Se abre la puerta del local y en ella se puede leer: “Don Michi – Tienda de Antigüedades”.
–Bienvenido. ¿En qué le puedo ayudar?
–Hola, por el momento sólo estoy mirando. Gracias.
El joven camina y se muestra asombrado al ver los objetos en los mostradores.
–Todo lo que ve son reliquias, pero están en perfecto estado. Tenemos promociones también–, insiste la encargada mientras va puliendo una vieja lámpara.
El chico sigue mirando sin responder nada. De repente se queda atento a algo, lo toma del mostrador y se gira hacia la encargada.
–¿De qué año es esto?
–Esa pluma nos llegó hace pocos días. Se estima que tiene unos
doscientos años, pero es difícil saberlo porque, aunque tiene una
inscripción, los historiadores no reconocen ese tipo de pluma.
–Aquí dice: uno, cuatro, cero, cero… c… ll… West.
–Sí. Nos dijeron que se puede referir a una dirección: “1400 de la Calle West”.
–¿Será de otro país?
–Es posible. Aquí no tenemos ese tipo de dirección.
El joven iba a regresar la pluma a su lugar cuando la encargada le ofreció un descuento. Él lo pensó, y al final aceptó.
Regresó a su departamento y recordó que tenía un frasco de tinta en algún lugar. Cuando la consiguió, empezó a jugar con la pluma escribiendo su nombre y otras palabras.
Sorpresivamente escribió el nombre “Ana” en la hoja. Abrió grande los ojos…
–¿En qué momento escribí eso?
Luego empezó a dibujar una vela encendida. Cuando la terminó, soltó con miedo la pluma.
–¿Qué está pasando aquí?
El chico nunca tuvo intención de dibujar la vela, y de hecho no reconocía el dibujo como propio. Eso fue bastante aterrador.
Se alejó y fue a buscar un poco de agua. Quería dejar de pensar en la pluma, pero no lo lograba. Había algo dentro de él que lo empujaba a tomar la pluma de nuevo. Al final cedió.
Puso la pluma sobre el papel y escribió: “Ana”. A partir de entonces, y como si de un juego se tratara, empezó a generar una especie de preguntas y respuestas:
–¿Ana?
–––Ana.
–José.
–––No. Ana.
Volvió a soltar la pluma.
–¿Acaso estás embrujada?–, le dijo.
Le daba cierto temor, pero la curiosidad era más grande.
–¿Ana es tu nombre?–, escribió.
–––Sí.
–¿Eres una pluma?
–––¿Una pluma? ¡Claro que no!
–¿Y qué eres?
–––¡Soy una persona!
–¿Muerta? ¿Eres un fantasma?
–––¿Fantasma? Estoy viva.
Él estaba confundido.
–¿Cómo puedes estar viva si eres una pluma?
–––No soy una pluma. Soy una señorita de una familia respetada.
Él se empezó a reír.
–Si no fuera porque estoy escribiendo con pluma en una hoja diría que esto es una red social.
–––¿Qué es una red social?
Él se extrañó. Dejó la pluma de lado, pero después sintió unas ganas irresistibles de volver a escribir.
–––¿Cómo te llamas tú?
El joven se quedó mirando la hoja. Por fin escribió:
–Mi nombre es José.
–––¿Cómo es que puedes escribirme? ¿Eres un fantasma? ¿Puedes verme?
–No, no puedo verte. Sólo escribo lo que quiero decir, y ya no sé si mi mano se mueve sola cuando escribo lo que me dices a mí.
–––Bueno José, mi mano parece que se mueve sola también.
–Esto es una locura. Lo único que falta es que sea capaz de hacer una imagen de ti sin conocerte.
Él había dejado de escribir, pero de un momento a otro tomó una hoja nueva y empezó a esbozar un rostro. Su mano se movía sola mientras él la miraba muy sorprendido. Se tardó un poco, pero logró dibujar el rostro de una mujer.
–––Así soy yo, Ana. Me gustaría conocerte, ¿puedes dibujarte?
–Lo intentaré.
Esta vez él dirigía su propia mano, y por mientras pensaba que tal vez el proceso de esbozo se había hecho más o menos fácil porque él era dibujante. Es como si la pluma supiera cómo usar a su favor las habilidades que tenía. Al finalizar dijo:
–Este soy yo, José.
