Me encontraba esperando en el terminal
de buses de la ciudad, mientras las nubes se hacían cada vez más grises y
el día se oscurecía. No cargaba ningún paraguas, ni nada que pudiera
protegerme del agua si llovía, en esos momentos temí por la integridad
física de un par de libritos que llevaba en la mano. No estaban dentro
de una bolsa, así que si llovía estarían expuestos a la intemperie y eso
me preocupaba. Sí, a veces uno se preocupa por “pequeñas cosas”, así me
criticarían los demás, pero ellos no entienden el tesoro que encierran
los libros y, por eso, no les da ninguna lástima si alguno se moja o no.
Por fin pude subirme al autobús. Caminé por el pasillo y divisé un
puesto, llegué hasta ahí y me senté junto a una señora. Ella ya había
elegido el súper puesto junto a la ventana, así que me conformé con el
del pasillo. Miré y vi cómo, en la ventana, comenzaban a chocar las
gotas de lluvia. La señora parecía estar entretenida mirando aquello,
desde que me senté no volteó a mirarme en ningún momento. Comenzó
nuestro recorrido sin mayor novedad, pensé que lograría llegar temprano a
casa, sin embargo, luego de unos veinte minutos de carretera nos
topamos con una horrorosa cola, habían momentos en que el autobús no se
movía ni un centímetro.
– ¡Y yo que quería llegar temprano a la casa! -. Exclamó la señora a mi lado, aun mirando por la ventana.
– Yo también -. Respondí. – Pero parece que no va ser así…-.
Ella se volteó a mirarme, me pareció que sin querer la hice salir de su
letargo. Luego hizo otro comentario y yo volví a responder. Así
estuvimos unos minutos, después ya estábamos conversando banalidades de
la vida… todo se dio como se dan esas conversaciones espontáneas,
aquellas que nadie sabe cómo empiezan pero terminas hablando hasta de
filosofía. Sí, es una cosa rara.
Yo estaba normal, comentaba y respondía. Pero, de repente, me di cuenta
que ella comenzó hablar de problemas personales, o más bien de un
problema personal. Entendí que, en esta ocasión, mi rol sería
fundamentalmente el de escuchar, pues ella necesitaba sacar todo eso que
tenía atragantado. El problema, según ella me comentaba, era su hijo…
su único hijo. Él no se portaba mal, no era un delincuente, no era un
drogadicto… pero era gay. Habían instantes en que ella lloraba mientras
hablaba, otras hablaba como intentando ordenar sus ideas. Yo intentaba
no interrumpirla, más bien mis pocas palabras eran para hacerle notar
que la estaba escuchando.
– Yo quisiera hablar con él, decirle todas estas cosas. Que me
entendiera mi posición, pero sé que no me va entender… -. Me decía.
– ¿Por qué piensa que no la va entender? -.
– ¡Porque él nunca me entiende! No es grosero, no me responde
bruscamente, pero no hace lo que yo le digo que haga. ¿Ve? ¡No me
entiende! -.
– ¿Sabe? A mí me ha servido mucho escribir, pienso que es un buen método
para ordenar ideas. ¿Por qué no le escribe una carta a su hijo? Podría
decirle todas estas cosas que me ha dicho a mí. No sabemos si, de
verdad, no la va entender o si sí lo hará. Creo que hay que intentarlo
aunque sea -.
Sus ojos expresaban desesperación, pero esa desesperación callada, ésa
que intentamos ocultar y que nos hace voltear la mirada, como para que
no nos sigan mirando el alma porque nos sentimos vulnerables.
Yo no sé si ella escuchó lo que le dije, o si simplemente lo descartó.
Lo cierto es que después de eso se quedó callada, volvió a estar absorta
mirando por la ventana.
Minutos después hicimos una parada, varios en el autobús se iban a bajar
y ella también, me levanté para que pudiera moverse con tranquilidad.
Tomó sus cosas y caminó por el pasillo, se bajó del autobús sin siquiera
despedirse de mí. Retomé mi asiento. Miré por la ventana y vi cuando le
hablaba a un muchacho muy joven, quizás aún no alcanzaba la mayoría de
edad. Ya había visto a ese chico, recordaba que iba sentado en el primer
puesto y nosotras estábamos casi en los últimos. Medio escuché cuando
ella le dijo algo de “tu papá” y supe que él era su hijo, su hijo gay.
El autobús siguió su trayecto, y media hora más tarde yo estaba llegando
a mi casa. No podía dejar de pensar en esa señora y su hijo, y en si
ella tomaría mi sugerencia.
«Quizás nunca le escriba esa carta, quizás nunca le hable con esa sinceridad con la que me habló a mí…». Pensé.
Me quedé mirando a cualquier lugar, mirando sin mirar. Hasta que llegó un momento que me dije:
– Quizás ella no pueda escribirla, pero yo sí… -.
