrada lo más posible en mi habitación, pero tenía que salir a
sentarme con ellos a la mesa en horas de almuerzo y cena. Es la
experiencia más cruel que he vivido en toda la historia de mi vida. Yo
apenas pasaba bocado, a veces simplemente no comía. Era realmente duro
escucharlos hablar de planes a futuro, de salidas a tal o cual lado, de
promociones en la televisión. Hacían planes de visitar un sitio frente a
mí, cosa que harían los siguientes días y yo me decía: Por Dios, en los
siguientes días yo no estaré aquí, ¿por qué hacen planes de viaje,
planes de un lindo paseo y de futuro cuando yo estoy condenada a viajar
en pocas horas? Dios mío, ya no podía más… ya no resistía más.
Ese domingo simplemente no salí de la habitación, me mantuve metida en
el computador con los audífonos puestos porque me causaba mucho daño
escucharlo hablar a lo lejos. Me atormentaba su tono de voz. En la tarde
tomé la maleta, la abrí y cuando intenté moverme para buscar mi ropa
casi caigo de rodillas, el cuerpo me temblaba, me faltaba el aire… ahí
supe lo que significaba respirar dolor. Me obligué a mover mis piernas y
brazos, poco a poco fui echando adentro de la maleta mis cosas, ahí
supe que debía olvidarme de algunas que no podría llevar conmigo como mi
colección de libros y alguna que otra ropa. Yo seguía encerrada en esa
habitación, era cuestión de horas el subirme a ese avión.
Más tarde alguien me dijo algo que le habría confesado la mamá de él,
este alguien le decía a ella que él debía hablarme claramente, que si él
sólo me quería como amigo yo debía saberlo, a lo cual ella contestaría:
– Él jamás se lo va decir así, él se lo va decir a su manera -.
Eso me molestó mucho, pero ya era muy tarde y ellos estaban durmiendo.
Me preguntaba entonces: ¿cuál es su manera? ¿Ocultarme que no me ama
para evitarme dolor? ¿No ve acaso que me ha causado más dolor su
silencio? ¿Por qué no me habló de frente? ¿Por qué simplemente usó un
correo electrónico? ¿Por qué no me miró a la cara? ¿Por qué? Yo merecía
la verdad, y en vez de decirme que no me amaba hizo lo contrario, me
dijo que me amaba pero que igual ya habíamos terminado. Entonces era
mentira, me dijo que me amaba para no mirarme de frente y hablarme con
la verdad. Me sentía tan decepcionada.
Me quedaban como cuatro horas para dormir, intenté hacerlo pero casi no
pude, me atormentaban sus mentiras y me atormentaba lo que sentía que su
madre me ocultaba.
Al despertar en la madrugada, pues había que levantarse muy temprano
para ir al aeropuerto, estuve molesta pues me sentía muy engañada. Su
padre puso la mesa para desayunar pan con té, él se quedó durmiendo en
su habitación y yo me senté a la mesa junto a sus padres. La noche
anterior, antes de enterarme de lo que me atormentaba, yo me despedí
abiertamente de ellos llorando y les regresé la llave de la casa que
ellos me habían regalado, además les pedí que sólo me llevaran hasta la
puerta del aeropuerto, que no se quedaran y estuvieron de acuerdo.
Los tres estábamos sentados en la mesa, fue entonces que decidí hablar y
le expresé a ella lo que me había enterado, ella hizo una expresión en
su rostro sorprendida de que yo supiera lo que ella había dicho. La
expresión de su rostro cambió y se endureció, en todo el tiempo que la
conocí jamás la había visto así conmigo. Fue realmente triste ver esa
mirada, fue muy triste. Me dijo afirmando que él ya había hablado
conmigo, y que simplemente las cosas no habían funcionado. Sí, me afirmó
algo que no estaba en capacidad de afirmar y aun así lo hizo, me mintió
mirándome a los ojos y sin ningún remordimiento. Ya yo no quería decir
nada más, no valía la pena. Me di cuenta que lo que había sido una
relación de dos personas, había pasado a ser una relación familiar donde
todos tenían voz y voto, y él nunca estaba para dar la cara.