Aquella interacción era un poco loca. José pensaba que la pluma podría estar embrujada, o que tal vez Ana sí estaba muerta y no lo sabía, o peor aún que él era una especie de médium que el fantasma de Ana poseía para poder comunicarse.
–Tal vez soy un médium–, se decía mientras se miraba al espejo.
Buscó en Internet sobre el tema, pero nada lo convenció. Sólo sabía que cuando le daban ganas de escribir con la pluma era porque Ana quería decirle algo.
Trató de dejar olvidada la pluma en un cajón, y también pensó en regalarla o botarla, pero escribirle a Ana se empezaba a convertir en una especie de adicción como cuando conoces a alguien y se escriben mucho por redes sociales.
Tenían varios días interactuando a través de la pluma. Se escribían sobre las cosas que les gustaban, como el dibujo.
–¿Cómo es tu ciudad?–, escribió él tratando de dilucidar de dónde era ella.
–––Está llena de comerciantes, caballos y carretas.
A José le pareció un chiste y se rió.
–La mía está llena de autos, gente que camina mirando su celular y mucho tráfico. Igual me agrada.
–––¿Qué es un auto? ¿Qué es un celular?
José quedó desconcertado, pero luego lo tomó con humor.
–Bueno un auto es el producto de la gran
industria automotriz que viene trabajando desde el año 1890 para
traernos mejores cosas cada vez.
–––Es no es posible…
–¿Qué cosa no es posible?–, pregunta extrañado.
–––No hemos llegado a ese año. Con mucha suerte mis nietos van a existir para ese entonces.
José quedó muy desconcertado. Ya no sabía si Ana estaba bromeando o si le estaba diciendo la verdad.
–¿Estás bromeando?
–––¿Por qué habría de hacerlo?
Tomó un respiro. Pensó un instante y escribió:
–Yo vivo en el año 2024. Tenemos celular, internet, un montón de comida chatarra y redes sociales.
Estuvo un rato sin escribir nada. Era extraño. Miraba la pluma y no sentía ganas de usarla.
–Ana no quiere escribir–, se dijo a sí mismo.
Dejó la pluma sobre la mesa y se fue a mirar por la ventana. Y de repente lo sintió de nuevo. Buscó la pluma y la puso sobre la hoja de papel:
–––He estado pensando que me mientes, y no sé por qué lo haces. Desde que puedo escribirte me he sentido muy feliz. Me he sentido acompañada. No me ha importado nada de lo que por aquí ocurre. Mi padre quiere casarme con un hombre que no conozco. Mi madre quiere que sea una gran señora. Mi hermana tiene su propia vida, y a mi hermano sólo le importa el dinero. No tengo amigos. Pensé que tú lo serías. No te preocupes, no volveré a usar esta pluma mágica. Gracias por tu compañía.
José quedó con los ojos grandes, y se apresuró a escribir su propio mensaje.
–Espera, espera. No te vayas. Por favor.
Se quedó mirando la hoja.
–Por favor, dame una señal de que aún estás ahí.
Seguía mirando la hoja, pero se empezó a desesperar.
–––Aquí estoy.
Respiró profundamente.
–Ana, no te he mentido. Tú misma dices que tienes una pluma mágica, tal vez su magia es tan grande que nos conecta a través del tiempo aunque yo no entienda cómo es eso posible. Yo tampoco tengo muchos amigos, es más creo que en el futuro desde donde te escribo la gente está cada vez más sola. Lamento mucho la situación con tu familia. Me gusta mucho escribirte, y quiero ser tu amigo. No quiero que te sientas sola. Puedes escribirme lo que quieras, yo seré tu compañía. No importa que el tiempo nos separe, aquí estoy.
Ana pareció conmoverse con lo que le dijo José, y ambos prometieron ser buenos amigos. Se escribieron acerca de muchas cosas, José trataba de ubicarla en un punto geográfico sin presionarla demasiado al hacer preguntas sobre su ciudad.
Un día Ana le escribió y estaba desesperada. Le dijo a José que ya tenía fecha para su matrimonio, pero ella ni siquiera conocía al novio. Estaba destrozada, quería huir y dejar todo atrás. Él trató de calmarla, pero ella dejó de responder.
