Día frío, el más frío que alguna vez
soporté. No sabría decir por qué la temperatura me castiga de esta
forma, sólo sé que hay algo raro en este día. Caminamos hacia la
estación del metro, tomados de la mano como cualquier vez sin nada
especial que decir. Nos separamos porque nuestros destinos eran
distintos, nos separamos con un beso rápido como cualquier vez, quizás
todo en nuestra relación comenzaba a ser “como cualquier vez”. Te fuiste
sin mirar atrás, sin esperar a ver qué pasaba conmigo, ni siquiera te
diste cuenta que me quedé mirándote y esperé que voltearas… no lo
hiciste. Busqué las escaleras y me fui al andén, metí mis manos en los
bolsillos de la chaqueta porque, por todos los santos, estaba haciendo
un frío del demonio.
Me paré en el mismo lugar de siempre, en ese sitio marcado mentalmente
donde yo sabía que quedaría la puerta del tren, donde sabía que se
abriría y yo podría saltar adentro para buscar sentarme en algún puesto.
El tren llegó y me preparé para la carrera, se abrieron las puertas y
salté rápidamente en busca de un puesto donde sentarme. Me sentí
brevemente victoriosa por lograr mi objetivo, pero el frío volvió para
congelar mi sonrisa. Nos empezamos a mover por las vías, llegábamos y
partíamos de las estaciones en aquella línea mientras yo mantenía mi
mirada fija en la cordillera y sus cumbres nevadas. Siempre atraían mi
atención, pero esta vez de manera muy especial.
Me sentí triste, no sabría explicar la razón. Empecé a tiritar, sentía
que aquel tren era un congelador y que pronto haría hielo mi corazón.
Seguimos moviéndonos hasta la última parada: “Estación Vicuña Mackenna”.
Salí del tren y antes de que pudiera buscar las escaleras mi teléfono
móvil suena, es un mensaje de texto. Lo leo y quedo paralizada, él
estaba terminando conmigo y me pedía no buscarlo más. Dentro de mí el
hielo que latía se quebraba y dejaba de latir. Ahora tenía sentido el
frío descomunal que sentía. Me quedé de pie en medio de aquella
estación.
Algún ruido me hizo salir del letargo, caminé a las escaleras con
dirección al norte. Mientras caminaba no sabía qué pensar, no sabía qué
creer, no sabía qué decir. En el bolsillo de mi chaqueta mi móvil yacía
en silencio, pero por Dios que sufrí ese silencio como nunca antes.
Deseé que sonara, deseé que me escribiera y me dijera que era una
equivocación, o deseaba escuchar una voz al otro lado que me dijera: “Yo
te amo”. No pasó. Sentía que las piernas me temblaban y que no lograría
dar un paso más. De repente llegó el tren de la combinación.
Me subí y me afirmé en el tubo del pasillo, había mucha gente y yo con
ganas de sentarme… en verdad, tenía ganas de morirme pero eso no iba a
pasar, aunque fuera lo que más deseara no iba a pasar. Uno nunca se
muere cuando quiere, eso es un axioma de la vida. Tomé aquel tubo con
más fuerza, aunque en lo personal no sabía de dónde sacaba aquella
fuerza. Buscaba mirar el piso, lo último que quería era mirar a la gente
a la cara, sabía que si mis ojos se encontraban con otros ojos
descubrirían cómo me sentía, y pues no, me niego a que un extraño se
tope con mi alma.
Me bajé en la siguiente estación. Me fijé que toda la gente bajaba de
los trenes como si se fuera acabar el mundo, con una rapidez
impresionante, como si estuvieran en una competencia donde es necesario
saber quién sale primero, y luego recorrían el andén con gran desespero.
Era la primera vez que me detenía a mirar con paciencia aquel
desenfreno. ¿Cuándo se vuelve normal esto? ¿Por qué vamos avanzando como
si alguien nos apurara, cuando en verdad no llevamos a nadie con un
látigo a las espaldas? Todo en las grandes ciudades es así, todos buscan
la rapidez donde sea: entrar rápido, salir rápido, caminar rápido, ir a
la comida rápida, pasar rápido el semáforo, ir rápido en el auto, curar
rápido el dolor, que nos atiendan rápido, que los días de trabajo pasen
rápido, que la conexión a internet sea rápida. Todo entonces pareciera
que es “rápido”, pero el mundo se me ha hecho tan lento desde aquel
mensaje de texto.
Encontré un lugar donde sentarme en la parte externa de la estación. Ahí
me quedé mirando sin mirar, viviendo sin vivir. Miré de nuevo aquel
mensaje de texto, y volví a sentir un golpe directo al corazón. ¿Por qué
no me dijo esto antes de despedirse en aquella estación? Y recordaba
que me quedé mirándole, esperando encontrarme con su mirada pero él
jamás volteó. ¿Qué debía sentir ahora? ¿Debía simplemente morir de dolor
(por Dios que lo deseaba)? ¿O debía estar aliviada (porque ya no
tendría que seguir viviendo los aspectos menos agradables de aquella
relación)? Sin embargo, a pesar de cualquier cosa, yo lo amaba. Llevé
mis manos a la cara y me escondí en medio de ellas, entonces lloré como
una niña. Era hora de aceptarlo, lo había perdido.
En aquella estación empezó mi sufrimiento, y yo no podía hacer nada para
remediarlo. Sabía que esto lo cambiaba todo, hasta mi percepción de la
vida y de las cosas. El sur dejaría de ser lo que era, no volvería a
pisar del mismo modo la estación Vicuña Mackenna. Tú cambiabas para mí y
yo dejaba de ser lo que era.
Estaba enamorada de un “príncipe azul” que pensé que era mi destino,
pero la vida me cambió al príncipe y también me cambió el destino. Los
trenes ya no serán lo mismo, me digo y me repito. Ya mi corazón no
latirá al son de tu nombre, pues aunque yo no lo quise él también cambió
su ritmo.
Tomamos distintos trenes y ya jamás será lo mismo. Tú por tu lado… y yo al otro lado del abismo.
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
003. Vicuña Mackenna. Colección Más fuerte y más valiente. Waldylei Yépez.docx
06/12/14 02:43 a.m. – 02:53 a.m.

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