Terminamos de tomar el té, movimos las maletas hacia el auto y me
comunicaron que sólo el padre iría conmigo al aeropuerto, la madre se
quedaría para apoyar a su hijo que “estaba pasando un momento terrible”.
Al salir ella y yo nos dimos un último abrazo, frío y falso como nunca
había abrazado a nadie. En toda mi vida sólo he recibido dos abrazos
falsos, el último de él y el último de ella, las personas que quise y
que amé, pero que a última instancia desconocí porque ya no eran lo que
me habían mostrado en varios años. Subí al auto sin mirar atrás y nos
dirigimos al aeropuerto, su padre intentaba conversar sobre algún tema
trivial pero las palabras no le salían, era el único que yo sentía que
estaba realmente afectado, es el único que al final pensé que valía la
pena como persona. Llegamos al aeropuerto y bajamos las maletas, me
despedí de él y lo abracé.
– Fue un placer conocerlo -. Le dije mirándole a los ojos. Evidentemente afectado me deseo que fuera feliz.
Subió al auto y se fue. Tomé mis cosas como pude y entré al aeropuerto.
Casi no podía caminar por causa del dolor que sentía en todo mi cuerpo,
aquello era terrible, realmente lo era. Tuve contratiempos con el tema
del pasaje, de por sí ya tenía muchos problemas, sabía que cualquier
cosa que sucediera tendría que resolverla yo porque, para ese momento,
literalmente ya no contaba con nadie en ese país.
El único que nunca me abandonó fue Dios, fue el único que no me dio la
espalda, que no me engañó, que no me traicionó y que no me mostró una
cara para luego mostrarme otra. Realmente es muy triste pasar por algo
como eso, no se lo deseo ni a mi peor enemigo.
Fue un calvario enorme hacer la gran fila de entrega de equipaje, me
obligaba a caminar, como podía empujaba ese pesado equipaje que
sobrepasaba mis fuerzas, más que contenido me pesaba el dolor y me
quitaba las fuerzas de todo, hasta de vivir. Me sentía enferma, me
sentía morir.
Luego vino la espera en la puerta de embarque, yo estaba como en otro
mundo. Un pasajero se acercó a preguntarme algo, yo no le entendía lo
que me quería decir, ni siquiera podía responderle. Llegó el momento de
abordar, subimos al avión, busqué mi asiento y quise guardar mi mochila
en el compartimiento superior, pero yo no tenía fuerzas y no era capaz
de levantarla. Una señora del puesto de atrás vio que estaba en apuros y
se apresuró a ayudarme, entre las dos pusimos arriba el equipaje, le
agradecí. Me senté en mi puesto y yo seguía en otro mundo. Un rato más
pusieron en marcha aquel avión, se movió por la pista y tomó posición,
entonces aceleró y con él se aceleró mi corazón. De repente sentí que
las ruedas se despegaron del suelo, y me dije cerrando los ojos:
– ¡Dios mío! -.
Atrás comenzaba a quedar esa ciudad, esa ciudad donde fui feliz, donde
amé y donde creí que me habían amado. No podía creer lo que estaba
pasando.
Después de muchas horas de vuelo llegué a la capital de mi país. Recogí
mis pesadas maletas nuevamente, y de nuevo no podía con ellas. Recuerdo
que empujaba con mi rodilla el equipaje para poder moverlo, las fuerzas
de mis brazos ya no eran suficientes, y terminé con la rodilla llena de
moretones. De nuevo me tocó esperar en la puerta de embarque, pues mi
destino final no era la capital. Esperé muchas cosas la hora del vuelo,
luego éste tuvo varios retrasos. Me desesperaba, quería llegar a casa,
quería ponerme a llorar como una niña, quería dejar de hacerme la fuerte
ante esas personas. Quería gritar que había cosas que no entendía, y
hasta quería insultarlo a él por lo que me estaba haciendo. No entendía
por qué si yo nunca había sido mala, él me había destruido de esa
manera. Nunca lo insulté, sólo le dije “imbécil” en una de las primeras
conversaciones porque creí que estaba echando todo por la borda cuando
aún me amaba, en ese momento yo no sabía que él no me amaba y que no era
capaz de decírmelo de frente.
Por fin salió mi vuelo local y en una hora estaba llegando a mi ciudad.
Vino el proceso de las maletas nuevamente, luego salí y tomé un taxi a
casa.
– Tú nunca me dijiste que tenías problemas con él -. Preguntó mi mamá.
– No podía decírtelo porque nunca los tuvimos -. Le respondí. – Y si lo
hubiésemos tenido, creo que su madre igual se habría metido en la
discusión. Bien claro dejó que ella no iba permitir que peleáramos, lo
dijo -.
– Entonces, ¿esto fue de repente? -.
– Literalmente de la noche a la mañana -.
– ¿Crees que lo tenía pensado desde antes? -.
– Por las palabras de su madre: “él no es de decisiones precipitadas”,
yo creo que sí. Además, había detalles que daban a entender que si no
pasaba ahora, no pasaría mucho más a futuro para que yo saliera de ahí…
eso confirma que ella sabía cosas que yo no sabía -.
– No sé qué decir hija, todo esto me toma de sorpresa -.
– Si te toma de sorpresa a ti mamá, ¿qué queda para mí? Tantos años
creyendo que él era un buen hombre, que era correcto, que era justo, que
era honesto. ¡Tantos años creyendo que teníamos una bonita
comunicación! Todo fue falso, todo -.
Mi madre me miraba con tristeza y con amor. Yo lloraba mientras seguía tomando esa amarga cerveza.
– Mírame, yo que ni tomo y veme aquí queriendo emborracharme con un par
de cervezas, queriendo desconectarme del mundo, queriendo olvidarme de
todo… -. Decía mientras un trago seguía al otro.
Terminé efectivamente mareada, un par de cervezas y ya no podía ni
caminar. Me fui a dormir y no supe nada más de mí hasta el siguiente
día.
Había terminado mi sufrir en el país del hombre que amaba, pero
comenzaba el sufrir en mi propio país. Las primeras semanas fueron
terribles, casi no comía, me despertaba ansiosa o no podía dormir, me
sentaba en mi cama y me repetía: “no entiendo, no entiendo, no
entiendo”. Casi me vuelvo loca de dolor, pensé en ir a un psicólogo para
que me recetara pastillas para dormir, pero luego desistía porque no
quería volverme una adicta a esas pastillas. Fue un proceso
extremadamente terrible.
Después de tres semanas, le envíe un correo electrónico para hacerle
saber que los proyectos profesionales que teníamos juntos ya no
seguirían, pero como mi trato al dirigirme a él fue formal, se molestó. Y
en medio de esa molestia, me escribió un correo electrónico largo donde
sí comentaba puntos en los cuales yo había fallado, ninguno era algo
grave y se podía trabajar, se lo hice notar y le insistí en salvar la
relación, a lo que él respondió:
– Ya me hice a la idea de que no estamos juntos -.
Me quedé pasmada. ¿Era tan fácil para él hacerse a la idea de eso?
Habían pasado tres semanas y yo recordaba “ese gran amor” y lo sufría,
pero él simplemente “ya se había hecho a la idea de que no estábamos
juntos”. Ahí me dije: “Sí, efectivamente es obvio que ya no me ama, y
que cuando me lo dijo la última vez simplemente mentía”.
Respecto a lo que yo estaba sufriendo, que no podía dormir y todo eso, se limitó a decirme:
– Si te destruyes a ti misma es tu culpa. Ya no soy responsable de ti -.
Y sobre mi insistencia de salvar la relación, o cuestionarlo:
– Te he perdido todo el respeto por no respetar mi decisión -.