José comenzó a desesperarse.
–Esto es una locura–, se decía al espejo. –¡Vamos José! ¿Qué puedes hacer? ¡Nos separan doscientos años! No sabes dónde vive, y aunque lo supieras… ¡Han pasado doscientos años!
Se quedó en silencio, y como si por fin cayera en cuenta dijo:
–Ella no existe en este tiempo…
Entonces se llenó de tristeza.
Pasaron semanas, pero Ana no volvió a responder.
Un día decidió regresar a la tienda de antigüedades donde compró la pluma, quería saber dónde la habían conseguido.
–La encontramos en la calle y la recogimos. La basura de algunos, es un tesoro para otros–, le dijeron.
Salió de ahí y se fue a la sede del Archivo Municipal, quería ubicar a un historiador para preguntarle algunas cosas de la ciudad.
–Pero, ¿qué es lo que exactamente quieres saber?
–Quiero saber si existía una calle hace doscientos o trescientos años atrás.
–Hay muchas cosas que tenemos digitalizadas, pero otras no. ¿Cuál es el nombre que buscas?
–El 1400 de la Calle West.
–Qué curioso…–, el encargado del archivo empieza a buscar un mapa y lo extiende sobre la mesa.
José se queda mirando cuando él señala un punto en el mapa.
–Hace tres semanas encontré este mapa. Aquí no se ve la línea divisoria entre esta ciudad y la vecina porque para ese tiempo era una misma zona poblada. Cuando creció se separaron. Aquí no existe una Calle West, pero sí existió en nuestra ciudad vecina. Y esa calle actualmente se llama Tempo 2420.
José se apresuró a ver la aplicación de Mapas en su celular, y activó la Visión de Calle. Se dio cuenta que allí había una casa muy grande con una fachada antigua. Los datos de la aplicación decían que se trataba de un museo familiar.
Le agradeció al encargado del archivo y se despidió.
Al día siguiente fue al museo que había visto en Mapas. Tenían una exposición de antigüedades familiares.
–Bienvenido–, le dijo una empleada.
–Hola, sólo estaba viendo un poco. ¿De qué año son estas cosas?
–Tenemos objetos de entre doscientos a trescientos años de antigüedad. Todos pertenecieron a la Familia Santa María.
–Familia Santa María. Supongo que quisieron preservar la historia familiar.
–Sí, pero su origen tiene relación con la memoria de su amada hija.
–¿Su amada hija?
La empleada asiente y le invita a avanzar por la exposición.
–La familia era adinerada en su época. Tenían tres hijos. La hija mayor ya no vivía en este lugar, sólo estaban el hijo que ayudaba a su padre y la hija menor. En ese tiempo existían los matrimonios arreglados…
José comenzó a prestarle más atención a la empleada.
–Así que la hija menor ya tenía un
futuro marido sin siquiera conocerlo. Cuenta la historia que eso la
destruyó. Ella tenía otros planes como hacer dibujos, al menos eso se
cree debido a los distintos bocetos que se encontraron en su habitación.
–¿Qué pasó con ella?
–Una noche de tormenta se escapó de casa…
–O sea, ¿se salvó de casarse?
–Sin duda, pero no por la razón que haría que esta historia tuviera un final feliz.
–¿Qué ocurrió?
–En pleno escape se cayó de su caballo, y fue un golpe mortal.
–Está muerta…–, susurró José.
La empleada quedó desconcertada.
–Sí, ella murió esa noche–, le confirmó.
Después de un momento, la empleada del museo le dijo:
–Veo que quedó impactado por la historia.
Él asintió.
–¿Le gustaría ver sus dibujos?
–Sí, claro… me encantaría.
–Por aquí, por favor.
Entró a otra habitación y la empleada le señaló algunas hojas.
«No puede ser», pensó.
Parte de los bocetos que tenían ahí José los había dibujado con la pluma.
–Tratamos de mantener todos los
recuerdos de ella tan intactos como se puede. Lastimosamente perdimos
uno de sus tesoros hace tiempo atrás.
–¿Qué perdieron?
–La pluma que usaba.
–¿Pluma?–, José hizo una pausa. –¿Cómo era?
–Creo que tenemos una foto… la buscaré.
La empleada salió de la habitación y volvió un par de minutos después.