Me levanté de mi asiento y fui hasta mi cuarto. Ahí comencé a escribir…
Carta de una madre a su hijo gay
Tesoro,
No he podido estar tranquila desde la noche en que hablaste conmigo de
esa manera tan sincera, y desde entonces el miedo me ha embargado como
nunca antes. ¿Sabes? A lo largo de nuestra vida nos enfrentamos con
muchas cosas, con muchos problemas de diversa importancia o gravedad, y
en la mayoría de ellos yo siempre sabía qué pasos dar o, al menos, por
dónde empezar. Pero ahora me he visto superada, no sé cómo enfrentar tu
confesión, no sé cómo enfrentar la realidad de entender a cabalidad que
seas gay. Sé que para otras personas puede ser más fácil, o, al menos,
eso creo. Para mí no lo es, he pasado casi los cincuenta años que tengo
dentro de un paradigma conservador y religioso, lo mismo tu papá y,
aunque él no lo demuestre, sé que también es duro y que no deja de
pensar en “cómo resolver el problema”, porque así es como lo hemos visto
en primeras instancias. No hemos conversado de esto, creo que ninguno
sabe bien cómo abordarlo, apenas yo estoy intentado escribirlo siguiendo
lo que me dice mi corazón de madre, más allá de las estructuras rígidas
mentales que sólo están volviéndome loca, porque no puedo conciliar mi
mente con mi emoción. Esta es una experiencia nueva para mí, con decirte
que a mi edad jamás pensé enfrentarme a algo tan nuevo, tan
desconocido, que se saliera de mi “molde mental” como lo es tener un
hijo gay. Creo que tu papá y yo hemos visto el tema de la homosexualidad
como “el problema al que se enfrentan los demás, pero no nosotros”,
siempre las personas hacemos eso: asumir las cosas como “eso no me pasa a
mí”.
Le temo poderosamente a los cambios, con el paso de los años les temo
mucho más porque atentan contra la estabilidad que siento, y ahora estoy
aterrada. No quiero que cambies, no quiero que nada cambie… ¡No quiero
verte vestido de mujer! El sólo imaginarlo me pone mal, me pone mal
porque quiero protegerte, no quiero que hagas el ridículo, no quiero que
los demás se burlen de ti. Vivimos en una sociedad muy dura, muy cruel
que no medirá para insultarte, burlarse y hasta golpearte… ¡Por el amor
de Dios! Yo no quiero eso para ti, no he hecho más que llorar de sólo
pensar que a “mi niñito” alguien quiera hacerle daño. Sí, mucha de mi
negación, mucha de mi actitud de oposición vienen dadas por el hecho de
que quiero protegerte, porque yo te amo y quiero lo mejor para ti.
Tu padre y yo crecimos dentro de una sociedad para la cual estaba bien
burlarse “de los diferentes”, donde estaba bien crearles apodos
ofensivos, chistes ofensivos y hasta canciones populares en clara burla
que a todos hacían reír. Nacimos, crecimos y aún seguimos en una
sociedad que hace lo mismo… sí, yo sé que tú eres optimista, que ahora
la gente lucha por la igualdad, que se han creado leyes y hasta en la
televisión pasan marchas por la igualdad, sí yo sé todo eso, pero aun
así siento miedo por ti.
¿Sabes? Cuando me confesaste tu verdad, lo primero que pensé fue
llevarte al médico, creí que podías estar enfermo, por un segundo creí
que “si era homosexualidad estábamos a tiempo para curarla”. Mínimo
debíamos visitar a un psicólogo, porque “seguramente” estabas
confundido. Pasé días buscando información al respecto, encontraba de
todo en Internet, leí libros de psicólogos, artículos en revistas… no
sabía dónde buscar la solución al problema. Al final, cuando me decidí
escribir esta carta, supe que no había solución al problema, porque no
había “un problema”. Lo que hay frente a mí es una realidad, una
realidad donde no importa si algo pasa o pasó con tus cromosomas o no,
porque esto no se trata de que seas “anormal”, así como una especie de
“mutante”, o si fue una medicina la que “te hizo este daño”. Todo esto
se trata de que tú seas lo que eres, aunque yo me esté muriendo de miedo
pensando en las consecuencias de eso.
En mis intentos de llevarte por el camino del bien, te enseñé las normas
religiosas que me enseñaron a mí y a tu padre, te enseñé sobre el
pecado, sobre los castigos, sobre lo que supuestamente quiere Dios y el
temor que le debemos tener. Te enseñé como me enseñaron y ahora veo lo
mucho que sufres por esas normas, que en vez de ayudarte en la vida te
están aplastando. Pero, querido, también te dije que Dios es Amor, que
Dios es misericordioso y eso es lo que yo creo con todo mi corazón, eso
es lo que debes mantener presente de Él. No te sientas malo, no te
sientas pecador si no has dañado nunca a tu prójimo, no eres pecador
porque seas gay. Como sociedad hemos gritado a los cuatro vientos que
todos somos hijos de Dios, pero después decimos en voz baja que se
aplican excepciones a la regla; que Dios es Amor, pero que también se
aplican excepciones a la regla. Hemos hecho muchas cosas buenas, pero
también nos hemos equivocado tanto… Es una lástima que a nadie le
importen los gay, hasta que hay uno en la familia o entre los amigos más
queridos. Sólo cuando la realidad tocó la mía pude comprender tantas
cosas, y eso está haciendo tambalear muchas de mis estructuras rígidas,
créeme me da temor. A veces siento que ya estoy muy vieja para estar
enfrentando estos cambios tan trascendentales, pero aunque no sepa cómo
enfrentar esta realidad o no sepa cómo apoyarte, aquí estoy, aquí está
tu mamá.
Tenme un poquito de paciencia, haré mi mejor esfuerzo.
Esta noche hablaré con tu papá, después podremos conversar los tres con más calma. ¿Te parece?
Por último, no olvides nunca lo mucho que te amo, nunca, nunca lo olvides.
Tu mamá
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
003. Carta de una madre a su hijo gay. Colección Terepaima. Waldylei Yépez.docx
05/11/13 04:15 p.m. – 04:25 p.m.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario