Por lo general, somos bastante
cuidadosos con lo que sembramos en cada uno de nuestros huertos. Por
supuesto, somos aún más cuidadosos cuando se trata del huerto del
corazón porque sabemos que esa sección es realmente delicada, el abono
que se usa es sumamente especial y que no faltará las hierbas malas que
querrán entrometerse para rodear las siembras, quitándoles espacio y
nutrientes.
Hace un tiempo atrás, llegaron hasta mi puerta unas semillas muy
hermosas, me dijeron que eran perfectas para sembrar y que de ellas
recibiría grandes frutos. Me sentí tan entusiasmada al conocerlas, que
me enamoré de ellas y quise ponerlas en algún buen lugar. Caminé entre
los huertos que tenía y no me entusiasmaba en plantarlas. Había puesto
tantas expectativas en ellas, que un lugar ordinario no podían tener.
¿Cuál es el mejor lugar? ¿Dónde podría sembrarlas para que pudieran
crecer sanas y fuertes? ¿Dónde estaba la mejor tierra y recibirían el
mejor abono? Y pues el lugar idóneo era ése: el huerto de mi corazón.
Corrí hasta allá, y mientras me acercaba sonreía más y más, estaba feliz
porque sembraría en mi corazón las mejores semillas que jamás conocí, y
las colocaría con el mejor abono llamado amor, y las regaría día tras
día con gotas de cariño y ternura. ¡Era imposible que aquellas semillas
no crecieran sanas y fuertes! Le pondría todo mi empeño, mis más
preciados recursos y toda mi atención. Y así lo hice, las puse en el
centro del huerto, en el centro de mi corazón y las cuidé con mucho amor
y muchas gotas de cariño y ternura.
Esperé paciente y nada ocurría, yo no entendía lo que pasaba. Me rascaba
la cabeza intentando dilucidar aquel tema: ¿Será que le falta abono?
¿Será que le faltan más gotas? Pero había hecho todo lo que podía, y aun
así no pasaba nada. Algo tenía muy claro, aquellas no eran semillas que
yo conociera de antemano, por eso no sabía si esperar que apareciera
una pequeña flor, o si se aparecería algún árbol frutal porque me
comentaron que recibiría grandes frutos. Yo tenía experiencia con
árboles frutales, con verduras y hasta había visto nacer las flores,
pero en este caso estaba desconcertada porque la verdad no sabía qué
esperar, las semillas sí eran raras para mí, no se parecían a nada de lo
que yo hubiese conocido antes. Semanas después pasó un vendedor de
semillas, le comenté mi problema y no me supo responder, pero sí me
llegó a decir que quizás debía esperar más tiempo porque tal vez aún se
están afianzando las raíces a la tierra del corazón, pero que no cabía
duda que el abono del amor haría que un día saliera a la luz. Me
conformé con su respuesta, igual seguía muy entusiasmada. Le dediqué
mucho de mí a ese pedacito del huerto, llegué hasta cantarle canciones
y, de tanto cariño y ternura, llegué amar aquellas semillas que ahora
eran parte de mí, parte del huerto de mi corazón.
De tantos quehaceres, estuve ausente de mis huertos algunos días. Cuando
regresé comencé a revisarlos uno por uno, dejé para el final al huerto
de corazón porque quería pasar más tiempo con mis semillas especiales,
esas semillas a las que tanto había aprendido amar. Sin embargo, por
varias razones, no pude pasar esa tarde por el huerto del corazón así
que suspendí mi visita hasta el día siguiente.