Ahora se trataba de su decisión, se trataba de lo que le hiciera bien a
él ¿y a mí que me atropelle el tren? Se supone que una pareja son dos
personas, se supone que uno es responsable de enamorar a la otra persona
y esa responsabilidad no te la puedes quitar de un día para el otro,
pero eso hizo él, ahí “se lavó las manos” y lo que importaba era él, su
decisión, su tranquilidad. Y yo fui la que perdió su respeto, sí, la que
actúo mal y perdió su respeto…
Pasaron días en que no supe de él, sin embargo, eso no me impedía
recordarlo y yo quería terminar las cosas bien, me parecía que era
justo, en honor a “tanto amor”, que no quedáramos como enemigos. Así que
nuevamente le escribí en tono reconciliatorio de amistad, y su trato
volvió a ser amable. Yo quería terminar las cosas bien y dejarlo libre,
tenía claro que la comunicación se iba acabar, pues jamás habría
intentado ser amiga del hombre que amaba y que ya no me amaba a mí, eso
es absurdo, pero quizás él creyó que podíamos ser amigos y me contó que
estaban remodelando la casa, y que además se había comprado un auto
tomando las sugerencias de sus padres. Mi primera reacción fue de
incredulidad, yo no podía creer lo que estaba leyendo. No había pasado
ni un mes cuando hizo todo lo que no quiso hacer cuando yo estaba
presente. Se negó en innumerables ocasiones a comprarse un auto, se negó
a la opción de un apartamento, y la idea de remodelar la casa nació
desde antes de que yo viviera con él, se tenía incluso un croquis de
cómo iba a quedar y allí representadas estaban las modificaciones
pertinentes que debían hacerse para crear un nuevo sitio para guardar su
auto. Postergó mucho una operación que quería hacerse en los ojos, y la
planificó justo cuando se deshizo de mí. Ahí comenzaron de nuevo mis
cuestionamientos: ¿Entonces ése era el problema? ¿Yo era una carga
económica? Todo lo que yo creía de él comenzó a chocar con lo que ahora
estaba sabiendo, y sólo tenía más y más preguntas.
Tres meses después de aquel correo electrónico que comenzó todo mi
sufrimiento, y terminó con toda mi alegría, recibí un último correo
electrónico. Sí, jamás volvió a darme la cara ni hablarme en voz, sólo
me escribía. Ese último correo tenía una confesión que yo jamás me
habría esperado, jamás lo habría imaginado y que no lo hubiese creído si
él mismo no me lo dice.
– Yo no soy el hombre que “habíamos” construido mientras estuvimos juntos -.
El último balde de agua fría que me faltaba, pero la pieza fundamental
que le da sentido a lo vivido: al cambio brusco, al no reconocerlo, el
no saber quién era ese hombre con quien estaba hablando porque no era el
que yo había conocido.
Resultó ser que efectivamente él no era el hombre del cual me había
enamorado. Ese hombre que yo amaba, que aún amaba, no existía, era
irreal, fue un personaje de telenovela que se cansó de un día para el
otro de seguir fingiendo. Ahora tenía sentido lo que antes me repitió:
“que estaba desgastado”. ¡¿Cómo no va estar desgastado si ha estado
fingiendo por años?! Fingiendo mientras repetía que teníamos una buena
comunicación, fingiendo haciendo el papel de “hombre perfecto”,
fingiendo el papel de hombre correcto, franco y honesto… por años. Yo
creo que eso se le olvidó cuando hizo su declaración, se le olvidó que
tuvimos una relación de años. Quizás lo obvió para no “sentirse tan
mal”.
Eso sí, ahí no dudó de compartir la responsabilidad con ese “habíamos”,
porque obvio tenía que dejar claro que yo también “tenía culpa”. Pero
antes no pensó en los dos cuando me dijo que me había perdido el respeto
por no respetar su decisión, aquí se trataba de SU decisión y lo que
pase conmigo no importa, total yo ya no era su responsabilidad. Sin
embargo, cuando le atacó la culpa ahí sí pensó en dos pues “habíamos
construido” ¿no?
El noviazgo también lo habíamos construido entre los dos, y cada uno era
responsable del otro, era responsable de hacerle saber las cosas a
tiempo, era responsable de ese amor que había hecho nacer y crecer
dentro del otro. Eran años de palabras bonitas, eran años de afecto,
años… hasta que un día “chao contigo”, sin hablar las cosas, sin dar la
cara, detrás un correo electrónico y alejándome cientos de kilómetros.
Qué manera más fácil de arreglar las cosas, qué manera más fácil de
deshacerse de las molestias, qué manera más fácil de deshacerse de las
personas… Esperaba más que eso, ¡pero espera! Verdad que el hombre a
quien le importaba hacer las cosas bien es justo el que no existe,
verdad que el hombre bueno y del cual me enamoré no existe, se me
olvidaba eso. Ese hombre que yo amaba era otra cosa, era un hombre
justo, era un hombre sabio, no era tan egoísta y le importaba el
bienestar de los demás, ese hombre no era solamente una apariencia de
bueno, ese hombre no habría calculado fríamente mandarme lejos en un
avión, ese hombre me habría respetado, ese hombre habría tenido
dignidad, habría tenido respeto por sí mismo, me habría hablado
mirándome a los ojos, me habría dicho la verdad, habría tenido
reciprocidad… pero ese hombre no existe, nunca existió.
Me siento tan tonta, es como haber tomado un libro romántico y haberme
enamorado del protagonista, y justo haber llegado a la última hoja y
leer en la última línea: “Lo siento, el hombre que aquí conociste y
aprendiste a amar, en verdad no existe”. ¡Por Dios! ¿Cómo se vive con
ese punto final en la historia? ¿Cómo?
Yo no merecía esto, y ahora tengo que aprender a vivir con ello.
Qué fácil te quedó todo ¿no? Puedes salir tranquilo a la calle, tienes
asegurado el no volver a encontrarme, el no tener que enfrentarte a mis
ojos. Puedes hacer de cuentas que todo está bien, si quieres volver a
fingir con otra persona pues nadie lo va saber… realmente eres un buen
actor, y yo la tonta que se enamoró.
Te odié. De repente te odiaba y te amaba a la vez, ¡qué terrible
contradicción! Y hoy siento que no vale la pena ninguna de las dos. Como
dice alguien por ahí: “El odio no libera del dolor, si fuera así este
mundo sería feliz”, y no, yo no he sido feliz. Supongo que tú sí,
lograste lo que querías, y lograste mucho así que espero que te alcance
para ser enormemente feliz. Creo que ya ni eso importa, no me debería
importar lo que pasara contigo si total el “tú” que yo amaba no existe
más, nunca existió. Pero hasta aquí sufro, aquí es cuando me despido yo,
chao a ti y chao al que nunca existió. Simplemente adiós.
Creí en la vida que estaba construyendo,
pero no me di cuenta que yo sólo era parte de un guión,
que era la víctima perfecta de un personaje,
de una novela que termina en desamor.
Remontando a los días más tristes de mi vida
recorro de nuevo el dolor,
amé y me engañaron,
creí y traicionaron.
No quiero rencores ni odios
que ensucien mi corazón,
pero muy fuertes han sido las mentiras,
el engaño y la traición.
Me siento muy tonta por haber creído tanto,
me siento culpable por haber esperado tanto,
me siendo desilusionada del amor y las personas,
no quiero ser parte de una novela, de una obra.
He amado y nada bueno me ha dejado,
he odiado y nada bueno me ha dejado,
ya no sé qué esperar de la vida,
ya no sé si me vienen verdades o me vienen mentiras.
Remontando a los días más tristes de mi vida
recorro de nuevo el dolor
y con él he escrito cada párrafo, cada verso,
cada parte de esta historia gris que ya no tiene color.
Así es, aquí yace la verdadera historia de Matilda Santos Dumont…
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
004. Matilda Santos Dumont: Los días más tristes de mi vida. Colección Lo dicho y lo nunca dicho. Waldylei Yépez.docx
27/07/13 02:49 a.m. – 03:21 a.m. – 02:40 p.m.

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