–Es ésta–, y señala la pluma. –Tiene una inscripción como se puede ver aquí…
–“1400 de la Calle West”.
–Así es–, respondió ella.
–Compré esa pluma en un lugar de antigüedades hace semanas atrás. De hecho, llegué aquí queriendo saber su origen.
La mujer quedó sin palabras.
–Es un objeto preciado para la familia. Estoy segura de que querrían recuperarla. Al menos, ¿podría conversar con ellos?
–¿Conversar con ellos?
–Sí, este museo se mantiene porque aún hay descendientes de la Familia Santa María que hacen eso posible.
–Entiendo. Una pregunta más, ¿cuál era el nombre de la dueña de la pluma?
–Ana… Ana Santa María.
–¿Cómo podría contactar a la familia?
–Pues, al parecer por coincidencia universal, esa persona está aquí hoy… la buscaré para que puedan hablar.
Él estuvo de acuerdo y se quedó esperando mientras miraba los bocetos.
–Buenos días–, se escucha una voz femenina.
José se voltea para responder, pero se queda en silencio e inmóvil.
La joven que acaba de entrar a la habitación se queda mirándolo. Después se acerca unos pasos a él.
–Me dijeron que usted encontró la pluma que perdimos…
Él asiente.
–Eres… eres igual a ella–, por fin logra decir algo.
–¿Igual a Ana? Eso me han dicho. Supongo que viste su boceto sobre la mesa.
José se quedó en silencio.
Un instante después sacó la pluma que llevaba en su bolsillo y se la dio a la joven. Ella la recibió.
–No me deben nada. Me alegra poder ayudarlos a encontrar la reliquia.
El joven se despide y comienza su marcha. De repente escucha que le dicen:
–José…
Él detuvo su marcha y se voltea.
–¿Cómo sabe mi nombre?
Mientras mira la pluma, la joven le dice:
–Tú me lo dijiste…
–Estoy absolutamente seguro de que no he mencionado mi nombre en esta casa–, refutó.
–No en esta casa, pero sí en una hoja de esta casa.
José la miró extrañado. Ella dio unos pasos y se acercó a él.
–Doscientos años… doscientos años me llevó encontrarte.
Él abre grande los ojos.
–¿Ana?
–En esta vida mi nombre es Olivia, pero puedo recordar la vida de Ana.
–Dejaste de escribir y me preocupé tanto. Estaba desesperado.
–No pude seguir escribiendo…–, le dijo con tristeza.
–¿Qué pasó después de tu último mensaje?
–Me llevó muy poco tiempo enamorarme de ti. Me gustaba la comunicación
que teníamos. Yo… yo quería estar contigo. No me quería casar obligada.
Así que huí. Sólo me llevé la pluma conmigo, y me subí al caballo. Sabía
que era una noche de tormenta, pero era mi oportunidad para
desaparecer. El problema fue que me caí, y lo demás es historia.
–¿Sabes? No sé en verdad por qué vine, yo sólo seguí mi corazón.
Secretamente esperaba que la magia volviera a la pluma para volver a
saber de ti. Y se me rompió el corazón cuando me dijeron que habías
muerto esa noche. Pensaba que me había enamorado de alguien que ya
estaba muerta, y no sabía cómo iba a lidiar con eso.
–Pero me reconociste cuando entré a la habitación.
Él asintió. Y ella se sonrió.
–¿Sabías que yo iba a venir?
–Eso esperaba. Pero la idea del museo fue de mi madre, y mantener esto
hasta hoy es colaboración de su descendencia. Así que digamos que existe
una magia especial que no sólo hizo posible nuestra primera
comunicación, sino que también me trajo de regreso en el tiempo correcto
para coincidir contigo.
–Todo eso suena tan loco, tan irreal.
–Lo sé…
–Y aún así sé que todo es real. Ha sido real para nosotros.
–¿Qué tal si tomamos un café?
–Me encantaría. Por cierto, me presento nuevamente… mi nombre es José.
–Mi nombre es Olivia. Hace mucho que quería conocerte…
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
010.1400 de la Calle West.Colección Lo que quedó en el tintero.Waldylei Yépez.docx
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12/11/24 20:58 – 23:18 – 23:40
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Fuente Imagen: Unsplash.

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