Cuando regresé al día siguiente al huerto, divisé que algunas semillas
cerca de la puerta habían crecido, que unos pequeños árboles frutales se
estaban haciendo cada vez más grandes y muy contenta revisaba cada uno
de ellos. Luego me tocó pasar al centro del huerto, y mientras me movía
tarareaba una canción hasta que me detuve en seco, con horror divisé que
el centro del huerto estaba repleto de hierba mala. Exclamé: “¡No puede
ser!”. E inmediatamente me preocupé porque sabía que la hierba le
estaría quitando espacio y nutrientes a mis amadas semillas. Me puse
manos a la obra, y comencé a arrancar estas hierbas pero me daba cuenta
que me costaba sacarlas, entonces decidí explorar sus raíces y con
sorpresa me di cuenta que eran profundas. Tuve una sospecha, pero la
aparté de mi mente. Me dije: “Debo sacar estas hierbas antes de que
afecten a mis semillas, el árbol frutal necesitará este espacio… bueno,
supongo que será un árbol frutal”. Intenté muchas veces y sí arrancaba
pero pedazos superficiales, realmente me costaba llegar a la raíz y
comenzaban a dolerme las manos, de hecho, ya tenía unos raspones a lo
largo de mis dedos. Me senté un instante, pensé en que esa no era
cualquier hierba y temí. Me levanté y fui al centro del espacio donde
estaba toda esa hierba amontonada, por un ladito comencé a escarbar lo
más que pude, esperaba encontrar indicios de alguna raíz como la de
árbol frutal pero por más profundo que indagué no encontré nada.
Entonces fue cuando lo acepté: había sembrado con mi propia mano hierba
mala en el centro del huerto, había traído al enemigo hasta mi corazón,
el propio Caballo de Troya que escondido bajo el disfraz de unas lindas
semillas golpeaba desde el interior. Me sentí frustrada, engañada,
dolida y me critiqué castigándome a mí misma un millón de veces en
apenas unos minutos. Tenía un enorme problema y lo sabía, estaba a
merced de una hierba que tenía libre acceso al huerto y podría
destruirlo todo allí adentro de mi corazón.
No sabía por dónde empezar, lo que tenía claro era que debía limpiar el
huerto de esas raíces que se estaban adueñando de todos los nutrientes, y
eventualmente eso afectaría a todas las plantaciones. Muchos temores
pasaron por mi cabeza, llegué a pensar que si las raíces habían llegado a
los árboles frutales de los alrededores, podrían llegar a sacarlos de
la tierra, no quería ver morir todo mi trabajo, no quería ver morir el
huerto, no quería ver morir mi corazón. Toda esta situación comenzaba a
dolerme mucho, era un dolor profundo el que sentía cuando recordaba todo
lo que había hecho y dado a esas semillas, tantas ilusiones, tantas
expectativas… lo que menos esperaba era que golpearan de esta manera
todo lo que había soñado, y que ahora parecía el peor error que cometí.
Admito que, en muchos largos ratos, me la pasé llorando al pie de aquel
montón de hierba. Me sentía tan engañada, tan tonta de haber confiado y
haber dado lo mejor de mí sabiendo que aquellas semillas eran nuevas,
que no las conocía realmente, pero me dejé llevar por la ilusión. Lloré
tan amarga y profundamente, lloré como nunca antes había llorado.
Poco a poco comencé mi trabajo, eran muchas las raíces que debía retirar
pero debía hacerlo con cuidado, no es lo mismo remover cualquier tierra
que hacerlo con la tierra base del corazón. El corazón es frágil, es
delicado, cualquier mal movimiento le ocasiona daños irreparables. Sabía
que el huerto sufría cada vez que intentaba arrancar aquellas raíces, y
yo sufría con él. Me topé con raíces tan profundas y duras, que me
llevó varios días poder moverlas un poco; estaban tan aferradas a la
tierra que, por Dios bendito, el dolor que propiciaba sacar las raíces
era realmente insufrible.
Me tomó muchos meses poder avanzar realmente con aquella limpieza. Mis
manos estaban destruidas, con raspones y pequeñas grietas. No podía
creer que cuando sembré aquellas mágicas semillas les di todo lo mejor
de mí, y la tierra de mi corazón las acogió sin condiciones ni
limitantes, pero al mostrar su verdadera naturaleza, las semillas sólo
fueron maleza que ocasionó el peor daño que mi corazón y yo misma había
sentido antes.
