Llego a casa después de un largo día de
trabajo. Me siento agotada. Pongo las llaves sobre la mesita de la sala,
me quito la chaqueta y los zapatos, me duelen los pies. Me invade la
sed, busco algo para beber y regreso a la sala. Habría sido un largo,
aburrido y cotidiano día de trabajo si no fuera porque me pasé
recordándote, y recordando lo que eras… o lo que fuimos. Pongo el vaso
sobre la mesa y me quedo mirándolo, pero en realidad no lo miro, sólo he
fijado mi vista en él pero mi mente yace en otro camino, en otro
tiempo, en otra época. No sé por qué tengo la leve sensación de que esta
casa está más silenciosa que nunca, es como si nadie estuviera aquí
adentro… hasta mi mente se ha quedado en silencio. Suspiro ante el
pasado que se asoma a mi ventana. Bebo otro sorbo y miro el reloj. Miro
el piso, las paredes, el cuadro que nunca terminé de pintar, el cuaderno
de notas donde a veces escribo alguno que otro verso, la guitarra que
dejaste olvidada y la felicidad que quedó socavada. Miro todo y no miro
nada.
Por mucho tiempo he intentado regresar a mi centro, reencontrarme con la
paz que perdí, entender lo que nunca entendí, y aceptar lo que tuviese
que aceptar aunque no estuviera de acuerdo con ello. En el camino de
toda esta “terapia” de vida, aprendí mucho hasta de mí misma; entendí
que muchas cosas las aprendí mal, y tuve que desaprenderlas para
reaprenderlas como debieron ser; entendí que debía hacer algunos ajustes
en mi vida, que jamás cambiaría mi forma de ser, pero que la vida no se
trata de “cambiar” sino de “ajustar” y en eso me he enfocado, y la
verdad siento que es mucho lo he avanzado. Me siento orgullosa y feliz
con ello. Me siento más segura e independiente. Me siento en paz conmigo
misma. Sin embargo, me queda algo pendiente, lo sé, puedo sentirlo… y
llegó el momento de hacerle frente.
Me levantó de mi asiento y busco el teléfono. Vuelvo a mi sitio y tomo
una respiración profunda. Marco tu número. Me invade el nerviosismo, no
sé si me contestara otra mujer o algún familiar.
– Aló -. Es tu voz y se acelera mi corazón.
– Hola -. Te digo.
– Hola -. Me respondes. Llevamos mucho tiempo sin hablar, pero aún puedes reconocer mi voz.
Te pregunto si puedo hablarte unos minutos y me dices que sí. Tomo aire de nuevo y comienzo.
No sé cómo empezar esta conversación, la verdad no lo sé. Sin embargo,
siento que hay cosas que necesito decirte, porque siento que es lo que
falta por resolver en mi vida, por resolver de esa época en la que tú
eras el protagonista principal. Te culpé de muchas cosas que sucedieron,
pero ahora sé que yo también falté en más de una. No, no buscaré
justificarme, porque cuando uno va pedir perdón lo que menos tiene que
hacer es justificar sus propios errores. Te he llamado para decirte que
lo siento, que lo siento mucho, que me equivoqué, que en definitiva
quiero hacerme responsable de la parte que me corresponde en todo el
problema. Quiero pedirte perdón por las cosas que deba pedirlo. Y yo
también quiero perdonarte por todo el dolor que sentí, por todo el daño
del cual te he creído responsable… No sé cómo es perdonar, no sé cómo o
por dónde empezar, pero tengo toda la intención y voluntad de hacerlo.
Lamento de verdad el cómo terminó todo esto… Necesitaba que lo supieras.
No, no necesitas decir nada ahora. Sólo déjame terminar diciéndote:
gracias por escucharme.
Colgué la llamada, y me recosté sobre el sofá.
No sé, la verdad no sé cómo se puede perdonar tanto daño, pero prefiero
averiguarlo y zafarme del rencor, para dejar de recordar este dolor una y
otra vez hasta el cansancio. Al daño no hay que agregarle más daño, eso
es lo único que tengo claro. Desde hoy comenzaré a dejar de recordar lo
malo.
El camino del perdón tiene muchas vías,
y yo aún no conozco cuál es la mejor,
la que a mí me funcionaría,
pero sí sé algo:
me cansé de tanto daño,
del que me hizo él,
del que me hice yo
y del que me hago recordando.
Estoy dispuesta a dejar lo pasado,
a perdonar el daño causado,
porque merezco algo mejor que vivir sufriendo
o vivir añorando.
Hacia el horizonte iremos caminando,
y aprenderemos a perdonar,
aprenderemos a soltar
y un día volveremos amar.
Amar, reír y soñar…
en un nuevo caminar.
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
013. El camino del perdón. Colección Lo dicho y lo nunca dicho. Waldylei Yépez.docx
13/09/13 07:54 p.m. – 08:03 p.m.

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