Por fin llegó el día, porque no hay plazo que no se cumpla, donde me
enfrenté a la última de las raíces, el último poquito de hierba mala que
quedaba. Fue la peor de las raíces, ya saben que justo cuando el
trabajo parece acabarse te encuentras con la peor parte. Mis manos
estaban tan dañadas, habían sufrido tanto, desde el dolor a la sangre,
que me costaba siquiera halar un poquito la raíz faltante. Lloré de
desesperación, lloré de miedo porque no quería prolongar mi trabajo un
día más, ya no soportaba remover y remover el producto de aquellas
semillas, producto que nada bueno me había dejado. Dedicar meses de tu
vida a sacar tanto dolor de tu corazón, es algo realmente terrible.
Me sentía desesperada, a veces quería rendirme y dejar esa raíz ahí,
pero otras recordaba que si la dejaba brotarían más y mi trabajo de
limpieza de meses se habría perdido. Hasta que, en un momento de gran
valentía y coraje, expuse mis dedos y mi corazón al peor dolor, el dolor
final, cuando tomé con determinación aquella última raíz y usé toda mi
fuerza para arrancarla. Sentí como que todo el huerto daba un profundo
grito, y aunque lo escuché gritar no solté la raíz y seguí halando,
sabía la dimensión del daño que estaba ocasionado removiendo aquella
raíz, pero también sabía que sería peor si la dejaba. Halé y halé con
fuerza hasta que pasó, sentí que la tierra soltaba la raíz o la raíz
soltaba la tierra para dejarla libre, y un último esfuerzo lo hizo
posible: la maleza había sido retirada.
Abrí mis ojos y miré en mi mano la última raíz de dolor, adherida a ella
grandes pedazos de mi corazón que se habían desprendido también. Lloré,
lloré mucho. Todas mis ilusiones, todas mis expectativas, todo el amor
que había puesto, las canciones que había cantado, la ternura y la
atención, los esfuerzos, y posteriormente la decepción, la tristeza y el
dolor, el engaño y la traición, todo eso estaba en mi mano representada
con la raíz de una semilla que había amado tanto, que después había
odiado y que ahora simplemente se había ido, y ya no podía dañarme más.
Mire el centro de mi corazón, el centro de mi huerto, y comprendí con
horror el gran, profundo e inmenso agujero, el inmenso vacío que había
quedado. No sabía qué hacer, tenía un enorme hueco en el corazón, ¿cómo
se arregla eso? La forma era rellenarlo, entonces usé el abono de amor,
sacos y sacos de amor hasta que pude tapar o llenar aquel vacío en el
corazón. También decidí regar esa sección con muchas gotas de cariño y
de ternura, además de protegerla y prestarle mucha más atención. Por
ahora, sabía que no era bueno sembrar nada allí, así que dejé
“descansar” esa sección hasta que fuese momento de sembrar de nuevo,
pues sabía que llegaría el momento de volver hacerlo pero esta vez sería
más precavida.
El huerto de mi corazón fue inocente, fue generoso y amó
incondicionalmente, ésa es su naturaleza y no ha de cambiar aunque se
haya equivocado con algunas semillas, eso lo sé. Por eso no dejaré de
sembrar a pesar de todo el dolor padecido, al contrario, a partir de
ahora sembraré mejor, y amaré las semillas que merezcan ser amadas y
apartaré de mi huerto aquellas que sea necesario apartar. De eso se
trata la vida, de aprender, de sembrar y de amar. A veces, aparecerá la
maleza pero para eso aprenderemos a limpiar…
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
002. El huerto de mi corazón. Colección Fuerte y Valiente. Waldylei Yépez.docx
28/03/14 08:29 p.m. – 08:43 p.m.

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